El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– No tienes más que preguntar por Steve. Se echó a reír como si hubiera hecho un chiste.
– Jeannie podría reconocer mi voz. Pero puedo decirle a Preston que haga él la llamada.
– Exacto.
– Muy bien.
– Adiós.
Harvey colgó.
– Debo llamar otra vez a la policía -dijo Jeannie-. Quizá no se hayan percatado de lo urgente que es esto.
Cogió el teléfono.
Harvey comprendió que iba a tener que matarla.
– Pero antes dame un beso -pidió la muchacha.
Se deslizó entre sus brazos, apoyada la espalda en el mostrador de la cocina. Abrió la boca para acoger el beso de Steve. Él le acarició el costado.
– Bonito jersey -murmuró, y su enorme manaza se cerró sobre el seno de Jeannie.
La inmediata respuesta del pezón fue ponerse rígido, pero Jeannie no sintió todo el deleite que esperaba. Trató de relajarse y disfrutar de un momento con el que llevaba tiempo soñando. Steve introdujo las manos por debajo del jersey de Jeannie, que arqueó ligeramente la espalda mientras él tomaba ambos pechos. Como siempre, Jeannie se sintió incómoda durante unos segundos, temerosa de que decepcionaran al muchacho. A todos los hombres con los que se había acostado les encantaron sus pechos, pero Jeannie seguía albergando la idea de que eran demasiado pequeños. Al igual que los otros, Steve no manifestó el menor indicio de insatisfacción. Le levantó el jersey, agachó la cabeza sobre los pechos y empezó a chupar los pezones.
Jeannie bajó la mirada sobre él. La primera vez que un chico le hizo aquello, Jeannie pensó que era absurdo, una regresión a la infancia. Pero pronto empezó a encontrarle el gusto e incluso disfrutaba haciéndoselo al hombre. Ahora, sin embargo, no funcionaba. El cuerpo respondía al estímulo, pero una especie de duda incordiaba desde un punto recóndito del cerebro y le impedía concentrarse en el placer. Se sentía molesta consigo misma. «Ayer lo estropeé todo al portarme como una paranoica, ahora no voy a repetir el número otra vez.»
Steve percibió su desasosiego. Se enderezó y dijo:
– No estás cómoda. Vamos a sentarnos en el sofá.
Dando por supuesta la conformidad de Jeannie, se sentó. Ella le imitó. Steve se alisó las cejas con la yema del dedo índice y alargó la mano hacia Jeannie.
Ella retrocedió bruscamente.
– ¿Qué pasa? -se extrañó Steve.
«¡No! ¡No es posible!»
– Tú… tú…, eso que has hecho… con la ceja.
– ¿Qué hice?
Saltó fuera del sofá como impulsada por un resorte.
– ¡Miserable! -gritó Jeannie-. ¿Cómo te atreves?…
– ¿Qué coño está pasando? -protestó el muchacho, pero su simulación carecía de firmeza.
Por la expresión de su rostro, Jeannie comprendió que sabía perfectamente lo que pasaba.
– ¡Fuera de mi casa! -chilló.
Él trató de mantener el tipo.
– ¿Primero te deshaces en carantoñas y ahora te pones así?
– Sé quién eres, hijo de puta. ¡Eres Harvey!
Dejó de fingir.
– ¿Cómo lo supiste?
– Te alisaste la ceja con la yema del dedo, exactamente igual que Berrington.
– Bueno, ¿qué importa? -dijo Harvey, y se puso en pie-. Puesto que somos idénticos, puedes imaginar que soy Steve.
– ¡Fuera, vete de aquí a tomar por…!
Harvey se tocó la bragueta, para señalar la erección.
– Ahora que hemos llegado tan lejos, no me voy a largar con este calentón de huevos.
«¡Oh, santo Dios, estoy en un grave aprieto! Este tipo es un animal.
– ¡No te acerques!
Harvey avanzó hacia ella, sonriente.
– Voy a arrancarte esos vaqueros tan ajustados que llevas y a echar un vistazo a lo que hay debajo.
Jeannie recordó a Mish diciendo que los violadores disfrutan con el miedo de las víctimas.
– No me asustas -afirmó, tratando de que su voz sonara tranquila. «Pero si me tocas, juro que te mataré.»
Harvey actuó con aterradora rapidez. La cogió como un rayo, la levantó en vilo y la arrojó contra el suelo.
Sonó el teléfono.
Jeannie gritó:
– ¡Socorro! ¡Señor Oliver! ¡Socorro!
Harvey cogió el paño de encima del mostrador de la cocina y se lo metió sin contemplaciones en la boca, magullándole los labios. Amordazada, Jeannie empezó a toser. Harvey le sujetó las muñecas para impedirle quitarse el paño de la boca. Ella intentó expulsarlo con la lengua, pero no podía, era demasiado grande. ¿Habría oído el señor Oliver su grito? Era viejo y solía tener muy alto el volumen del televisor.
El teléfono seguía repicando.
Harvey enganchó la mano en la cintura del vaquero. Jeannie se retorció para zafarse. Él le sacudió un bofetón con tal violencia que le hizo ver las estrellas. Mientras Jeannie permanecía aturdida, Harvey le soltó las muñecas y le quitó los pantalones y las bragas.
– ¡Joder, que peludo! -ponderó.
Jeannie se quitó el paño de cocina de la boca y chilló:
– ¡Socorro, ayúdenme, socorro!
Harvey le tapó la boca con su manaza, sofocando los gritos, y se dejó caer sobre ella. Jeannie se quedó sin aliento. Durante unos segundos estuvo impotente, bregando por aspirar algo de aire. Los nudillos de Harvey le hicieron daño en los muslos mientras la mano del violador forcejeaba torpemente con la bragueta. El empezó luego a removerse encima de ella, a la búsqueda de la vía de acceso. Jeannie se contorsionó a la desesperada, intentando zafarse, pero él pesaba demasiado.
El teléfono continuaba sonando. Y entonces se le unió también el timbre de la puerta de la calle. Harvey no se detuvo.
Jeannie abrió la boca. Los dedos de Harvey se deslizaron entre sus dientes. La muchacha mordió con fuerza, con toda la fuerza que pudo, mientras se decía que no le importaría romperse los dientes sobre los huesos del agresor. Una ráfaga de sangre cálida chorreó en su boca y oyó a Harvey soltar un alarido de dolor a la vez que retiraba la mano.
El timbre de la puerta volvió a sonar, prolongada e insistentemente.
Jeannie escupió la sangre de Harvey y gritó de nuevo:
– ¡Socorro! -a pleno pulmón-. ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Qué alguien me ayude!
Escaleras abajo resonó un golpe estruendoso, seguido de otro y, a continuación, el chasquido de madera que se astilla.
Harvey se puso en pie y se agarró la mano herida.
Jeannie rodó sobre sí misma, se levantó y retrocedió tres pasos, apartándose de él.
Se abrió de golpe la puerta del apartamento. Harvey giró en redondo, quedando de espaldas a Jeannie.
Steve irrumpió en la estancia.
Steve y Harvey se quedaron mirándose el uno al otro, durante un congelado instante de estupefacción. Eran exactamente iguales. ¿Qué ocurriría si se enzarzasen en una pelea? Tenían el mismo peso, estatura, fortaleza y perfección física. Un combate entre ellos podía durar eternamente.
Movida por un impulso instintivo, Jeannie cogió la sartén con ambas manos. Imaginó que se disponía a aplicar un pelotazo cruzado con su famoso revés a dos manos, apoyó todo el peso del cuerpo en la pierna adelantada, coordinó las muñecas y volteó en el aire, con todas sus fuerzas, la pesada sartén.
Alcanzó a Harvey en la parte posterior de la cabeza, en la coronilla.
El golpe produjo un ruido sordo, repulsivo. A Harvey parecieron reblandecérsele las piernas. Cayó de rodillas, balanceante. Como si se precipitara hacia la red para coronar la jugada con una volea, Jeannie levantó la sartén al máximo, enarbolada en la mano derecha, y la abatió violentamente sobre la cabeza de Harvey. Este puso los ojos en blanco, se desplomó de bruces y se estrelló contra el piso.
– Vaya -dijo Steve-, me alegro de que no te equivocaras de gemelo.
Jeannie empezó a temblar. Dejó caer la sartén y se sentó en un taburete de la cocina. Steve la rodeó con sus brazos.
– Se acabó -dijo.
– No, no se ha acabado -replicó ella-. No ha hecho más que empezar.