Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
El abuelo de Royce hacía mucho tiempo que estaba muerto.
Minerva no necesitaba más pruebas para conocer el estado mental de Phillip.
Ella se esforzó en escucharle, para así poder seguir sus movimientos. Cuando estuvo segura de que estaba a cierta distancia, abrió los ojos rápidamente, para inmediatamente volver a cerrarlos, lanzando un suspiro mental de alivio.
Había cerrado las puertas del molino.
Resistiéndose a sonreír de alegría, luchó por seguir manteniendo todos sus músculos flácidos.
No le resultó muy sencillo cuando Phillip dejó de hablar, para luego posicionarse junto a la piedra del molino. Ahora, ella estaba plenamente consciente, sintiendo su proximidad. Al igual que Royce, él era alto, musculoso e irradiaba calor, y reprimir la repulsión que sintió en aquel momento fue lo más difícil que había tenido que hacer en su vida.
Luego oyó un sonido. Sus brazos se movían.
El se inclinó sobre ella.
– ¡Vamos, maldita, despierta!
Y entonces, ella descubrió que había cosas peores que la repulsión por reprimir.
El instinto llegó a sus límites. Ella tan sólo tuvo un instante de aviso, un solo instante para gritarse a sí misma que se relajara, y que por el amor de Dios, no reaccionara.
Fue entonces cuando él le pinchó el brazo con la aguja de su pañuelo.
Royce esperó en el vestíbulo a tener a todos sus hombres reunidos. Las damas también estaban presentes. Todos estaban demasiado preocupados como para volver al salón de baile.
Christian apareció por la puerta.
– Ya estamos todos.
Royce pasó su mirada por aquella serie de rostros mortalmente serios.
– Mi primo, Phillip Debraigh, ha secuestrado a Minerva. Es nuestro último traidor, ese al que yo no pude aprehender. Tal y como yo lo veo, esto tiene que ser una venganza contra mí. La diadema que llevaba Minerva, y que yo le había regalado, era parte de su tesoro de treinta piezas. Por lo visto, se la ha llevado a algún sitio en el exterior.
»Aunque el castillo es enorme, está atiborrado de invitados, y los criados no paran de dar vueltas continuamente por todos lados. Eso él lo sabe, y no querrá arriesgarse a hacer algo de puertas para adentro -dijo mirando al exterior, -pero fuera hay un número determinado de lugares donde ha podido esconderse, y eso nos da una oportunidad de rescatar a Minerva, y capturarlo.
Volvió a mirar aquellos rostros de gesto preocupado.
– Se la llevó hace menos de quince minutos, así que no esperará que nos hayamos percatado de su ausencia tan rápido, por tanto tenemos un poco de tiempo para realizar un plan.
Rupert, a su izquierda, miró a los ojos a Royce.
– Sea lo que sea que hagamos, la discreción tiene que ser absoluta. No importa que él sea el traidor, y que merezca morir como un perro. No puedes acabar lanzar al desprestigio a toda la familia Debraigh. Tú, especialmente, no puedes hacerlo.
Y decía aquello porque los Debraigh eran familia de su madre, y siempre los habían apoyado. Decía aquello porque su abuelo Debraigh había sido una columna en su vida formativa.
Royce asintió.
– Mientras nos sea posible, intentaremos mantener esto en secreto, pero no arriesgaré la seguridad de Minerva, ni tan siquiera por los Debraigh.
Miró de nuevo al grupo de mujeres, Letitia, Clarice, Rose y el resto.
– Las damas nos darán cobertura. Deberéis volver al salón y expandir algún tipo de historia, de que hemos ido a una reunión de última hora o cualquier cosa que os podáis inventar como excusa. Tendréis que ocultar vuestra preocupación, hacedlo ver como si fuera irritación, enfado, resignación… cualquier cosa, pero sabed una cosa importante. Nunca podremos resolver esto con éxito sin vuestra ayuda.
Clarice asintió.
– Nosotras nos ocuparemos, vosotros partid -dijo haciéndoles un gesto con la mano. -Haced eso que se os da tan bien, y traed a Minerva de vuelta.
El tono bélico que empleó reforzó las miradas de las otras damas.
Royce asintió de nuevo, y miró a los hombres.
– Vayamos a las almenas.
Los condujo hasta las escaleras que conducían a las almenas a paso ligero. Tan solo por prevenir la posibilidad de que se hubiera equivocado con Phillip y este estuviera oculto en algún lugar de la casa, Handley, Trevor, Jeffers, Retford y Hamilton también fueron alertados, realizando una discreta búsqueda por todo el castillo; pero mientras se dirigía a las almenas, esperando a que los otros se le unieran, sabía que no se había equivocado. Phillip estaba fuera, en algún lugar en las cercanías, y los puntos más relevantes de estas eran perfectamente visibles desde una vista con perspectiva.
Agarrando con sus manos la piedra, miró al horizonte.
– Tiene que habérsela llevado a una de las estructuras. No hay muchas, allí está…
De repente, enmudeció. Había ido al mismo sitio donde había estado anteriormente con Minerva, dos veces. La vista daba al norte, con el desfiladero que llevaba a Cheviots, y Escocia, más allá.
El molino estaba a la vista.
Se enderezó, fijando su vista en aquella estructura.
– Se la ha llevado al molino.
Todos se agolparon contra las almenas, intentando divisar algo.
Antes de que cualquiera pudiera preguntar, él habló:
– No hay nadie en todo el condado que pueda cerrar esas puertas. Por razones obvias, siempre las dejamos medio abiertas.
Christian estaba inspeccionando el terrero, al igual que los demás.
– Tiene dos plantas.
– ¿Podemos surcar la corriente?
– No con facilidad ni seguridad.
– Entonces -dijo Devil Cynster, poniéndose firme y levantando una ceja, -¿cómo vamos a hacerlo?
En un par de frases, él les contó su plan.
No es que les pareciera del todo bien, pero no protestaron.
Minutos después, salieron del interior y salieron a los jardines, y, silenciosamente, una pequeña fuerza de hombres mortífera se propuso hacer una única cosa.
Acabar con la existencia del último traidor.
Royce iba a cabeza del grupo, con el rescate de Minerva sana y salva como único propósito.
CAPÍTULO 22
Minerva sintió el pinchazo de la aguja del pañuelo de Phillip, más como una oleada de terror que como otra cosa.
Había intentado no saltar, pero sus músculos se tensaron. Phillip se dio cuenta. La abofeteó, la zarandeó, pero cuando ella se removió, balbuceando, para luego caer de nuevo en estado comatoso, pronunció una obscenidad y se alejó una vez más enfadado.
Había empezado a caminar de nuevo, pero esta vez más cerca, mirándola todo el tiempo.
– Maldita seas cien veces. ¡Despierta de una vez! Quiero que estés despierta para que sepas qué es lo que te estoy haciendo, quiero que ofrezcas resistencia. Quiero oírte gritar mientras me abro paso dentro de ti. Te he traído aquí específicamente para eso, para mantenerte lo suficientemente alejada de la casa, y que el ruido del agua impidiera que nadie oyera ningún tipo de sonido, y así poder disfrutar de tus lloros y súplicas.
»Y de tus gritos, por encima de todo, de tus gritos.
»Quiero ver tus ojos, quiero sentir tu miedo. Quiero que sepas todo lo que te voy a hacer antes de acabar contigo.
De repente, se le acercó mucho para decir lo siguiente.
– No vas a morir rápido.
Ella apartó la cara de su aliento, intentando disimularlo como un gesto de sueño intranquilo.
Él le volvió la cara de nuevo, para mirarla fijamente al rostro.
– Estás simulando estar dormida. ¿No es así, Minerva?
Su tono era de burla, y la abofeteó de nuevo. Luego, nuevamente con un tono burlón, dijo:
– Veamos si te despiertas con esto.
Manoseándole los pechos, buscó con unos dedos que se le clavaban un pezón, rodeándolo. Sus senos eran cálidos y blandos, y ella abrió los ojos, mirando lo que tenía enfrente de ella.