El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Steve frunció el entrecejo.
– El que nos presentes allí a Harvey y a mí, ¿qué demostrará?
– El hecho de que seáis idénticos proporcionará la clase de impacto dramático que inducirá a los periodistas a disparar sus preguntas. No costará mucho tiempo cerciorarse de que tenéis madres distintas. Una vez captaran eso, sabrían que hay un misterio por descubrir, lo mismo que me pasó a mí. Y ya sabes como investiga la prensa a los candidatos presidenciales.
– Sin embargo, resulta indudable que tres serían mejor que dos -dijo Steve-. ¿Crees que podríamos lograr que alguno de los otros apareciese en la conferencia?
– Podemos intentarlo. Invitarlos a todos, con la esperanza de que se presente al menos uno.
En el suelo, Harvey abrió los ojos y emitió un gemido.
Jeannie casi se había olvidado de él. Al mirarlo, esperó que tuviese una buena herida en la cabeza. Después se sintió culpable y lamentó ser tan vengativa.
– Teniendo en cuenta como le he sacudido, probablemente debería verle un médico.
Harvey se recobró enseguida.
– Desátame, puta asquerosa -barbotó.
– Olvidémonos del médico -dijo Jeannie.
– Suéltame ahora mismo o te juro que en cuanto esté libre te rebanaré los pezones con una navaja barbera.
Jeannie le metió en la boca el paño de cocina.
– Cierra el pico, Harvey -dijo.
– Va a ser muy interesante -comentó Steve, pensativo- eso de introducirle a hurtadillas en una habitación de hotel.
Llegó de la planta baja la voz de Liza, que saludaba al señor Oliver. Al cabo de un momento entraba en el cuarto, vestida con pantalones azules y calzada con pesadas botas Doc Marten. Miró a Steve y a Harvey y exclamó:
– ¡Dios mío, es cierto!
Steve se puso en pie.
– Yo soy el que señalaste en la rueda de identificación -dijo-. Pero el que te asaltó fue él.
– Harvey intentó repetir conmigo lo que te hizo a ti -explicó Jeannie-. Steve llegó justo a tiempo y echó abajo la puerta de la calle.
Lisa se acercó al tendido Harvey. Lo miró fijamente durante un buen rato; luego, pensativamente, echó hacia atrás la pierna para cobrar impulso, y le descargó un puntapié en las costillas, con todas sus fuerzas. La puntera de las pesadas botas Doc Marten chasqueó sobre el costado de Harvey, que emitió un gemido y se retorció de dolor.
Lisa repitió la patada.
– ¡Jolines! -dijo, al tiempo que sacudía la cabeza-. ¡Qué a gusto se queda una!
En un dos por tres, Jeannie puso a Lisa al corriente de los acontecimientos de la jornada.
– ¡La cantidad de cosas que han pasado mientras dormía! -exclamó Lisa, asombrada.
– Llevas un año en la UJF, Lisa… -dijo Steve-, me extraña que no hayas visto nunca al hijo de Berrington.
– Berrington no alterna con sus colegas académicos -respondió ella-. Es una celebridad demasiado importante. Es absolutamente posible que en la Universidad Jones Falls nadie haya visto nunca a Harvey.
Jeannie bosquejó un plan para reventar la conferencia de prensa.
– Tal como dijimos, nuestra confianza subiría muchos enteros si asistiese al acto alguno de los otros clones.
– Bueno, Per Ericson ha muerto y Dennis Pinker y Murray Claud están en la cárcel; pero aún nos quedan tres posibilidades: Henry King, en Boston, Wayne Stattner, en Nueva York, y George Dassault… que podría encontrarse en Buffalo, Sacramento o Houston, no sé dónde, pero podríamos intentar otra vez localizarlos. Tengo los números de teléfono de todos.
– Yo también -dijo Jeannie.
– Podríamos consultar los vuelos por CompuServe -dijo Lisa-. Dónde está tu ordenador, Jeannie?
– Me lo robaron.
– Llevo mi PowerBook en el maletero, iré a buscarlo.
Mientras Lisa estaba ausente, Jeannie comentó:
– Tendremos que pensar bien cómo podemos convencer a esos chicos para que vuelen a Baltimore. Es difícil, avisándoles con tan poco tiempo. Y tendremos que ofrecernos a pagarles el billete y los demás gastos. No estoy muy segura de que mi tarjeta de crédito de para tanto.
– Tengo una tarjeta American Express que me dio mi madre para emergencias. Sé que ella considerará esto una emergencia.
– Tienes una madre estupenda -observó Jeannie con cierta envidia.
– Eso es verdad.
Regresó Lisa y conectó su ordenador al modem de Jeannie.
– Un momento -dijo Jeannie-. Organicemos el asunto.
58
Jeannie redactó el comunicado de prensa, Lisa accedió a World Span Travelshopper y tomó nota de los vuelos y Steve se hizo con un ejemplar de las Páginas Amarillas y empezó a telefonear a los hoteles más importantes, con la pregunta: «¿Tienen programada para mañana una conferencia de prensa de la Genético, S.A. o de la Landsmann?».
Al cabo de tres intentos, se le ocurrió que tal vez la conferencia no iba a tener lugar en un hotel. Quizá la celebraran en un restaurante o en algún sitio más exótico, como a bordo de un barco; o acaso la sede de la Genético, situada al norte de la ciudad, dispusiera de un salón de actos lo bastante amplio. Pero en la séptima llamada, un empleado amable dijo:
– Sí, es en la Sala Regencia, a mediodía, señor.
– ¡Estupendo! -se animó Steve. Jeannie le dirigió una mirada interrogativa y Steve sonrió e hizo el signo de la victoria con el pulgar hacia arriba-. ¿Podría reservar una habitación para esta noche, por favor?
– Le pasó con Reservas. Tenga la bondad de esperar un momento.
Steve alquiló la habitación, que pagó con la tarjeta American Express de su madre. Cuando colgó, Lisa dio su informe:
– Hay tres vuelos que podrían traernos a Henry King a tiempo de asistir a la conferencia, todos son de la USAir. Salen a las seis y veinte, a las siete cuarenta y a las nueve cuarenta y cinco. Todos ellos tienen plazas disponibles.
– Encarga un asiento para el de las nueve cuarenta y cinco -dijo Jeannie.
Steve pasó a Lisa la tarjeta de crédito y la muchacha tecleó los datos.
– Aún no sé cómo voy a convencerle para que venga -confesó Jeannie.
– ¿No dijiste qué es estudiante y que trabaja en un bar? -preguntó Steve.
– Sí.
– Seguro que anda a la cuarta pregunta. Déjame intentar una cosa. ¿Qué número tiene?
Jeannie se lo dio.
– Le llaman Hank -aclaró.
Steve marcó el número. Nadie contestó al teléfono. Steve sacudió la cabeza, decepcionado.
– No hay nadie en casa.
Jeannie se mostró momentáneamente alicaída; luego chasqueó los dedos. -Tal vez esté trabajando en el bar.
Dio a Steve el número y éste lo marcó. Contestó un hombre con acento hispano.
– Blue Note…
– ¿Me puede poner con Hank?
– Se supone que está trabajando, ¿sabe? -replicó el hombre en tono irritado.
Steve sonrió a Jeannie y le informó, tapado el micro: «¡Aquí lo tenemos!». -Es muy importante, no le entretendré prácticamente nada.
Al cabo de un minuto llegó por la línea una voz exactamente como la de Steve.
– ¿Sí, quién es?
– Hola, Hank, me llamo Steve Logan y tenemos algo en común.
– ¿Vende algo?
– Tu madre y la mía recibieron tratamiento en un lugar llamado Clínica Aventina, antes de que tú y yo naciéramos. Puedes comprobarlo con ella.
– Sí, ¿y qué?
– Para abreviar: he demandado a la clínica por diez millones de dólares y me gustaría que te unieras a mi querella.
Una pausa reflexiva.
– No sé si lo que dices es verdad o no, colega, pero tampoco tengo dinero para entablar un juicio.
– Correré con los gastos del proceso. No quiero tu dinero.
– ¿Por qué me llamas, entonces?
– Porque mi caso tendrá mucha más fuerza contigo a bordo.
– Será mejor que me escribas y me des los detalles…
– Ese es el problema. Te necesito aquí en Baltimore, en el hotel Stouffer, mañana al mediodía. He convocado una conferencia de prensa, previa al litigio, y quiero que asistas a ella.