La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
Él siempre acudía al instante. Abría la puerta y la hacía pasar. Subían las escaleras, lejos del mundo de los demás, inmersos en su propio mundo. A veces no subían inmediatamente. Antes de que ella pudiera decir una palabra, él cerraba la puerta y la besaba.
– Te he esperado tanto tiempo -le decía mientras estaban allí, de pie, uno frente al otro-. Creí que nunca llegarías.
Entonces ella apoyaba un dedo sobre sus labios, le recordaba que debían ser silenciosos y luego subían la escalera.
Un día, mientras yacían juntos en la cama después de hacer el amor, ella se preguntó qué clase de persona viviría en la casa donde estaban. A juzgar por los estantes llenos de libros, habría dicho que se trataba de un escritor.
– Él debe de ser escritor.
– ¿Él?
– O ella. ¿Es una mujer?
Hannah miraba a Robbie, celosa de esa mujer fantasma que tenía su propio apartamento, que era amiga de Robbie y lo veía cuando ella no podía verlo.
Él se rió.
– Te estás inventando esa historia.
– Bueno, es un hombre, pero no es escritor, es médico.
– ¿Médico?
– Sólo un médico puede tener un estante lleno de libros de anatomía -aseguraba triunfante, convencida de haber acertado.
– Es verdad, aunque él también podría ser un artista. Un artista debe saber de anatomía.
Hannah asentía con gran seriedad.
– Eso me agrada. Un artista. -Y añadía sonriente-: Tenía razón. ¡Ja! Has dicho «él». Es la casa de un hombre.
Al cabo de un tiempo dejaron de jugar a las adivinanzas y comenzaron a jugar a vivir juntos. Un día, en una diminuta habitación amueblada de Hampstead, Hannah preparaba una taza de té para Robbie y él se entretenía mirándola mientras se preguntaba en voz alta si las hebras de té, tan secas y crujientes, todavía servirían.
– Si viviéramos aquí tendría que trabajar en algún lugar para pagar el alquiler -comentó Hannah.
– En un taller de costura -replicó Robbie, que sabía de la escasa afición de Hannah por esa tarea.
– En una librería -replicó ella mirándolo con dureza-. Y tú… tú escribirías hermosos poemas todo el día, sentado aquí, junto a la ventana, y me los leerías cuando yo regresara a casa.
– Nos iríamos a España para escapar del invierno -propuso Robbie.
– Sí, y yo me convertiría en un torero enmascarado. El mejor de toda España -fantaseó Hannah. Luego dejó la taza con las hojas de té flotando en la superficie y se sentó junto a él-. Todos estarían intrigados, tratarían de descubrir mi identidad.
– Pero sería nuestro secreto.
– Sí, sería nuestro secreto.
Un lluvioso día de octubre, Robbie y Hannah estaban acurrucados en la cama, en un apartamento oscuro y diminuto que pertenecía a un amigo de Robbie. Hannah miraba el reloj que estaba sobre el hogar, contando los minutos que le quedaban. Por fin, cuando el minutero dio la hora, ella se incorporó. Buscó el par de medias que había quedado en un extremo de la cama y comenzó a estirarlas. Robbie le acariciaba la espalda.
– No te vayas.
Ella enrolló una media y la deslizó sobre su pie derecho.
– Quédate.
Hannah ya estaba de pie. Dejó caer su enagua a través de la cabeza y la enderezó alrededor de sus caderas.
– Sabes que me quedaría para siempre si pudiera.
– En nuestro mundo secreto.
– Sí. -Hannah sonrió, se arrodilló junto a la cama y extendió el brazo para acariciar la cara de Robbie-. Me gusta. Nuestro propio mundo. Un mundo secreto. Me encantan los secretos -declaró, y suspiró. Había estado pensando en ello. No sabía por qué deseaba tanto compartirlos con él-. Cuando éramos niños, solíamos jugar un juego
– Lo sé -asintió Robbie-. David me habló de El Juego.
– ¿Lo hizo?
Robbie asintió.
– Pero El Juego era secreto -replicó Hannah impulsiva-. ¿Por qué te lo contó?
– Tú misma estabas a punto de contármelo.
– Sí, pero es diferente. Tú y yo… Es diferente.
– Entonces, háblame de El Juego. Olvida que ya lo sé.
Hannah miró el reloj.
– En realidad, debería irme.
– Pues entonces cuéntame algo rápido.
Ella le habló de Nefertiti, de Charles Darwin, de Emmeline y su reina Victoria, y de sus aventuras, a cual más extraordinaria.
– Tendrías que haber sido escritora -le dijo Teddy mientras acariciaba su brazo.
– Sí -contestó ella muy seria-. Podría viajar y vivir aventuras mientras las escribo.
– Todavía estás a tiempo. Puedes empezar a escribir ahora.
Hannah sonrió.
– Ahora no lo necesito. Te tengo a ti, viajo a través de tus palabras.
A veces Robbie compraba vino y lo bebían en copas que pertenecían a otras personas, envueltos en las sábanas de esas mismas personas. Comían pan y queso, y si había un gramófono, escuchaban música. Y en ocasiones, después de asegurarse de que las cortinas estuvieran cerradas, bailaban.
Una tarde lluviosa, Robbie se durmió. Ella bebió el vino que quedaba en su copa y estuvo un rato tendida junto a él, oyendo su respiración, tratando de acompasarla con la propia. Finalmente, logró igualar el ritmo. Pero no pudo dormir, la enorme curiosidad que le provocaba tenerlo tan cerca se lo impedía. Se arrodilló en el suelo y observó su cara. Nunca antes lo había visto dormido.
Estaba soñando. Los músculos que rodeaban sus ojos se contraían ante las escenas que se desarrollaban detrás de sus párpados cerrados. Las contracciones se hicieron más fuertes mientras ella lo observaba. Pensó en despertarlo. No le agradaba verlo así, con su bello rostro crispado.
Entonces Robbie comenzó a gritar. A Hannah le preocupó que alguien pudiera oírlo desde un apartamento contiguo, que algún inoportuno vecino pidiera ayuda, o llamara a la policía.
Apoyó su mano en el brazo de Robbie, pasó suavemente sus dedos por la cicatriz que le resultaba tan familiar. El seguía durmiendo, y gritando. Ella lo sacudió suavemente, lo llamó por su nombre. Le dijo: «Robbie, estás soñando, mi amor».
De pronto él abrió los ojos, redondos y oscuros, y antes de que Hannah pudiera comprender lo que sucedía se encontró en el suelo; él estaba encima de ella apretándole el cuello con las manos. La estaba asfixiando, apenas podía respirar. Trató de decir su nombre, de pedirle que se detuviera, pero no pudo. Fue sólo un instante, luego algo en él volvió a funcionar y recuperó la conciencia. Comprendiendo lo que había hecho, dio un salto hacia atrás.
Ella se puso de pie, y retrocedió velozmente hasta que su espalda chocó con la pared. Lo miraba impresionada, preguntándose qué le había sucedido. Con quién la había confundido.
Él también estaba de pie, contra la pared opuesta, con los hombros encorvados y la cara oculta entre las manos.
– ¿Estás bien? -le dijo sin mirarla.
Ella asintió, preguntándose qué había sucedido.
– Sí -respondió por fin.
Entonces él se acercó y se arrodilló junto a ella. Seguramente ella se alejó involuntariamente, porque él tomó sus manos, las puso sobre sus propios hombros y dijo:
– No te haré daño.
Luego levantó el mentón de Hannah para ver su garganta.
– Oh, Dios -exclamó.
– Estoy bien -aseguró ella, esta vez con más firmeza-. ¿Y tú…?