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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– ¿No le parece un lugar muy tranquilo, consejero? -dijo. Y oí una pequeño gruñido como respuesta-. La reservé especialmente para usted. Las pinturas zen no están nada mal, ¿no le parece? -entonces tras un largo silencio, Nobu añadió-: Pues sí, sí, hace una bonita noche. ¿Le he preguntado ya si ha probado el sake especial de la casa?

La conversación continuó en este tenor un rato más, con Nobu sintiéndose tan cómodo como un elefante intentando actuar como una mariposa. Cuando por fin fui al vestíbulo y abrí desde allí la puerta de la sala, Nobu pareció muy aliviado al verme.

Sólo después de presentarme y de arrodillarme frente la mesa pude echar una buena ojeada al consejero. No me sonaba de nada, aunque él afirmaba que había pasado horas mirándome. No sé cómo había logrado olvidarlo porque tenía una pinta muy característica. No había visto a nadie en mi vida que tuviera más problemas sólo para mantener la cabeza erguida. Llevaba la barbilla pegada al esternón, como si no pudiera levantarla, y tenía una peculiar mandíbula inferior, de modo que parecía que el aliento le entraba por la nariz. Después de saludarme con una pequeña inclinación de cabeza y decirme su nombre, pasó un rato largo hasta que volví a oírle emitir algún sonido que no fueran gruñidos, pues parecía que ésta era su forma favorita de responder a casi todo.

Hice todo lo que pude por empezar una conversación hasta que la camarera vino a salvarnos con una bandeja de sake. Le llené la copa al consejero, y me quedé atónita al verlo vaciarla directamente en su mandíbula inferior del mismo modo que podría haberla tirado por un desagüe. Cerró la boca y cuando la volvió a abrir un momento después el sake había desaparecido, sin que él hubiera hecho ninguno de los movimientos que se suelen hacer para tragar. No estaba segura de que se lo hubiera tragado hasta que alargó la copa vacía para que le sirviera más.

Las cosas continuaron igual un cuarto de hora más, durante el cual intenté hacer que el consejero estuviera a gusto contándole historias y chistes y preguntándole cosas. Pero no tardé en pensar que tal vez no era posible hacer que el «consejero estuviera a gusto». Me respondía con monosílabos. Sugerí que jugáramos a algo e incluso le pregunté si le gustaba cantar. El intercambio de palabras más largo que tuvimos durante la primera media hora fue cuando el consejero me preguntó si bailaba bien.

– ¿Por qué? Sí, sí que bailo bien. ¿Quiere el Señor Consejero que ejecute para él una pequeña pieza?

– No -respondió. Y eso fue todo.

Puede que al consejero no le gustara mirar a la cara a la gente, pero ciertamente le encantaba examinar lo que comía, como no tardé en descubrir cuando la camarera sirvió la cena a los dos hombres. Antes de meterse nada en la boca lo elevaba, prendido entre los palillos, y lo observaba, girándolo lentamente. Y si no reconocía lo que era, me lo preguntaba a mí. «Es ñame hervido en salsa de soja y azúcar», le dije cuando me puso ante los ojos una cosa naranja. En realidad yo no tenía la menor idea de si era ñame o un trozo de hígado de ballena o cualquier otra cosa, pero no creía que al consejero le gustara oírlo. Más tarde, cuando me mostró un trozo de buey marinado y me preguntó qué era, decidí tomarle un poco el pelo.

– ¡Oh!, eso es una tira de cuero marinado -dije-. Es una especialidad de la casa. Se hace con piel de elefante. Así que supongo que para ser exactos debería haber dicho que es «piel de elefante».

– ¿Piel de elefante?

– ¡Pero, Señor Consejero, no me diga que no se ha dado cuenta de que estaba bromeando! Es un trozo de carne de buey. ¿Por qué examina así lo que come? ¿Creía que aquí se comía perro o algo así?

– Yo he comido perro -me dijo.

– ¡Qué interesante! Pero hoy no nos queda. Así que no mire más a los palillos.

Luego empezamos a jugar a ver quién bebía más. Nobu odiaba ese tipo de juegos, pero se calló después de que yo le hiciera un gesto. Tal vez dejamos que el consejero perdiera más veces de lo que debíamos, porque al cabo de un rato, cuando estábamos intentando explicarle las reglas de otro juego del mismo tipo que él no conocía, sus ojos parecían tan a la deriva como corchos flotando entre las olas. De pronto se levantó y se dirigió a un rincón de la sala.

– Espere, espere, consejero -dijo Nobu-; ¿adonde va?

El consejero soltó un eructo por toda respuesta, lo que yo consideré que era una buena contestación, pues no había duda de que estaba a punto de vomitar. Nobu y yo nos abalanzamos a ayudarle, pero él ya se había tapado la boca con la mano. Si hubiera sido un volcán, estaría humeando; de modo que no tuvimos más remedio que abrir la puerta del jardín y dejarle vomitar sobre la nieve. Puede que te espante la idea de que alguien pueda vomitar en uno de esos exquisitos jardines japoneses, pero el consejero no era ciertamente el primero. Las geishas tratamos de ayudarlos a llegar al servicio, pero a veces no lo conseguimos. Si decimos a una de las camareras que un hombre acaba de estar en el jardín, sabe exactamente a qué nos referimos y enseguida acuden con el equipo de limpieza.

Nobu y yo hicimos todo lo que pudimos por mantener al consejero de rodillas con la cabeza colgando sobre la nieve en la puerta que daba al jardín. Pero pese a nuestros esfuerzos no tardó en empezar a caer. Me esforcé por empujarlo hacia un lado, de modo que al menos no terminara sobre una nieve ya vomitada. Pero el consejero era corpulento corno una res. Lo único que logré fue que cayera sobre un costado en lugar de caer de bruces sobre el vómito.

Nobu y yo nos miramos consternados ante la escena del consejero tirado totalmente inmóvil en la nieve, como una rama de un árbol caída.

– ¡Ay, Nobu-san! -exclamé-, no sabía que su invitado iba a ser tan divertido.

– Creo que lo hemos matado. Y si quieres saber mi opinión, se |o merecía. ¡Qué tipo más irritante!

– ¿Así es como se porta Nobu-san con sus honorables invitados? Lléveselo a la calle y déle una vuelta a ver si se despeja un poco. Un poco de fresco le hará bien.

– Está echado en la nieve, ¿no es eso ya bastante fresco?

– ¡Nobu-san! -exclamé. Y supongo que bastó con mi tono de reconvención porque Nobu suspiró y salió al jardín en calcetines a intentar la difícil tarea de hacer volver en sí al consejero. Mientras estaba ocupado con esto, yo fui a buscar a una camarera para que nos ayudara, porque me imaginaba que Nobu no podría levantar al consejero valiéndose sólo de un brazo. Luego fui a buscar unos calcetines secos para ambos y avisé a otra camarera de que en cuanto entráramos limpiaran el jardín. Cuando volví a la sala, Nobu y el consejero estaban de nuevo sentados a la mesa. Te puedes imaginar la pinta del consejero, y el tufo. Tuve que quitarle los calcetines mojados con mis propias manos, pero me mantuve lo más alejada de él que me fue posible. Nada más terminar de cambiarle los calcetines, el consejero volvió a caer inconsciente sobre la estera.

– ¿Cree que nos oye? -le susurré a Nobu.

– No creo que nos oiga ni cuando está consciente -me respondió Nobu-. ¿Conocías a alguien más estúpido que este tipo?

– ¡Nobu-san, baje la voz! -susurré-. ¿Cree que se lo ha pasado bien esta noche? O sea, quiero decir, ¿es esto lo que tú tenías en mente?

– No se trata de lo que yo tuviera en mente, sino de lo que él tenía en mente.

– Espero que no tengamos que hacer lo mismo la semana que viene.

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