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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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Jamás había visitado un lugar como aquél. Se detuvo a observar la fachada de ladrillo, el cartel luminoso y la multitud de gente que reía mientras salía a la calle. A eso se refería Emmeline cuando hablaba de los clubes. En tugurios como ése pasaba las noches junto a sus amigos. Hannah tembló, y entró con la cabeza gacha, sin permitir que el hombre del guardarropa se llevara su abrigo.

El lugar era diminuto, apenas más que una habitación, los cuerpos que se apiñaban en su interior entibiaban el ambiente. El aire olía a humo y a ginebra. Hannah se quedó cerca de la entrada, junto a una columna, y recorrió el local con la mirada, tratando de encontrar a Robbie.

Estaba sobre el escenario, si podía denominarse así al pequeño rincón que quedaba libre entre el gran piano y la barra. Sentado en un banco, con un cigarrillo entre los labios, fumaba perezosamente. Su chaqueta estaba colgada en el respaldo de la silla. Iba vestido con el pantalón de su traje negro y una camisa blanca, con el cuello desabotonado. Tenía el cabello despeinado. Hojeaba un cuaderno.

Frente a él estaban sus oyentes, sentados en torno a pequeñas mesas redondas, en taburetes junto a la barra, o de pie, apoyados en las paredes.

Hannah distinguió a Emmeline, sentada entre sus amigos. Fanny estaba con ella, era la señora del grupo. El matrimonio la había desilusionado. Una institutriz algo tediosa se había apropiado de sus hijos, su esposo pasaba el día pensando en qué nuevo alimento le haría daño. No eran demasiadas las cosas que pudieran despertar su interés. ¿Quién podía culparla por buscar diversión junto a sus antiguos amigos? Ellos la toleraban porque verdaderamente quería divertirse, y porque era mayor y podía solucionarles todo tipo de problemas. Era especialmente hábil para convencer dulcemente a la policía que los acosaba durante sus rondas nocturnas.

En esa mesa todos bebían cócteles en copas de Martini. Uno de ellos extendió una línea de polvo blanco sobre la mesa. En otra ocasión, Hannah se habría preocupado por su hermana, pero esa noche estaba en paz con el mundo entero.

Hannah se acercó más a la columna, aunque no era necesario que se molestara. Todos estaban tan entretenidos que no tenían oportunidad de mirar hacia atrás. El tipo del polvo blanco le susurró algo a Emmeline y ella rió libremente, sin moderación, dejando a la vista la blancura de su cuello.

Por el leve movimiento del cuaderno, Hannah percibió que a Robbie le temblaban las manos. Dejó el cigarrillo en un cenicero que estaba en la barra y comenzó a leer, sin más preámbulos, un poema que hablaba de historia, misterio y recuerdos. «La niebla inconstante».

Era uno de los favoritos de Hannah. Ella lo observaba. Era la primera oportunidad en que se podía permitir que sus ojos recorrieran ese rostro, ese cuerpo, sin que él lo supiera. Y lo escuchaba. Se había conmovido al leer esos versos, pero al oírlos de labios de Robbie pudo apreciar sus sentimientos más profundos.

Cuando concluyó, el auditorio aplaudió. Alguien gritó, se oyeron risas y él detuvo sus ojos en ella. Su rostro permaneció inmutable, pero supo que la había mirado, reconociéndola a pesar de su disfraz.

Por un instante estuvieron a solas.

Robbie volvió a buscar en su cuaderno, pasó algunas páginas y se detuvo en el poema siguiente.

Y le habló a ella. Un poema tras otro. Sobre lo conocido y lo ignorado, la verdad y el sufrimiento, el amor y el deseo. Ella cerró los ojos, y con cada palabra sintió que las tinieblas desaparecían.

El recital llegó a su fin y todos aplaudieron. Los camareros de la barra entraron en acción. Prepararon cócteles americanos y sirvieron copas. Los músicos tomaron asiento en el escenario y comenzaron a tocar jazz. Algunos de los presentes, alcoholizados y sonrientes, improvisaron una pista de baile entre las mesas. Hannah vio que Emmeline le hacía una seña a Robbie para que se sentara junto a ella. Robbie le señaló su reloj. Ella hizo un gesto exagerado para mostrar su decepción, pero de inmediato uno de sus compañeros la invitó a bailar.

Robbie encendió otro cigarrillo, se puso la chaqueta y guardó el cuaderno en el bolsillo interior. Le dijo algo a un hombre que estaba detrás de la barra y atravesó el salón en dirección a Hannah.

Ella, a punto de desfallecer, lo veía acercarse lentamente. Sintió vértigo, como si hubiera estado de pie al borde de un precipicio, azotada por el viento, sin otra alternativa más que dejarse caer.

Sin decir una palabra, él la tomó de la mano y la condujo hacia la puerta.

Eran las tres de la mañana cuando Hannah bajó por la escalera de servicio de la casa del número diecisiete. Yo la estaba esperando, como había prometido. Con el estómago atenazado por los nervios. Llegó más tarde de lo que me esperaba. La oscuridad y la inquietud se habían aliado para llenar mi cabeza de escenas horripilantes.

– Gracias a Dios -exclamó Hannah, deslizándose a través de la puerta que yo había abierto-. Temía que lo hubieras olvidado.

– Por supuesto que no, señora -dije ofendida.

Hannah recorrió inadvertida la sala de los sirvientes y entró de puntillas en la zona principal, con los zapatos en la mano. Cuando comenzó a subir la escalera para ir hacia el segundo piso reparó en que yo la seguía.

– No es necesario que me acompañes, Grace, es muy tarde. Además, deseo estar sola.

Asentí, me detuve y me quedé al pie de la escalera, con mi camisón blanco, como una niña desorientada.

– Señora… -dije rápidamente.

Hannah se volvió para responderme.

– ¿Qué, Grace?

– ¿Fue agradable la velada?

Hannah sonrió.

– Oh, Grace. Mi vida ha comenzado esta noche.

III

Nunca se encontraron en su casa. Por lo que Hannah sabía, Robbie no tenía un hogar. Se veían en lugares prestados, en los que él estaba de paso. Eso aumentaba la sensación de aventura. Para ella, resultaba emocionante refugiarse en otras casas, en la vida de otras personas. Los momentos de intimidad en lugares extraños tenían algo delicioso.

La manera de arreglar los encuentros era muy simple. Cada vez que Robbie iba a buscar a Emmeline, aprovechaba la espera para entregar secretamente a Hannah una nota con la dirección, la hora, el día. Hannah la leía con disimulo, y asentía en señal de acuerdo. A veces no podía cumplir con lo acordado: Teddy requería su presencia en un acto político o Deborah le pedía su colaboración en alguno de sus comités. En esas ocasiones, no tenía manera de decírselo, y sufría al imaginarlo esperándola en vano.

Pero en la mayoría de los casos lograba inventar excusas: que almorzaría con una amiga, o que iría de compras. Nunca desaparecía durante demasiado tiempo. Estaba muy atenta. Más de dos horas de ausencia podían despertar sospechas. El amor le impuso la necesidad de ser astuta y pronto se volvió experta. Si inesperadamente veía a un conocido en algún lugar inusual, lo esquivaba velozmente. Un día se topó con lady Clementine en Oxford Circus. Ella le preguntó dónde estaba su chófer y Hannah le respondió que. dado que el clima era tan agradable, había sentido deseos de salir a caminar. Pero lady Clementine no había nacido ayer. Entrecerró los ojos, asintió y le recomendó a Hannah que tuviera cuidado, la calle tenía ojos y oídos.

Después de aquel episodio, Hannah se aseguró de volver a casa con alguna compra -un sombrero, un par de guantes, una entrada para una exposición-, cualquier cosa que sirviera para demostrar dónde había estado, y por qué llegaba más tarde de lo esperado.

Y de ese modo podían encontrarse. Ella salía de la casa del número diecisiete para acudir al lugar indicado en la nota más reciente, con la precaución de no cruzarse con alguno de los espías de Deborah. Unas veces la cita era en una zona conocida; otras, tenía que viajar hasta lejanos suburbios londinenses y buscar la calle y luego la casa o el apartamento. Después de asegurarse de que nadie la observaba, conteniendo la respiración, tocaba el timbre.

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