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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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– ¿No puedo llevar unas riendas o algo a lo que sujetarme?

– ¡Ni hablar! Si tú llevas las riendas, ese caballo echará a correr como una bala y te dejará muerto y tieso ahí mismo. Para llevar las riendas de ese caballo tienes que saber montar bien. Agárrate a la silla.

Me encogí de hombros resignado, aunque no del todo seguro de qué hacer con las partes de mi cuerpo no directamente implicadas en la operación de mantener el equilibrio sobre el caballo.

– ¿Cómo se llama?

– Canela.

– ¿Canela?

– Canela. Es un caballo de color canela -dijo Pedro con aire distraído.

Uno de los perros también se llamaba Canela; era un perro de color canela.

– ¡¡Arre, Canela!! -grité alegremente al ponernos en movimiento con una sacudida mientras los perros se cruzaban por entre las patas de los caballos.

El caballo y su homónimo canino me miraron burlones.

Seguimos el sendero que serpenteaba entre los naranjos y los almendros hasta que llegamos al cauce del río, por donde las caballerías avanzaban arrastrando sus cascos entre las calientes piedras y salpicando agua. El sol nos abrasaba desde un cielo desprovisto de nubes. De un humor eufórico, me di cuenta de que me estaba imaginando a mí mismo en una estación de tren por la mañana temprano bajo una fría llovizna, rodeado por otros cientos de hombres de negocios trajeados mientras esperaba el tren para el viaje diario a la rutina. «Lo que quiera que resulte de esta decisión -pensé- tiene que ser mejor que eso.»

Los caballos bajaban por el pedregoso río pisando con delicadeza. Los inmóviles pinos que cubrían las laderas hacían que el aire resultara casi sofocante con el olor a resina. Tanto Canela como yo estábamos cubiertos de una capa de sudor, y una nube de moscas mantenía alegremente sus posiciones alrededor de nuestras cabezas. La vista desde el río era maravillosa y, una vez que me hube acostumbrado a mantener el equilibrio sobre el caballo (que no parecía ser exactamente el fogoso animal descrito por su amo), pude mirar a mi alrededor y disfrutar del paisaje, lo cual resulta imposible de hacer cuando se camina a pie por el río, ya que hay que mantener la cabeza constantemente inclinada para controlar el avance de los pies.

Sin embargo pronto dejamos el cauce del río y, tras avanzar un trecho por un angosto pasadizo entre las tapias de dos huertos de naranjos, nuestro pequeño grupo salió al camino público. Antes de llegar al pueblo tendríamos que pasar por dos aldeas e innumerables campos llenos de campesinos. Pues bien, un hombre a caballo tiende a sentirse en cierto modo superior a sus humildes compañeros de a pie, en virtud de la ventaja que proporciona la altura y de una especie de arrogancia que el caballo, o al menos ciertos caballos, otorgan a su jinete. Pero si eres un hombre adulto y llevan a tu montura atada por una cuerda, el efecto queda considerablemente reducido. De hecho, te sientes como un prisionero de guerra, la vil escoria de algún enemigo vencido.

Esta sensación se apoderó de mí la primera vez que uno de los campesinos que trabajaban en los campos se enderezó y se volvió para ver pasar nuestra triste procesión, compuesta por un hombre, dos caballos, cuatro chuchos escrofulosos, una legión de moscas y un prisionero. ¿Cómo podía yo adoptar un aire de dignidad en esa humillante postura? Desde los recovecos borrosos de mi memoria surgían oportunamente retazos de lecciones de equitación, el tipo de cosas que nunca se olvidan: «Rodillas apretadas, puntas de los pies hacia arriba, talones hacia abajo, espalda derecha y cabeza alta alineada entre las orejas del caballo, semblante alerta y concentrado en la dirección en que se avanza».

Hice todas esas cosas de la manera que me imaginaba que las haría un auténtico jinete, primero con los brazos cruzados, después con las manos apoyadas en las caderas, luego con una mano en la cadera y la otra enjugándome el sudor de la frente. Me rascaba con aire despreocupado algunas partes del cuerpo, pero pronto ya no me quedaron más partes que rascar. Protegerme los ojos del sol dio ocupación a una de mis manos de manera útil durante un período de tiempo. Intenté espantar unas cuantas moscas de los flancos del caballo, lo que ayudó un poco con la cuestión de la dignidad, pero era una batalla perdida.

Es absolutamente imposible mantener el más mínimo átomo de autoestima mientras eres conducido a lomos de un caballo de carga sarnoso atado por una cuerda, por un camino en donde se alinean los que van a ser tus vecinos, todos y cada uno de los cuales son jinetes naturales. Y Pedro lo sabía. De hecho, pronto me di cuenta de que había debido planearlo todo para humillarme.

Romero le sacó el máximo jugo posible a su ardid, saludando a todos mientras pasábamos para atraer su atención hacia Pedro el Conquistador y ese extraño y desvalido extranjero que se había agenciado. Me imaginaba muy bien las conversaciones que tendrían lugar en el valle: «Romero se ha agenciado ese extranjero rico (todos los extranjeros se supone que son ricos) y va a todas partes tirando de él a lomos de ese viejo y huesudo caballo de carga como si fuera un saco de habichuelas. El pobre hombre parece que está infestado de no sé qué bichos, porque nunca deja de rascarse».

Me sentía humillado y muerto mil veces por dentro. Poco a poco, avanzando tranquilamente por los caminos interiores y parándonos a visitar prácticamente a todos los que vivían a lo largo de la ruta, íbamos avanzando hacia el pueblo. Pedro quería también deshacerse de uno de sus perros. Nos metíamos por un sendero hasta llegar a una casa, un campo o un huerto en donde había un hombre trabajando, casi siempre con la espalda doblada entre sus hortalizas. Pedro detenía su caballo, y el mío se paraba con una sacudida.

– Eh, Juan, ¿quieres un perro?

El campesino en cuestión se enderezaba lentamente y se volvía hacia Pedro.

– Romero, buenos días.

Entonces, volvía la mirada hacia el caballo de carga y su desvalido cargamento, y el rostro campesino agobiado por las preocupaciones se arrugaba con una expresión de desconcierto.

– ¿Y esto qué es?

– Éste es el extranjero que ha comprado El Valero.

– Buenos días, mucho gusto -decía yo como un lorito, retorciéndome como si fuera un mono de cuerda y esperando en vano poder reafirmarme como ser humano.

– No, no quiero ningún perro, y ése menos aún.

– Pues es un perro buenísimo. Su madre mató un lobo. Es un cazador muy valiente.

– Yo ya no cazo, y además aquí ya no quedan lobos.

– La madre de éste acabó con el último.

– Aun así, no lo quiero. -Y volvía a inclinarse para continuar su trabajo-. Vete con Dios, Romero, y tu extranjero también.

Hasta que por fin nos alejábamos, Romero levantando su bastón para bajar la rama de un ciruelo y podernos atiborrar de fruta. Y continuábamos hasta llegar al siguiente vecino, para mantener la misma discusión sobre el perro, con casi exactamente el mismo diálogo. Pedro estaba llevando de maravilla la cuestión de mi presentación a la sociedad local.

Mi sensación de desdicha crecía a medida que íbamos avanzando. Finalmente, cuando nos acercábamos a la cuesta que hay justo antes de llegar a Órgiva, empecé a pensar cómo podía ingeniármelas para evitar ser presentado de la misma manera a la totalidad del pueblo. Pasamos junto a un melocotonero, ante el cual Romero levantó el bastón y, sin detenerse, cogió unos cuantos espléndidos melocotones maduros. Se dio la vuelta en su silla y, sonriente, me lanzó uno. Me abalancé sobre él ladeándome en la silla, y caí deslizándome limpiamente por el costado del caballo. Romero desvió la mirada cortésmente.

– Voy a ir andando un rato, Pedro. Tengo el culo dolorido.

– Como quieras.

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