Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
Y nos pusimos de nuevo en marcha, yo a pie con los chuchos a la cola de la procesión. Me extrañaba que Pedro no me llevara atado con una cuerda para evitar que me perdiera en el pueblo.
Con la miseria de dinero que le había dado por El Valero, Pedro había comprado una casa con un gran huerto y un establo justo en las afueras del pueblo. Parecía un garaje de hormigón, con su puerta corredera verde metálica. Pero tenía agua corriente y electricidad, dos modernidades que María apenas hubiera soñado tener antes.
Encontramos a María agachada sobre una lumbre de leña en un rincón del garaje. Una olla de cocido burbujeaba encima de un trípode dispuesto sobre las llamas, y entre las cenizas había unos pimientos asándose. Nos sentamos en un muro de piedra a la sombra de una parra y nos pusimos a comer ensalada con pan y a beber vino mientras María terminaba de hacer la comida. Con un pequeño vaso de vino yo ya había olvidado todo el humillante asunto del paseo a caballo hasta el pueblo, y me encontraba rebosante de afecto por mi jovial anfitrión. Hablamos de cosas de hombres: caballos, navajas y cuerdas, así como cosechas, riego, caza y vino. María trajo a la mesa unos platos de carne y de pimientos. Pedro me llenó el plato con los trozos más escogidos.
– Come carne.
Tras lo cual se sirvió a sí mismo, mientras María se agachaba a su lado y se ponía a picar de su plato. Esta parecía ser su manera preferida de comer, como si fuera uno de esos pájaros que se posan en los hipopótamos para quitarles las garrapatas.
– Delicioso, María: es un festín maravilloso.
– Es comida humilde, pero es que somos gente pobre. Y ahora que hemos vendido nuestro querido Valero (y por la miseria de dinero que nos dio usted) somos todavía más pobres, pero ¿qué le íbamos a hacer? -decía con una sonrisa.
– ¡Aja! -convino Pedro, atacando con sus muelas un enorme trozo de carne-. Has comprado un paraíso; con todo ese aire, esa riqueza de agua, esa tierra tan buena, esa fruta tan dulce y esa paz, y encima por nada. ¡Come más carne! -Y me volvía a llenar el plato.
Pedro parecía pensar que era necesario que me repitiera este mantra al menos una vez al día.
– Y mira lo que tenemos ahora… nada -decía, animándose con el tema-: una casa de mala muerte y una parcelilla de tierra de nada, que ni siquiera es bastante para las patatas.
– Vamos, Pedro, en realidad está muy bien: mira todos esos frutales… y tan cómoda para el pueblo, María. La vida será mucho más fácil para ti aquí: no tendrás que acarrear agua del río, no hay acequias que limpiar ni empinadas cuestas que subir, ninguna de las molestias de la vida del campo… -exclamé parloteando como un lorito.
– Ningún alacrán -sugirió María.
– ¿Ningún qué?
– Ningún alacrán.
– ¿Hay alacranes?
– Pues claro. El lugar está plagado de alacranes.
– ¡Huy, claro! -repitió Pedro con una sonrisita-. Nunca te faltarán alacranes en El Valero. A veces en verano he tenido que echar agua hirviendo por las paredes para acabar con ellos. Las paredes están cubiertas de alacranes. -Y para ilustrarlo, tamborileaba rápidamente los dedos por la superficie de la mesa-. Y culebras -continuaba alegremente-. En la casa no demasiadas, pero el valle es un hervidero. Algunas tan gordas como mi muslo.
– ¿Venenosas?
– No, venenosas no son… pero son peligrosas. El año pasado una culebra le rompió la pierna a uno del valle.
– ¿Cómo? ¿Cómo diablos puede una culebra romperte una pierna?
– Bueno, casi siempre es cuando están en celo. Se vuelven agresivas y vienen hacia ti a toda velocidad avanzando entre la maleza, levantan la cabeza y te arrean un golpe tan fenomenal que a veces te hace perder el equilibrio y caes redondo al suelo.
Mis sueños de un soleado cortijo adornado de geranios y naranjos en flor se vieron oscurecidos por densos nubarrones. Un valle plagado de serpientes asesinas que guardaban la entrada de una finca llena de piedras y alacranes: a Ana le iba a encantar.
Estaba claro que si queríamos mantener al menos un pie en el siglo XX cuando nos viniéramos a vivir a El Valero, íbamos a necesitar un coche de algún tipo. También íbamos a necesitar efectuar algunas mejoras en la endeble construcción de palos y piedras que actualmente se extendía entre las dos orillas del río. Tenía la vaga fantasía de dejar El Valero tal y como estaba, solitario y sin haber sido tocado por el mundo moderno, y arreglárnoslas con una mula o unos caballos, pero determinadas personas cuyas tendencias iban más a lo práctico que a lo romántico estaban ejerciendo ciertas presiones. Había cedido a estas presiones antes de venir en agosto, prometiendo encargarme de la construcción de una carretera y de un nuevo puente.
Por extraño que parezca, nunca antes había tenido la oportunidad de construir una carretera o un puente, y pasé bastantes horas yendo de un lado para otro, mirando, de la manera en que se me antojaba que miraría un entendido, los posibles emplazamientos de los mismos. Pero no sirvió de nada. No tenía la menor idea sobre esas cosas, y el in tentar ir aprendiéndolas sobre la marcha no parecía surtir ningún efecto. Así pues, me fui a ver a Joop para hablarle del asunto.
– Domingo es el hombre que necesitas -me aconsejó-. Sabe hacer de todo.
Con lo cual, nos fuimos a ver a Domingo.
La primera finca por la que pasa el río Trevélez, desde el momento en que sale precipitándose por la profunda hendidura de las montañas para llegar al terreno más abierto del valle, es el cortijo La Colmena. La familia Melero ha vivido allí desde los tiempos del bisabuelo de Domingo, pero no son ellos los propietarios. Como ocurre con tantas otras casas y tierras de Andalucía, pertenece a familias que viven en Madrid o en Barcelona y que ni siquiera han visto nunca el lugar. Cada año el terrateniente recoge la munificente suma de mil quinientas pesetas. El arrendatario paga su propia contribución, otras cuatro mil pesetas, y es responsable de llevar a cabo las reparaciones o mejoras de la propiedad que sean necesarias.
Por este módico desembolso Domingo disfruta del privilegio de una casa colgada en el extremo del valle con unas vistas espectaculares del río y de las montañas, además de estabulación para su puñado de ovejas, sus cerdos y su burra, un huerto altamente productivo, un pequeño viñedo y toda clase de frutales que imaginar se pueda. También dispone de los campos de la pendiente a orillas del río, de almendrales y olivares, así como de hilera tras hilera de naranjos y limoneros. Y cuida de todo esto al parecer sin ningún esfuerzo, recorriendo tranquilamente el valle montado en su burra y con los pies arrastrando por la maleza, o tumbado a la sombra de un frutal mientras admira sus ovejas, o a veces en verano, cuando hace mucho calor, metido en la acequia y durmiendo en sus frescas aguas, atado a una raíz como si fuera un barco amarrado entre los juncos.
Domingo vive con sus padres, Expira y Domingo, o Domingo el Viejo, como le llama la gente. Domingo el Viejo es un hombre diminuto, con la piel curtida por el sol y el duro trabajo, y un rostro que constantemente se agrieta al deshacerse en una cálida sonrisa.
Joop hizo las presentaciones. Nos inclinamos y nos estrechamos la mano.
– Mucho gusto en conocerle -le dije en mi mejor español.
A continuación, me volví hacia Expira, una mujer robusta de unos cincuenta y tantos años que no hace tanto tiempo debió de ser una auténtica belleza. Tenía unos preciosos ojos alegres y la sonrisa de alguien cuyo atractivo impregna todos sus poros como el licor que empapa un bizcocho borracho.
En cuanto a Domingo, se encontraba sentado en el suelo limando la cadena de una enorme motosierra, y me saludó con una sonrisa amistosa.
Nos sentamos en unas sillas bajas alrededor de una bobina de cable. Estas bobinas de cable son omnipresentes por aquí, y hacen muy bien el papel de mesas. La Sevillana, que es la compañía generadora de electricidad de Andalucía, tiene una central eléctrica y un almacén en el valle, con lo que todos los cortijos de los alrededores están abundantemente provistos de los desechos de la producción de electricidad. A lo largo de los años, Pedro Romero había reunido una impresionante colección de sogas, vigas metálicas, dispositivos de tensionado, aislantes de cerámica, barras de acero y cables. «Siempre encuentras algo para lo que te pueden servir estas cosas, y si no las birlas cuando puedes, no las tienes ahí cuando las necesitas para algo», me había explicado.