La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
Una «fiesta de bebidas», pensó Hannah. Estaba al tanto de la existencia de esa clase de festejos. Teddy solía leerle los artículos del periódico mientras desayunaban. Y recordaba que al encontrar esa noticia había bajado el periódico meneando la cabeza en señal de desaprobación y había dicho:
– Escucha esto. Otro de esos festejos. Esta vez en Mayfair.
Dicho lo cual, le había leído el artículo, palabra por palabra, describiendo con sumo placer los nombres de los que se habían colado sin estar invitados, los adornos indecentes y las numerosas intervenciones de la policía. Teddy se preguntaba por qué las fiestas de los jóvenes ya no eran como las de su época, cuando en los bailes se ofrecía una cena, los sirvientes eran los encargados de llenar las copas de vino y las muchachas tenían su carné de baile.
Las palabras de Teddy la horrorizaron, sugerían que ella ya no se contaba entre los jóvenes. Y aunque sintió que Emmeline era una especie de sacrílega que danzaba sobre las tumbas de los difuntos, no se lo dijo.
Hannah hizo todo lo necesario para asegurarse de que Teddy no supiera que su hermana acudía a esa clase de fiestas, y menos aún, que las organizaba. Se volvió experta en inventar excusas sobre las actividades nocturnas de Emmeline.
Pero esa noche, cuando subía la escalera para dirigirse al estudio de Teddy, con la intención de darle una ingeniosa explicación, una verdad a medias, sobre la devoción de Emmeline por su amiga Clarissa, advirtió que su esposo no estaba solo. Las voces de Teddy y Deborah le llegaron a través de la puerta cerrada. Estaba a punto de irse, decidida a volver más tarde, cuando oyó el nombre de su padre. Entonces, conteniendo la respiración, se quedó para escuchar.
– Fuera cual fuera tu opinión sobre ese hombre, deberías sentir pena por él -señaló Teddy-. Murió de un ataque cerebral antes de cumplir cincuenta años.
– ¿Ataque cerebral? Yo diría que fue la bebida -replicó Deborah. Hannah escuchaba con los labios apretados-. Sin duda durante algún tiempo hizo todo lo posible por destruir su hígado. Lord Gifford me contó que uno de los sirvientes lo encontró cuando fue a llevarle el desayuno, hundido entre las almohadas, con una botella de whisky vacía a su lado. El lugar apestaba a alcohol, parecía una destilería.
Mentiras, pensó Hannah indignada.
– ¿Es cierto eso?
– Eso dice lord Gifford. Los sirvientes trataron de ocultarlo, pero él les recordó que como defensor de la familia necesitaba conocer los hechos para poder cumplir con su deber.
Hannah oyó el chorro del jerez vertiéndose en las copas y el entrechocar de los cristales.
– Todavía estaba vestido -murmuró maliciosamente Deborah-, la habitación era un caos, había papeles por todas partes. -Luego rió-. Esto te encantará: ¿sabes qué tenía sobre las rodillas?
– ¿Su testamento?
– Una fotografía. Una de esas fotografías antiguas y formales que solían hacerse a finales del siglo pasado, donde posaban la familia y los sirvientes.
Hannah advirtió que Deborah había enfatizado las últimas palabras, pero no pudo comprender el motivo. Sabía a qué tipo de fotografías se refería, aquellas que constituían un rito obligado para su abuela. No le parecía extraño que su padre, en los últimos tramos de su vida, encontrara consuelo observando los rostros de sus seres queridos.
– Lord Gifford tuvo dificultades en encontrar el testamento de Frederick -continuó Deborah.
– Supongo que finalmente lo encontró -se apresuró a decir Teddy-. Y que su contenido concuerda con lo previsto.
– Así es. Cumplió con lo prometido.
– Excelente.
– ¿Vas a vender esa propiedad?
Hannah oyó un ruido: Teddy se acomodó en su sillón antes de responder.
– No creo. Siempre he fantaseado con la idea de tener una casa en el campo.
– Podrías presentarte a un escaño por Saffron. Los campesinos tienen devoción por su amo.
Hannah contuvo el aliento. Se oyeron pasos. Después de un instante, Teddy declaró:
– ¡Por Dios, Dobby, eres un genio! Llamaré inmediatamente a lord Gifford. -Teddy parecía exultante. Desde el otro lado de la puerta se oyó como llamaba por teléfono-. Le pediré que consiga apoyo para mi candidatura.
Hannah se alejó de la puerta. Había oído suficiente.
Esa noche no habló con Teddy. Afortunadamente, Emmeline llegó a las dos de la madrugada, una hora relativamente decorosa. Hannah estaba en su cama, todavía despierta, cuando oyó que su hermana entraba en casa. Se dispuso a dormir, cerró los ojos y trató de no pensar en lo que había dicho Deborah acerca de su padre y la manera en que había muerto, acerca de su desdicha, su soledad, las tinieblas que lo acechaban. De no pensar en las cartas que intentó escribirle y nunca logró completar.
En la soledad del dormitorio que Deborah había decorado para ella, mientras oía los ronquidos de Teddy, que llegaban desde la habitación contigua, y los ruidos nocturnos de la ciudad que atravesaban su ventana, soñó con aguas tenebrosas, barcos abandonados flotando hacia playas desiertas mientras, a lo lejos, se oían sus sirenas solitarias.
Robbie regresó. No dio explicaciones acerca de los motivos de su ausencia. Sencillamente, se sentó en el sillón de Teddy, como si el tiempo no hubiera pasado, y le entregó a Hannah su primer volumen de poesía. Ella estuvo a punto de decirle que ya había comprado un ejemplar cuando él sacó otro libro del bolsillo de su abrigo. Era pequeño, con tapas de color verde.
– Para usted -declaró, extendiendo su brazo hacia ella.
Hannah sintió que sus latidos se aceleraban cuando vio el título: era el Ulises de Joyce, que estaba prohibido.
– Pero ¿dónde lo ha…?
– Un amigo en París.
Hannah recorrió con sus dedos la cubierta del Ulises. Conocía el tema de la novela: la agonizante relación física de un matrimonio. Había leído -en realidad, Teddy le había leído- las críticas publicadas en el periódico. Su esposo había dicho que se trataba de un libro indecente y ella había asentido, para manifestar su acuerdo. Lo cierto es que el tema le resultaba extrañamente conmovedor, pero podía adivinar cuál habría sido el comentario de Teddy si lo hubiera confesado. Probablemente la habría tomado por chiflada, obligándola a consultar con un médico. Tal vez tuviera razón.
Sin embargo, aun cuando la posibilidad de leer la novela le resultaba estimulante, no podía definir la sensación que le provocaba el hecho de que Robbie se la hubiera regalado. ¿Pensaría que ella era una mujer para quien esos temas eran algo común? O peor aún, ¿se estaba riendo de ella? ¿Creía que era una mojigata? Estaba a punto de preguntárselo cuando él añadió, con suma sencillez y delicadeza:
– Lamento la muerte de su padre.
Antes de que pudiera decir una sola palabra acerca del Ulises. Hannah descubrió que estaba llorando.
Nadie prestó demasiada atención a las visitas de Robbie. No al principio. En verdad, nada sugería que Hannah y él tuvieran una relación indecorosa. Hannah habría sido la primera en negarlo. Todos sabían que Robbie había sido amigo de su hermano, que había estado con él hasta el final. Si bien su aspecto tenía algo fuera de lo común, algo poco honorable -Boyle seguía insistiendo en ello- parecía lógico atribuirlo a las cruentas experiencias vividas durante la guerra.
Era imposible prever en qué momento llegaría Robbie, pero Hannah comenzó a esperar sus visitas, a anhelarlas. Algunas veces lo recibía a solas, en otras ocasiones Emmeline o Deborah la acompañaban. No le molestaba. Para ella, Robbie era su tabla de salvación. Hablaban de libros, de viajes. De ideas extravagantes y lejanos lugares. Él parecía saberlo todo sobre ella. Era casi como tener a David en casa otra vez. Descubrió cuánto necesitaba de su compañía, se inquietaba cuando sus visitas se espaciaban, ninguna otra cosa lograba entretenerla.