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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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– Está bien -dijo Bea-, pero no me gusta la oscuridad.

Em odiaba la oscuridad, la aborrecía, únicamente sentía terror cuando se veía rodeada por ella…, pero no tenía tiempo de dejarse llevar por ese viejo temor. La vida de ella y de sus hermanas dependía de que mantuviera la calma. Y eso haría.

Tenían una vida que vivir con plenitud, y gente a la que amar y que las amaba; lo único que le importaba a Em era asegurarse de que eso fuera posible, y para ello tenían que encontrar la salida de la caverna y regresar a la luz del día.

– Venga, vamos. -Ni siquiera su viejo temor impediría que volviera a ver a Jonas otra vez, a yacer en sus brazos, a besarle, a abrazarle…, a ser protegida y querida por él. Puso un pie directamente delante del otro y siguió haciéndolo una y otra vez. Tenía la mano extendida delante de ella para no tropezar con las estalactitas que se interponían entre ellas y el pasaje -cómo las rodearía y encontraría de nuevo el camino correcto era algo que aún no había pensado-y siguió resueltamente hacia delante.

Un pie tras otro.

Llegaron al bosquecillo de estalactitas y contó veinte pasos. Estaba tratando de recordar cuántos pasos había dado al internarse en la caverna para buscar a las niñas, y la distancia a la que estaban de la entrada del pasaje, cuando una corriente de aire fresco le rozó la cara.

Era un suave soplo de viento, una mera caricia, pero ahora el aire era diferente, e incluso la temperatura era distinta, más fría.

Ella se detuvo, preguntándose si sería un producto de su imaginación, que se inventaba respuestas a sus oraciones, pero volvió a notar la fría brisa y, poco a poco, sus sentidos se aguzaron en la oscuridad. A pesar de todo, sonrió.

– Niñas, ¿sentís la brisa?

Pasó un instante, luego notó que las dos asentían con la cabeza.

– Viene del pasadizo. -O al menos eso creía Em. Había más posibilidades, pero no veía en qué podía beneficiarles hacer hincapié en ellas. Por lo que ella creía, la suave corriente de aire bajaba por el pasaje desde la cámara Colyton. La fría, húmeda y pegajosa presión del miedo se aligeró un poco.

– Lo único que tenemos que hacer para encontrar el pasaje es seguir la dirección de la brisa. Vamos.

Con más confianza de la que sentía y la mano extendida hacia delante, guio a sus hermanas por el bosquecillo de viscosas estalactitas; luego las dejaron a su espalda y siguieron la débil brisa.

Sus progresos eran todavía muy lentos. Aunque la corriente de aire les mostraba la dirección a seguir, todavía tenían que caminar con cuidado, tanto las niñas como ella. El suelo de la caverna era de piedra dura y afilada, las pequeñas hondonadas y pendientes eran muy pronunciadas en la absoluta oscuridad.

A pesar de su férrea determinación, la oscuridad todavía oprimía a Em como un manto sofocante que amenazara con robarle hasta el último aliento. Todavía tenía que luchar por respirar, por vencer el miedo que le comprimía los pulmones.

La esperanza, la impulsaba a seguir adelante -la esperanza, y Jonas-. La inmutable convicción de que tenía que estar, necesitaba estar y estaría con él otra vez. Que su destino, su futuro estaba junto a Jonas bajo la luz del día, no allí en aquella sofocante oscuridad.

Así que Em siguió adelante, un paso detrás de otro, moviéndose lenta y cautelosamente, mientras sentía la débil brisa en las mejillas.

Jonas entró corriendo en la iglesia y bajó las escaleras de la cripta.

Se había pasado por la posada para preguntarle a Edgar si Em estaba allí, con la débil esperanza de que fuera así, pero Edgar le había confirmado que la joven había salido a dar un paseo.

Soltó una maldición y envió a Edgar a la herrería para que les dijera a Thompson y Oscar que se reunieran con él en la iglesia. No había tenido tiempo de dar explicaciones. Dejó a Edgar atrás y salió como un rayo hacia la cuesta de la iglesia. Filing e Issy estaban pasando el día fuera y Henry había ido a dar una vuelta, por lo que no había nadie en la rectoría a quien pedir ayuda, y no tenía tiempo de avisar a Lucifer y a sus hombres.

Aunque por suerte, uno de los vecinos, que estaba en la posada cuando él llegó, pudo llevar el aviso a Colyton Manor.

Se detuvo en medio de los escalones. La puerta de la cripta estaba abierta, pero el interior estaba a oscuras. Bajó los últimos peldaños en silencio; al llegar al pie de las escaleras pudo confirmar que la puerta de la cámara Colyton estaba abierta. Vio un débil resplandor procedente del interior. Recordó que Em tenía que devolver el tesoro adonde lo había encontrado y redujo el paso, acercándose cautelosa y silenciosamente al mausoleo.

Deteniéndose en el umbral, en lo alto de las escaleras, escuchó con atención. Al principio sus oídos no captaron más que un doloroso silencio; luego pudo oír el sonido distante, pero bien definido, de unos pasos amortiguados.

Pero no eran los pasos de Em, sino los de un hombre.

Jonas bajó sin hacer ruido las escaleras de la cámara Colyton, deteniéndose en el último escalón para escudriñar la oscuridad. Al instante se dio cuenta de por qué el resplandor de luz que veía era tan tenue; al parecer provenía de uno de los túneles subterráneos que partían del mausoleo, los que conducían al interior de la cordillera de piedra caliza.

Sólo Dios -y el villano- sabían adonde llevaría ese túnel.

El portador de la linterna se acercaba al mausoleo por el túnel de la derecha. Jonas bajó el último escalón y corrió por el suelo desigual, ocultándose en las densas sombras. Se dirigió a una de las tumbas más grandes y se agachó detrás, mirando por encima de una esquina la entrada del túnel.

Un hombre salió a paso vivo de él. Se detuvo en la entrada y levantó la mirada. ¡Hadley! Jonas frunció el ceño. ¿Sería él el villano o sólo habría bajado a curiosear?

En ese momento, Hadley alzó la mano con la que no sostenía la linterna y Jonas vio que sujetaba una bolsa de lona, y escuchó el tintineo de monedas.

Tenía ante él al villano que había estado persiguiendo el tesoro, la persona que le había atacado, y que había raptado a las gemelas… para conseguir que Em le entregara el tesoro Colyton.

¿Dónde estaba Em? ¿Y las gemelas?

Hadley se acercó a una de las grandes tumbas cercanas y depositó la bolsa sobre la tapa plana. Dejó la linterna a un lado y desató el cordón que cerraba la bolsa. Entonces la inclinó para dejar caer parte del contenido sobre la tapa de la tumba.

Las monedas de oro y las joyas centellearon bajo la luz de la linterna.

La sonrisa de Hadley era de pura avaricia. Jonas permaneció en su escondite mientras el artista devolvía los artículos -el tesoro Colyton- a la bolsa y volvía a atar el cordón. Luego, vio que Hadley recogía la linterna y, todavía sonriendo, se encaminaba a las escaleras de la cripta.

Jonas rodeó la tumba que le ocultaba y se agachó detrás de otra más cercana a las escaleras. Esperó, escuchando el sonido de los pasos de Hadley cada vez más cerca, mirando la luz de la linterna cada vez más brillante.

Justo en el momento oportuno se puso en pie y se plantó en el estrecho pasillo entre las tumbas, delante de Hadley, bloqueándole el camino hacia las escaleras.

Hadley, alarmado, se detuvo.

Jonas asió la bolsa y la arrebató de la mano del artista. -Esto no es suyo.

Hadley reaccionó de repente y se abalanzó sobre él.

Jonas le esquivó y arrojó la bolsa a su espalda, donde chocó contra la pared del fondo.

Entonces levantó el brazo para incrustar el puño en el vientre de Hadley, pero el artista dio un paso atrás y usó la linterna para esquivar el golpe.

Pero entonces perdió la linterna, que cayó y rodó por el suelo, mientras la luz parpadeaba alocadamente. Al recobrar el equilibrio, Jonas vio que Hadley metía la mano en el bolsillo. ¿Sería para sacar una pistola?

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