Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
– Estoy haciendo de comer -dijo Pedro-. Venid a comer conmigo. Son papas a lo pobre.
Ana me lanzó una mirada.
– En realidad es muy amable de su parte: opino que deberíamos aceptar su invitación. Gracias, Pedro, bajaremos en diez minutos.
Clavé a martillazos unos clavos grandes en las patas de la cama de madera de fabricación casera para que bailara menos. El suelo de la habitación, que se encontraba justo encima del establo de las cabras, estaba muy inclinado, por lo que también coloqué unos libros y revistas debajo de las patas para nivelar la cama. Ana quitó hasta la última mota de polvo del dormitorio y a continuación abrió la ventana de par en par para que entrara la fuerte brisa nocturna y el sempiterno miasma de cabra.
Pedro todavía guisaba en la parte baja de la casa. Bajamos por el camino envueltos en la oscuridad, a la luz de las estrellas. El aire olía agradablemente a jazmín y a humo de leña. Había una bombilla eléctrica colgada en el centro de la habitación, pero Pedro era demasiado frugal para usarla. La lumbre de astillas que ardía bajo la negra sartén de patatas iluminaba la escena, ayudada por una lata de atún llena de aceite usado hábilmente adaptada con una mecha de trapo en su interior. En la penumbra, Pedro se inclinaba sobre el fuego revolviendo la acertada combinación de ingredientes con su palo preferido mientras las sombras bailaban sobre su enorme cuerpo.
– Cristóbal, pon la mesa y sírvele vino a Ana.
Coloqué la bobina de cable y le serví un costa a Ana, quien, después de coger el vaso, se sentó junto a la improvisada mesa y se puso a mirar hacia abajo en dirección al río. Se trataba de un vino menos refinado de lo que tal vez ella hubiera deseado (después de todo, le había puesto el nombre a su perra favorita por un vino particularmente delicioso de Hospices de Beaune), pero se lo bebió sin rechistar. Yo había abrigado la esperanza de que se colocara al lado del cocinero para hablar de recetas y cosas por el estilo, pero no, parecía que Ana no estaba tan segura de Romero como yo.
Aquella primera comida no fue un éxito. Hice todo lo posible por lubricar los engranajes de la sociabilidad, pero el abismo era difícil de salvar. A Pedro se le había antojado que no entendía una sola palabra de lo que Ana le decía, a pesar de que ella hablaba por lo menos tan bien como yo. Ana le devolvió el favor aislándose de la conversación, y la comida pronto degeneró en un embarazoso intercambio de gruñidos y suspiros, interrumpido por largos silencios.
– ¿Va a guisar eso para nosotros todas las noches? -me susurró Ana en cuanto nos quedamos solos-. ¿Y cuánto tiempo crees que piensa quedarse aquí? Supongo que en cierto modo se le puede tolerar, pero su presencia resulta un tanto opresiva, ¿no crees?
– Bueno, no niego que estaría bien que nos quedáramos solos -tuve que acordar con ella-. Pero hay que recordar que estamos echando al pobre hombre de su casa y privándole de sus medios de vida…
– No, no estamos haciendo eso en absoluto. Le hemos comprado la finca y tiene una casa perfectamente adecuada adonde ir, con una mujer y una hija esperándole.
– Sí, ya lo sé, pero este sitio le encanta. Dice que es su hogar espiritual.
Pensé que era mejor no mencionar las disparatadas ofertas que le había hecho a Pedro durante el verano sobre la posibilidad de llevar el cortijo a medias con él y de cómo a sí podría vivir en la casa con nosotros durante todo el tiempo que quisiera. Todavía no estaba muy versado en las sutilezas de la compraventa de propiedades inmuebles, y obraba bajo el supuesto de que el comprador se aprovecha cruelmente del pobre vendedor oprimido, un papel que Pedro y su familia desempeñaban a la perfección.
– Pues espero que no sea su hogar, sea espiritual o de cualquier otro tipo, durante mucho más tiempo. Una cosa es comprar una finca rústica, pero cuando el rústico viene incluido en la compra es otra cosa muy distinta.
La palabra hizo que me sonrojara por dentro. Ana tiene una lengua muy afilada, aunque a menudo suele acertar.
– No, no; no te preocupes, se irá muy pronto. De todos modos creo que debemos sentirnos privilegiados por vivir aquí beneficiándonos de los conocimientos y experiencia de este noble… mmm, noble…
– ¿Rústico?
– Ya sabes que no me gusta esa palabra, Ana. Sería mejor no utilizarla.
– De acuerdo, entonces, ¿noble qué?
– Noble hijo de la… no, noble amo de la tierra.
– ¡No seas pedante, Chris! Es un rústico. ¿Qué hay de malo en decirlo?
– Vale, noble rústico -dije, soltando con dificultad la palabra-. Pero, volviendo a lo que estaba diciendo, no hay mucha gente que tenga la suerte que tenemos nosotros de poder llegar a entender a fondo otra cultura viviendo en la misma casa que uno de los…
– Rústicos locales.
– Sí, uno de los habitantes locales.
Estábamos manteniendo esta conversación cuchicheando en la oscuridad mientras nos lavábamos los dientes junto al granado y al bidón de agua mugrienta. Decidimos dejar los platos para cuando hubiera luz por la mañana y nos fuimos a acostar. Romero tenía su cama dos habitaciones más allá de la nuestra, y todas ellas estaban conectadas por huecos sin puertas. Era una noche preciosa de suave brisa y cielo despejado. Dejamos la ventana abierta, tal y como era nuestra costumbre y, a pesar de los ruidos desacostumbrados, dormimos profundamente.
Nunca se me ha dado bien levantarme temprano por las mañanas. El calor y la sensación confortable que se siente metido en una buena cama en agradable compañía siempre han podido más que las potenciales emociones de un nuevo día. Y esa mañana, la primera que pasábamos en nuestra casa de España, no era una excepción. Además, la agradable sensación de calidez producida por mi sueño despreocupado se mezclaba con la confusión de no saber qué hacer con el trascendental día que me esperaba ¿Qué debe hacer uno el primer día de una nueva vida? ¡Es tan fácil que se convierta en un auténtico desastre! Quizá por eso lo mejor es esquivar el asunto y quedarse en la cama.
Sin embargo, pronto se impuso el imperativo casi reflejo de hacerle una taza de té a mi esposa mientras dormía, y sólo me acordé de la taza que habíamos compartido la noche anterior cuando ya me había despejado del todo. Decidí que sería mejor que desayunáramos juntos más tarde.
Enmarcado por la oscura hiedra, veía el sol, aún bajo, iluminando los geranios y las rosas que bordeaban el camino de tierra batida y estiércol de vaca. De los establos cercanos salía el ruido de los animales gruñendo y resoplando. Me parecía que merecía la pena ir a investigar todo eso, con lo que bajé arrastrando los pies hasta el bidón para echarme un poco de agua por la cara. Cuando volvía a subir la senda, vi a Pedro bajando despacio, como un caracol, llevando sobre la cabeza y los hombros un enorme bulto compuesto por su colchón y su ropa de cama, que iba arrastrando por el polvo.
– ¿No te estarás yendo, no? -le pregunté, incrédulo.
– No, no, pero anoche dejasteis la ventana de la habitación abierta. El aire de la noche os va a matar bien muertos.
– ¡Tonterías, hombre! -le tranquilicé-. Nos hemos pasado toda la vida dejando abierta la ventana del dormitorio, en un clima más frío que el que tú hayas conocido jamás, y todavía estamos vivos.
– Eso será «por ahí», pero aquí los aires de la noche son mortales de verdad. Yo tenía un tío que una vez fue a visitar a no sé quién y pasó la noche en una habitación con una ventana que no cerraba bien del todo; nada de mucha importancia, la verdad, sólo una grieta en el marco. Bueno, pues a la mañana siguiente se despertó sintiéndose malísimo, a la noche estaba muerto y ahora está en la Gloria.
Y elevó los ojos al cielo de la manera que lo hace la gente de aquí siempre que surge el tema de la Gloria.
– Caray, Pedro, eso debió de ser algo más que una grieta. Nosotros hemos tenido la ventana abierta de par en par toda la noche y estamos bien. Por lo menos eso creo. Pero voy a asegurarme de que no le ha pasado nada a Ana.