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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Hamid perdió la compostura que le caracterizaba y alzó las manos.

– Yo no… -intentó defenderse.

– ¡Nadie me llama perro cristiano! -Juan le abofeteó.

– Déjalo -le instó el alguacil interponiéndose entre ellos.

– ¡Azótalo! -Exigió Juan-. Quiero ver cómo lo castigas. ¡Azótalo ahora mismo!

¿Cómo lo iba a azotar?, se planteó el alguacil. El pobre Francisco no aguantaría vivo más de tres latigazos.

– No -se opuso.

– En ese caso acudiré a la Inquisición -amenazó Juan-. Tienes en tu establecimiento a un moro que insulta a los cristianos y que blasfema -agregó mientras empezaba a recoger sus ropas-. ¡La Inquisición lo castigará como merece!

Hamid permanecía quieto detrás del alguacil, quien miraba cómo Juan se vestía sin dejar de refunfuñar por lo bajo. Si el mulero lo denunciaba a la Inquisición, Francisco ni siquiera sobreviviría quince días en sus cárceles. Jamás llegaría con vida al siguiente auto de fe, por lo que nunca recuperaría un mísero real por aquel esclavo.

– Por favor -rogó a Juan-. No lo denuncies. Nunca se ha comportado así.

– No lo haría si tú lo castigases. Tú eres su propietario. Si ese hereje fuera mío lo…

– ¡Te lo vendo! -saltó el alguacil.

– ¿Para qué lo quiero? Es viejo… y tullido… y malhablado. ¿De qué me serviría?

– Te ha insultado -trató de provocarle el alguacil-. ¿Qué satisfacción obtendrás si es la Inquisición quien lo castiga? Se arrepentirá como hacen todos estos cobardes, se reconciliará y le condenarán simplemente a sambenito. Ya ves lo viejo que es.

Juan simuló pensar.

– Si fuese mío… -masculló para sí-, estaría recogiendo mierda de mula todo el día…

– Quince ducados -ofertó el alguacil.

– ¡Estás loco!

Cinco ducados. Juan consiguió a Hamid por cinco ducados, cifra en la que, además, se permitió exigir que se incluyese el servicio de Ángela. Decidió no esperar a la mañana siguiente: en presencia de dos clientes de la mancebía como testigos pagó con las coronas de oro que llevaba en la bolsa y abandonó el burdel con Hamid a sus espaldas. Con todo, quedó con el alguacil para otorgar la correspondiente escritura de compraventa tan pronto como amaneciera.

Hernando estaba distraído escuchando la historia del asedio y toma de la ciudad de Haarlem producida hacía cinco años. Un soldado mutilado de los tercios de Flandes que había participado en ella y al que la gente, complacida, invitaba a beber, la narraba entre trago y trago. El soldado, casi ciego, lucía con orgullo los harapos con los que había luchado a las órdenes de don Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba, y relataba cómo durante el duro asedio a la fortificada ciudad en el que los tercios sufrieron numerosas bajas, el noble se planteó renunciar a su conquista. Entonces recibió un mensaje de su padre.

– Le dijo el duque de Alba -contó el soldado con voz potente- que si alzaba el campo sin rendir la plaza, no le tendría por hijo y que si, por el contrario, moría en el asedio, él mismo iría en persona a reemplazarle aunque estaba enfermo y en cama. -El corro alrededor del soldado era un remanso de silencio en comparación con el bullicio del resto de la plaza del Potro-. Añadió que en el caso de que fracasaran los dos, entonces iría de España su madre, a hacer en la guerra lo que no habían tenido valor o paciencia para hacer su hijo o su esposo.

Del corro se alzaron murmullos de aprobación y algún aplauso, momento en el que el soldado aprovechó para escanciar el resto del vino que le quedaba en el vaso. Escuchó con paciencia cómo se lo volvían a llenar, y se lanzó a relatar la definitiva y sangrienta toma de la ciudad. Hernando notó cómo alguien pasaba a sus espaldas y le golpeaba.

Se volvió y se encontró con Hamid, que cojeaba cabizbajo tras el mulero; en su mano llevaba un hatillo no mayor del que Fátima aportó a su matrimonio. ¡Juan lo había conseguido! Un temblor le recorrió todo el cuerpo y, con la garganta agarrotada, los contempló dirigirse lentamente hacia la parte superior de la plaza.

– Por orden de su padre -exclamó el soldado en aquel momento-, don Fadrique ejecutó a más de dos mil quinientos valones, franceses e ingleses…

– ¡Herejes!

– ¡Luteranos!

Los insultos a la resistencia de los ciudadanos de Haarlem no distrajeron a Hernando, que en esos momentos creía escuchar el roce del gastado zapato que Hamid arrastraba sobre el pavimento, aquella extraña cadencia que le acompañó en su niñez. Se llevó los dedos a los ojos para enjugarse las lágrimas. Las dos figuras continuaron alejándose de él, indiferentes a la gente y al bullicio, a las riñas y a las risas, ¡al mundo entero! Un mulero bajo, encorvado y sin dientes, pícaro y estafador. Un anciano cojo y cansado de la vida, sabio y santo. Se esforzó por sobreponerse a la maraña de sensaciones que le asaltaba. Apretó los puños y agitó los brazos casi sin moverlos, reprimiendo la fuerza, notando la tensión en todos sus músculos, irritado por la lentitud del alfaquí en cruzar la plaza.

Los vio superar la calle de los Silleros y después la de los Toqueros, luego giraron y rodearon el hospital de la Caridad. Entonces escrutó a la multitud, seguro de que al igual que él, todos debían de haber estado pendientes de aquella mágica pareja que había desaparecido por la calle de Armas, pero no era así: nadie parecía haberles prestado la menor atención y sus más cercanos vecinos seguían atentos a los relatos del mutilado.

– ¡Nos debían más de veinte meses de paga y nos impidieron el saqueo de la ciudad! ¡Todo el dinero que la ciudad pagó para evitar el pillaje se lo quedó el rey! -gritaba el ciego, al tiempo que golpeaba la mesa, dispuesta en la calle, con el vaso y derramaba el vino. Excitado, excusó el amotinamiento que tras la toma de Haarlem protagonizaron los soldados de los tercios-. ¡Y en castigo, a los enfermos y heridos como yo, no nos pagaron los atrasos!

¿Qué le importaba a él ese ciego y la suerte que hubiera corrido en aquella otra guerra religiosa que mantenía el católico rey Felipe?, pensó Hernando al cruzar la plaza, esforzándose por no correr.

Le esperaban unos pasos más allá, en la calle de Armas, tenuemente iluminados los dos por el reflejo de las velas al pie de una Virgen de la Concepción a tamaño natural que se hallaba sobre una hermosa reja labrada. La calle aparecía desierta. Juan lo vio llegar, Hamid, no: se mantenía cabizbajo, derrotado.

Hernando se plantó delante de él y se limitó a cogerle de las manos. No le surgían las palabras. Sin desviar la mirada del suelo, el alfaquí observó las manos que le agarraban y después los borceguíes que siempre calzaba Hernando desde que le nombraran jinete de las caballerizas reales. Aquella misma mañana había caminado junto a él.

– Hamid ibn Hamid -musitó, alzando por fin el rostro.

– Eres libre -logró articular Hernando, y antes de que el alfaquí pudiese replicar, se echó en sus brazos y estalló en un llanto nervioso.

A la mañana siguiente, ante el escribano público, con Hamid ya bajo los cuidados de Fátima en las caballerizas, Juan y el alguacil otorgaron escritura de compraventa del esclavo de la mancebía llamado Francisco. Como si se tratase de una simple y vulgar bestia el alguacil no lo vendió como sano y detalló al escribano todos y cada uno de los defectos físicos que padecía Hamid, aquellos aparentes y aquellos otros vicios que no lo eran tanto. Juan, por su parte, renunció a reclamarle por los defectos y vicios presentes o futuros del esclavo; tras ello, comprador y vendedor aceptaron el trato frente a dos testigos, y el escribano firmó el correspondiente documento.

Poco más tarde, ante otro escribano y otros dos testigos para que el alguacil no llegara a enterarse, Juan dictó la carta de manumisión a favor de su esclavo Francisco; le concedió la libertad y renunció a cualquier patronato que las leyes pudieran otorgarle sobre su siervo manumitido.

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