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Электронная книга - «La Importancia De Vivir». Краткое содержание книги:

En las páginas que siguen presento el punto de vista chino, porque no puedo remediarlo. Sólo me interesa presentar un criterio de la vida y de las cosas como lo han visto los mejores espíritus chinos, y como lo han expresado en su sabiduría popular y en su literatura. La importancia de vivir condensa una filosofía risueña y tolerante que, en su trasplante de la China milenaria al campo cultural occidental, procura maravillosos estímulos en el arte de vivir.- La importancia de vivir, en tanto compendio de la filosofía que propone Lin Yutang, desentraña el sentido de la vida y nos permite comprender cuánto podemos obtener del medio en el que nos desenvolvemos, cualesquiera que fuesen nuestras circunstancias. Si sabemos armonizar nuestros instintos e impulsos, nos dice el autor, podemos hacer que el cielo y tierra se entiendan dentro de nosotros y obtener de la vida frutos insospechados. Se trata de una filosofía risueña y tolerante que, en su transplante de la China milenaria al campo cultural occidental, adquiere nueva lozanía y procura maravillosos estímulos en el arte de vivir
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Para entonces ya había llegado a la posición de que los teólogos cristianos eran los mayores enemigos de la religión cristiana. Jamás pude pasar por encima de dos grandes contradicciones. La primera era que los teólogos habían hecho que toda la estructura de la creencia cristiana dependiese de la existencia de una manzana. Si Adán no hubiera comido una manzana no habría pecado original, y si no hubiera pecado original no habría necesidad de redención. Esto me resultaba claro, cualquiera fuese el valor simbólico de la manzana. Pero me pareció absurdamente injusto con las enseñanzas de Cristo, que jamás dijo una palabra acerca del pecado original o la redención. De todos modos, por seguir estudios literarios, siento, como todos los occidentales modernos, que no tengo conciencia del pecado, y no creo en él, sencillamente. Todo lo que sé es que, si Dios me ama apenas la mitad de lo que me ama mi madre, no me enviará al Infierno. Este es un acto final 'de mi conciencia íntima, y por ninguna religión podría yo negar su verdad.

Aun más absurda me pareció otra proposición. Se trata del argumento de que cuando Adán y Eva comieron una manzana durante su luna de miel, se enfureció tanto Dios que condenó a su posteridad a sufrir de generación en generación por ese pequeño pecado, pero que cuando la misma posteridad mató al único Hijo del mismo Dios, Dios quedó tan encantado que a todos perdonó. Por mucho que me expliquen y me discutan, no puedo eludir esta sencilla falsedad. Esta fue la última de las cosas que me turbaron.

Pero aun después de recibirme, yo era un celoso cristiano y dirigía voluntariamente una escuela dominical en Tsing Hua, un colegio no cristiano en Pekín, con gran desmayo para muchos miembros de la facultad. La reunión de Navidad en la escuela dominical era una tortura para mí, porque impartía a los niños chinos el cuento de los ángeles que cantaban a medianoche para pregonar el acontecimiento, y yo no lo creía. Todo había desaparecido con el razonamiento y sólo quedaban el amor y el temor: una especie de pegadizo amor hacia un Dios omnisapiente, que me hacía sentir feliz y pacífico, y sospechar que no habría sido tan feliz y pacífico sin ese amor confortante; y el temor de entrar en un mundo de huérfanos.

Finalmente vino mi salvación.

– Es que -razoné con un colega- si no hubiera Dios, la gente no haría el bien y el mundo se trastornaría.

– ¿Por qué? -respondió mi colega confuciano-. Viviríamos una decente vida humana, sencillamente porque somos seres humanos decentes.

Este llamamiento a la dignidad de la vida humana cortó mi último lazo con el cristianismo, y desde ese momento he sido pagano.

Ahora todo me resulta muy claro. El mundo de la creencia pagana es una creencia más sencilla. Nada postula, y "no está obligado a postular nada. Parece hacer más inmediatamente atractiva la buena vida, porque apela a la buena vida por sí sola. Justifica mejor el bien, pues hace innecesario, para hacer el bien, justificarlo de algún modo. No alienta a los hombres, por ejemplo, a hacer un pequeño acto de caridad mediante una serie de postulados hipotéticos -pecado, redención, la cruz, hacerse un lugar en el cielo, obligación mutua entre los hombres a causa de la relación con un tercero en el cielo- que son innecesariamente complicados y ninguno puede ser demostrado con la prueba directa. Si se acepta la afirmación de que hacer el bien lleva en sí la justificación, no puede uno dejar de considerar que todos los cebos teológicos para la buena vida son redundantes y tienden a nublar el lustre de una verdad moral. El amor entre los hombres debería ser un hecho final, absoluto. Deberíamos poder mirarnos y amarnos, sin recordar a un tercero en el cielo. El cristianismo, me parece, hace que la moralidad se presente como cosa innecesariamente difícil y complicada, y el pecado como cosa tentadora, natural, y deseable. En cambio, el paganismo es lo único que parece capaz de rescatar a la religión de la teología y restaurarla en su hermosa sencillez de creencia y dignidad de sentimiento.

En verdad, me parece poder ver cuántas complicaciones teológicas surgieron en los siglos I, II y III, y convirtieron las simples verdades del Sermón en la Montaña en una estructura rígida, total, para sostener a un conjunto de sacerdotes como si fuera una institución becada. La razón está contenida en la palabra revelación: la revelación de un misterio especial o un plan divino, hecha a un profeta y mantenida por una sucesión apostólica, que se consideró necesaria en todas las religiones, desde el mahometanismo y el mormonismo hasta el lamaísmo del Buda Viviente, y la ciencia cristiana de Mrs. Eddy, a fin de que cada uno de ellos manejara exclusivamente un monopolio especial y patentado de la salvación. Todos los sacerdotes viven de la comida común de la revelación. Las sencillas verdades de las enseñanzas de Cristo en la Montaña deben ser adornadas, y el lirio que tanto le maravilló debe ser dorado. Por eso tenemos el "primer Adán" y el "segundo Adán", y así todo lo demás.

Pero la lógica paulina, que parecía tan convincente e incontrovertible en los primeros días de la era cristiana, parece débil e inconvincente a la moderna conciencia crítica, que es más sutil; y en esta discrepancia entre la rigurosa lógica deductiva asiática y la más flexible, más sutil apreciación de la verdad del hombre moderno, reside la debilidad del atractivo de la revelación cristiana, o cualquier revelación, para el hombre moderno. Por lo tanto, sólo con un retorno al paganismo y la renuncia a la revelación puede uno volver al cristianismo primitivo (para mí más satisfactorio).

Está mal, pues, hablar de un pagano como de un hombre irreligioso; irreligioso es solamente como hombre que se niega a creer en una variedad especial de la revelación. Un pagano cree siempre en Dios, pero no le gusta decirlo, por temor a que no se le comprenda. Todos los paganos chinos creen en Dios, y la designación más común que se le da en la literatura china es el término chaowa, o sea, el Creador de las Cosas. La única diferencia consiste en que el pagano chino es tan honesto que deja al Creador de las Cosas en una aureola de misterio, y siente por él una especie de pasmada piedad y reverencia. Lo que es más, este sentimiento le basta. Tiene conocimiento también de la belleza de este universo, de la habilidad artística de las mil cosas de esta creación, el misterio de las estrellas, la grandeza del cielo, y la dignidad del alma humana. Pero también esto le basta. Acepta la muerte como acepta el dolor y el sufrimiento, y los pesa contra el don de la vida y la fresca brisa campestre y la clara luna de la montaña, y no se queja. Considera que doblegarse ante la voluntad del Cielo es la actitud verdaderamente religiosa y pía, y la llama "vivir en el Tao". Si el Creador de las Cosas quiere que muera a los setenta años, muere complacido a los setenta años. Cree también que "el camino del cielo siempre da la vuelta",-y que no hay una injusticia permanente en el mundo. No pide más.

CAPITULO XIV. EL ARTE DE PENSAR

I. LA NECESIDAD DEL PENSAMIENTO HUMANIZADO

Pensar es un arte, no una ciencia. Uno de los mayores contrastes entre el estudio chino y el occidental es que en Occidente hay un conocimiento tan especializado, y un conocimiento tan poco humanizado, en tanto que en China preocupan más los problemas de vivir, y no hay ciencias especializadas. Vemos en Occidente una invasión del pensamiento científico en el reino del conocimiento humanizado, que se caracteriza por una alta especialización y por el profuso empleo de terminologías científicas o semicientíficas. Hablo de pensamiento "científico" en su sentido vulgar, y no del verdadero pensamiento científico, que no se puede divorciar del sentido común por un lado y de la imaginación por otro. En su sentido común, este pensamiento "científico" es estrictamente lógico, objetivo, sumamente especializado y "atómico" en su método y visión. El contraste entre los dos tipos de estudio, el oriental y el occidental, se remonta a la oposición entre la lógica y el sentido común. La lógica, privada del sentido común, se hace inhumana, y el sentido común, privado de la lógica, es incapaz de penetrar en los misterios de la naturaleza.

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