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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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– Lo están sacando ahora.

– ¿Hay supervivientes?

– No.

– ¿Cuántos iban?

– No lo sé. En el atestado veré cuántos y quiénes eran. Luego aguardaré hasta que me digan que está en condiciones de prestar declaración, así tendrá tiempo de inventarse otro cuento. Le anticiparé que sabemos de dónde sacó la caravana. La policía de Nueva Jersey le hará una visita a su hermano en cuanto el fiscal les comunique que tenemos que acusarlo de complicidad, cosa que haremos.

Harry se ajustó los tubos de oxígeno de la nariz. ¿Se proponía el inspector provocarlo para presenciar en directo un infarto?

– ¿Qué es eso? -preguntó Harry al ver acercarse a una enfermera con una jeringuilla.

– Demerol -contestó ella-. Para que esté relajado durante la cateterización. Dentro de un minuto estarán preparados en el laboratorio.

– No quiero que me inyecten nada -dijo Harry-. Le prometo que estaré tranquilo.

– Muy bien, pero tendré que decírselo a la doctora Zane -le informó la enfermera.

– Este hombre está detenido, señorita -dijo el inspector-. Dondequiera que vaya ha de acompañarlo un inspector.

La enfermera no pareció tan impresionada por la autoridad de Dickinson como a él le hubiese gustado.

– ¿Dónde hay un teléfono, señorita? -preguntó Harry.

– Una sola llamada -le recordó Dickinson.

Harry tuvo que morderse la lengua para no despotricar contra el inspector y toda su familia. Luego llamó a su hermano a cobro revertido.

Phil acababa de enterarse del accidente y estaba a punto de salir hacia el hospital. Tal como Harry imaginó, le quitó importancia a la fortuna que iba a perder por el siniestro total de la caravana.

– Mira, de todas maneras, ése iba a ser mi regalo para tu cumpleaños, Harry. Sólo faltaba empaquetarlo.

Pese a su desenfado, era obvio que a Phil lo preocupaba el estado de su hermano.

– Claro, tanto insistir con lo de la «maldición», al final vas a conseguir ponerte enfermo de verdad -lo reprendió Phil.

– Puede que tengas razón.

Phil le prometió averiguar lo que pudiera acerca de Maura y pasarlo a ver al cabo de dos horas.

Momentos después, un enfermero muy cargado de espaldas, gruesas gafas de concha y bigote entrecano se acercó con una camilla. Cambió las bolsas del gotero al soporte de la camilla y luego asió el borde de la sábana por debajo de la cabeza de Harry. Dos enfermeras, situadas a ambos lados de la cama, estiraron a su vez la sábana a la altura de la cadera.

– Eh, no se quede ahí como un pasmarote -le espetó una de las enfermeras a Dickinson-. Coja la sábana… ahí, a los pies de la cama y ayúdenos a levantarlo.

Dickinson lo hizo, aunque de mala gana.

– Muy bien -dijo la otra enfermera-. Una, dos y tres…

Entre los cuatro levantaron a Harry y lo colocaron en la camilla. Harry sintió un pequeño dolor en el brazo y otro, real o imaginario, en el pecho.

– ¿Cuánto van a tardar? -preguntó el inspector.

– De una a dos horas -contestó una de las enfermeras, a la vez que posaba un monitor/desfibrilador cardíaco portátil entre los pies de Corbett-. Depende de lo que le encuentren, y de lo que le hagan. Puede acabar en el quirófano para hacerle un bypass.

Las enfermeras conectaron un pequeño balón de oxígeno a la intubación nasal de Harry y lo arroparon con una sábana. Dickinson salió entonces de la estancia detrás de una de las enfermeras, que ayudaba a empujar la camilla.

– Tómese un descanso -le dijo el inspector al agente de uniforme-. Bajo con él. Dentro de media hora llamo y le cuento cómo va.

Flanqueado por una enfermera y por Dickinson, condujeron a Harry en la camilla hasta el ascensor. El monitor que le habían colocado entre los pies reflejaba los latidos de su corazón. Tener que afrontar una operación (él, que siempre había estado del… otro lado) le resultaba extraño e irreal y, sin embargo, lo hacía sentirse tan mortal como cualquiera. No obstante, a decir verdad, se sentía así desde la noche que regresó a la planta 9 del edificio Alexander con el batido para Evie.

Un enfermero del laboratorio de cateterización ayudó a introducir la camilla en el ascensor, que tenía también puerta por el otro lado. Luego entraron Dickinson y la enfermera. Harry oyó que se cerraba la puerta y que introducían una llave en el panel de control para poder bajar hasta el laboratorio sin detenerse.

– Eh, ¿qué hace usted? -exclamó la enfermera-. El laboratorio de cateterización está en la octava y no en el subsótano.

Apenas hubo acabado de decirlo, la enfermera se quedó lívida. Dickinson miró atónito al enfermero y trató de sacar el revólver. Harry oyó el ruido sordo de un disparo hecho con silenciador, y vio que la enfermera giraba sobre sí misma y se desplomaba. Dickinson había llegado a sacar el revólver, pero lo bajó en un claro gesto de rendición.

El revólver con silenciador volvió a disparar y, al instante, se vio un agujero en la pechera izquierda de la camisa del inspector, que se miró horrorizado la herida. Un rodal escarlata se formó de inmediato alrededor del agujero.

Dickinson miró a Harry tan atónito como abatido. Luego puso los ojos en blanco y, sin llegar a decir una palabra, cayó redondo al suelo.

Harry estaba demasiado estupefacto y horrorizado como para hablar. El monitor indicaba que tenía 170 pulsaciones por minuto. De un momento a otro le estallaría el corazón.

– Ya le advertí que debía matarme cuando tuvo la oportunidad -dijo Antón Perchek en tono glacial-. Ahora, deberá prepararse para su gran escapada.

El ascensor se detuvo en el subsótano, pero Perchek mantuvo las puertas cerradas.

– No lo conseguirá -dijo Harry.

– Hasta ahora lo he conseguido, ¿no? -replicó Perchek en tono arrogante-. No he tenido más que pasar a recoger unas cosillas a mi apartamento de Manhattan. He llegado aquí para hacer los preparativos sólo horas después de que llegase usted. No han podido elegir mejor hospital para mis propósitos ya que dispongo de varias placas de identificación excelentes. Además, como he hecho muchos trabajos aquí para la Tabla Redonda, conozco muy bien el edificio.

– Está usted loco.

– Bueno, doctor, ahora habremos de salir. Tengo un cesto de la lavandería justo al lado de la puerta, pero como es sábado, en la lavandería no hay casi nadie. Le inyectaré un poco de Pentotal y podremos salir tranquilamente.

– ¿Y por qué no me mata? -preguntó Harry.

Perchek se situó a los pies de la camilla para que Harry pudiera ver su expresión de desprecio… y de júbilo.

– Oh, Harry, es que la idea no es matarlo; la idea es hacer que me suplique que lo mate -contestó.

Harry miró en derredor, en busca de algo, de cualquier cosa que pudiera utilizar como arma. No iba a dejar que lo secuestrase y torturase. Aquello iba a terminar allí para los dos, como fuera. Miró el botón de apertura de la puerta, que quedaba justo al lado de su pie derecho.

La puerta de la lavandería estaba cerca del ascensor, igual que la del cuarto de las herramientas y el del transformador. Si lograba salir del ascensor podía tener alguna oportunidad. Como mínimo, Perchek habría de optar entre perseguirlo o huir.

Como no le apretaba mucho el vendaje, tenía bastante movilidad en el brazo. Cubierta por la sábana, deslizó la mano por su cuerpo. Aunque le dolía mucho el hombro al moverlo, eso era lo de menos en aquellos momentos. Asió entre los dedos lo único que se le ocurrió que podía utilizar como arma: la aguja del gotero. La extrajo de la vena y la ocultó en la mano izquierda.

Perchek abrió la puerta del ascensor por la que habían entrado.

– Ahí está el cesto de la ropa, justo donde lo he dejado -dijo Perchek, que empujó la camilla hacia fuera-. Ahora, sólo un poco de Pentotal y…

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