El Sabor de la Tentación
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
Bruscamente, el resplandor de la linterna se difuminó y suavizó. La joven redujo el paso, dándose cuenta de que había alcanzado el final del pasaje. Se detuvo en el umbral de una… ¿caverna? Alzando la linterna, miró con atención a su alrededor, pero la luz no alcanzaba a iluminar ni las paredes ni el techo. No mostraba nada salvo el suelo que tenía delante.
El suelo era desigual, con hoyos y fisuras. Aguzando la vista, alcanzó a vislumbrar unas estalactitas blancas, rugosas e irregulares, formadas por las gotas que caían de un techo que ella no podía ver.
– Emily.
Em comenzaba a odiar esa voz. Definitivamente contenía un tono engreído y burlón. Asumiendo que la llamada mordaz indicaba que el propietario quería que siguiera adelante, Emily lo hizo. Avanzó lentamente a través de la caverna, sorteando con mucho cuidado los trozos de roca fragmentada y atravesando pequeñas hondonadas y pendientes, resbalando al pasar junto a las viscosas estalactitas blanquecinas. Caminó con seguridad y prudencia, alzando la linterna frente a ella y siguiendo su haz de luz.
La caverna, si es que era una caverna, parecía enorme. Estaba a punto de detenerse para obligar a aquella voz incorpórea a que la llamara otra vez, cuando oyó algo.
Dirigió el haz de luz en todas las direcciones antes de detenerse, contuvo el aliento y aguzó el oído. Y entonces oyó unos suaves golpes amortiguados y pesados, y algo que parecían gritos.
Mirando en la dirección de donde provenían los sonidos, se levantó las faldas, alzó la linterna y se dirigió hacia allí.
– ¿Gert? ¿Bea? ¿Estáis ahí?
Los sonidos amortiguados se incrementaron y fueron seguidos de una especie de tamborileo. Las niñas estaban golpeando los pies contra el suelo de roca.
Em apretó el paso. Una hilera -más bien un bosquecillo- de estalactitas blancas se elevaba ante ella. La sorteó y vio una pared más baja, un lugar donde la roca de la caverna no se había desgastado tanto. El sonido de las patadas provenía de un poco más allá. Rodeó la pared e iluminó lo que había detrás… Entonces vio a sus aterrorizadas hermanas, amordazadas y jadeantes, y con las manos atadas a la espalda.
– ¡Gracias a Dios! -Se abalanzó hacia ellas. Dejó la linterna en el suelo y, tras dejarse caer de rodillas, abrazó a las dos niñas, estrechándolas contra sí-. Ya estoy aquí. Ya estáis a salvo.
Las soltó, bajó la bufanda que amordazaba a Gert y luego se volvió para hacer lo mismo con Bea.
– Pero no estamos a salvo -susurró Gert aterrorizada-. Él está aquí, él fue quien te atrajo hasta aquí.
Bea asintió vigorosamente con la cabeza, con los ojos abiertos como platos.
– Todavía sigue aquí -dijo la niña cuando ella le quitó la mordaza.
El terror puro que se reflejaba en la voz de Bea hizo que Em volviera a mirar a su alrededor. Las niñas tenían razón. Pero…
– ¿Quién es? -Ya había desatado la cuerda que las mantenía atadas espalda contra espalda. Urgió a Bea a girarse y comenzó a desatarle las cuerdas que le ataban las muñecas.
– ¡El señor Jervis! -susurró Gert.
– El señor Jerry Jervis, el caballero de York que era amigo de mamá -le espetó Bea al ver la confusión de Em.
– ¿El caballero de York? -Em no conocía a tal caballero-. Pero…
– Era un amigo especial de mamá, pero era marino y un día se marchó en un barco… Hacía mucho tiempo que no lo veíamos-. Gert se dio la vuelta para que Em le quitara las cuerdas de las muñecas.
– Nos dijo que mamá le había pedido que nos vigilara y que por fin nos había encontrado en Red Bells. -Bea se acercó más a ella y siguió susurrando-: Nos pidió que diéramos un paseo con él en el salón…
– Le hablamos del tesoro. -Gert se frotó las muñecas-. Nos pidió que le enseñáramos dónde había estado oculto… -Buscó los ojos de Em en la penumbra-. No pensamos que fuera capaz de hacernos daño, pero…
– Nos capturó -dijo Bea, agarrándose del brazo de Em-, nos ató y nos dejó aquí.
– ¿Por qué? -Gert tenía una expresión perpleja y dolida-. ¿Por qué ha hecho tal cosa?
Em recordó el tesoro, y bajó la mirada a la bolsa de lona que yacía a su lado. Había encontrado a las chicas, pero todavía tenía el tesoro.
La luz de la linterna comenzó a titilar y a desvanecerse.
El temor a la oscuridad, que hasta entonces había mantenido a raya, irrumpió en el interior de Em, inundándola como una gigantesca ola, y amenazando con arrastrarla, hundirla y ahogarla.
Contuvo el aliento y centró la atención en las niñas, y vio que sus ojos estaban llenos de pánico.
Entonces gritaron y señalaron detrás de ella.
– Piola, Emily.
La joven se dio la vuelta justo cuando la luz de la linterna, se apagó del todo, sumiéndoles en la oscuridad.
Por un instante, Em no pudo respirar. Sintió que se sofocaba, que se asfixiaba… luego recordó el tesoro y trató de coger la bolsa.
En cuanto la agarró, notó que se le escurría de entre las puntas de los dedos.
El aire se arremolinó en torno a Em cuando algo grande y cercano a ella se movió. Él no intentó disimular el ruido de sus pasos cuando se dio la vuelta y se alejó rápidamente en la oscuridad.
Por un momento, el pánico y la sorpresa atenazaron a Em. Se puso en pie con inseguridad; las gemelas la imitaron y se agarraron a sus faldas a cada lado de ella. Em no podía comprender cómo ese hombre podía caminar con esa facilidad a través de la oscuridad y entrecerró los ojos. Divisó un estrecho y tenue haz de luz de una linterna que recortaba la borrosa silueta de un hombre bastante grande.
Una fría desesperación la inundó.
– ¡Espere! ¡No nos puede dejar aquí! -Rodeando a las niñas con los brazos, se alejó un paso de la pared de piedra. Él se detuvo y giró la cabeza.
– Sí que puedo. -Pasó un momento-. No me importa si encuentran el camino para salir o si mueren aquí. Para entonces ya me habré ido y seré más rico de lo que jamás había soñado.
Había algo vagamente familiar en aquella voz… Em frunció el ceño.
– ¿Hadley?
El hombre se rio.
– Adiós, Emily Colyton. Ha sido un placer haberla conocido. -Él se rio entre dientes y estaba a punto de marcharse cuando se detuvo una vez más-. Realmente es una lástima que quiera a Tallent. Si me hubiera elegido a mí, podría haberla llevado conmigo, pero también sé que, al igual que Susan, usted jamás habría abandonado a esos pequeños diablillos.
Em sólo pudo distinguir la burlona reverencia que le hizo.
– Así que adiós, querida… dudo mucho que volvamos a vernos. -Reanudó su salida de la caverna. Dejando atrás una oscuridad total.
– ¡Hadley! -Incluso ella escuchó la aterrada desesperación en su voz, pero el resto de la súplica murió en sus labios cuando, bajo la débil luz de la linterna, vio que Hadley se introducía en el distante pasaje.
La luz se desvaneció. Él se había ido.
La oscuridad se volvió más densa.
Em rodeó a cada niña con un brazo, estrechándolas contra sí mientras luchaba por tranquilizar el acelerado ritmo de su corazón. Tragó saliva. Respiró hondo y se obligó a exhalar el aire.
– Tenemos que salir de aquí.
– Pero no vemos nada -susurró Bea.
– No. -Em habló en tono firme y tranquilo-. Pero sé en qué dirección está el pasaje. -Y tanto que lo sabía, pues estaba justo a unos metros delante de ella-. Vamos. Sólo tenemos que poner un pie delante del otro y llegaremos a él.
Dio un paso adelante y rozó con el zapato la linterna apagada.
– Esperad. -Se agachó y cogió la linterna; era una grande con una sólida base de hierro. Ya no podía encenderla, pero llevarla en la mano hacía que se sintiera mejor-. Hay que ir todo recto. A ver, Gert, colócate a este lado y tú, Bea, en el otro. Agarraos a mis faldas y no os soltéis de mí. Yo os guiaré… pensad que es una especie de juego.