Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
«¡Que esté ahí, Dios mío!», exclamó Harry para sí.
– ¡Ya la tengo! -exclamó Maura, que corrió hacia la puerta del lado del acompañante, la abrió y pasó hasta el lado del volante.
Harry ayudó a subir a Perchek.
– Muy bien, Perchek. Échese en esa litera de…
A Harry no le dio tiempo a terminar la frase ya que alguien había disparado desde lo alto del muro, junto a la verja. La bala perforó la chapa del vehículo, a sólo milímetros de la cabeza de Harry. Antes de que pudiera reaccionar, un segundo disparo lo alcanzó en el brazo.
Corbett dejó escapar un grito y trastabilló hacia atrás. Al llevarse la mano derecha a la herida se le cayó la pistola. Perchek, con las manos atadas a la espalda, saltó como una exhalación y corrió hacia la verja.
Otro disparo dio en la carrocería de la caravana. Maura corrió tras Perchek, que se escabulló por la portezuela de la verja. Luego, disparó tres veces hacia el muro, pero la sombra que asomaba hasta hacía unos instantes ya había desaparecido.
– No es nada -dijo Harry-. Sube a la cabina y arranca. No es una herida grave.
Harry subió tras ella a la cabina y cerró la puerta. Maura arrancó de inmediato y Harry se rasgó la manga del jersey. La bala había perforado el deltoides, un músculo que afectaba al brazo y a la región de la clavícula y del omóplato. Aunque la herida le sangraba, era sangre venosa y no arterial. Podía mover los dedos y el codo, pero el brazo le dolía mucho (tanto como para temer que la herida le hubiese interesado también el húmero). Se vendó la herida con la manga y la anudó con los dientes tan fuertemente como pudo resistir.
Al acelerar Maura y pasar frente a la enorme verja, se encendieron los faros del 4x4 aparcado junto a la caseta.
Harry se maldijo por no haber disparado a los neumáticos del vehículo cuando pasaron junto a él
– Nos persiguen -dijo Harry.
– ¿Hacia dónde voy?
– El río queda a la derecha. Sigue hasta que encuentres un camino, a la izquierda, por el que puedas pasar holgadamente.
– Es que este trasto es enorme, Harry…
– Aumenta la velocidad mientras notes que lo dominas y luego… pisa a fondo -le indicó Harry, que cogió el teléfono y marcó el número de la policía-. ¡Soy el doctor Harry Corbett! Estoy en busca y captura. Vamos en una caravana por la costa de Nueva Jersey, frente a Manhattan. Nos persiguen unos individuos que quieren matarnos. Estamos…
La ventanilla del lado del volante estalló de pronto y cubrió a Maura de añicos de cristal. Instintivamente, ella agachó la cabeza, pero la levantó en seguida y aceleró hasta llegar a los 65 km/h.
– ¿Estás bien? -le preguntó Harry.
– Tengo cortes en la cara y en el brazo pero estoy bien.
Los neumáticos rechinaron al girar ella el volante hacia la izquierda. El vehículo patinó en el mojado asfalto y, de inmediato, notaron que chocaban con algo y oyeron un metálico estrépito.
El bandazo hizo que se abriesen las puertas de los armarios de la caravana. El fax salió despedido de su soporte y fue a estamparse contra una alacena. Las cacerolas, las sartenes y varias latas de conservas cayeron y rodaron hasta la preciosa mesa de comedor, de madera de teca.
– ¿Quieres hacer el favor de ponerte el cinturón de seguridad? -gritó Harry.
– ¡No ves que no puedo soltar el volante!
Harry soltó el teléfono, cogió el revólver de Maura y fue hacia una de las ventanas laterales de la caravana.
– ¡No los veo! -le gritó a Maura, a la que entreveía en la cabina-. ¡A lo mejor los has embestido… y los has metido en la cuneta!
Nada más decirlo, estalló la ventana trasera de la caravana. Harry hizo tres disparos en aquella dirección, a la vez que Maura giraba bruscamente hacia la derecha. Harry perdió el equilibrio y gritó al golpearse el brazo herido con el canto de un mueble.
La colisión con el 4x4 fue en esta ocasión más ostensible y estrepitosa. El todoterreno era más rápido, pero nada tenía que hacer en un «cuerpo a cuerpo» con una Luxor.
– ¿Harry?
– Estoy bien. ¡Me parece que son tres! Perchek va en la parte de detrás. ¡Estoy seguro de que es él!
Con el rugido de ambos motores y el fuerte viento que soplaba, apenas se oían. Iban lanzados cuesta abajo.
– ¡Me voy a salir de la carretera, Harry!
– ¡Intenta meterte por alguna bocacalle, a la izquierda!
– ¡Es que voy a más de noventa! ¡Tendría que reducir a menos de veinte! Espero que no me encuentre con una curva demasiado pronunciada…, o volcaremos.
– ¡Aguanta! ¡Lo estás haciendo fenomenal!
El todoterreno se situó entonces a la altura de la caravana. Varios disparos perforaron el parabrisas por el lado de Maura. Harry apretó el gatillo del revólver, pero sólo oyó un exasperante clic. Sus perseguidores no les daban tregua.
– ¡Cuidado, Maura! -gritó Harry.
Un nuevo disparo dejó el parabrisas como una cristalizada tela de araña. Maura giró a la izquierda.
Sólo la presión del todoterreno evitaba que se saliesen de la carretera.
Harry palpó el asiento del acompañante para ponerse el cinturón de seguridad, pero al ver que ella no lo llevaba, desistió. O los dos, o ninguno.
– ¡Nos han adelantado! ¡Tratan de cortarnos el paso, Harry! -gritó Maura-. ¡Apenas veo a través del parabrisas! ¡Ten cuidado, Harry! ¡Están ahí delante!
El todoterreno había embestido el radiador de la caravana, bajo el enorme parabrisas. La caravana lo llevaba literalmente a rastras, surcando un bosque de arbustos y matorral a más de 80 km/h. Los troncos estallaban como petardos al paso de la caravana.
Las ramas de los árboles de mayor tamaño flagelaban la carrocería del enorme vehículo, y algunas se metían por las ventanillas.
Maura perdía una y otra vez el control de la dirección, pero una y otra vez lograba enderezar el vehículo.
La franja de arbustos limitaba con una de césped, de unos diez metros de anchura. A lo lejos, se veían las luces de Manhattan, en la otra orilla del Hudson.
– ¡Harry! ¡Harry! -gritó Maura-. ¡Nos despeñamos!
El todoterreno y la caravana rebasaron juntos el borde del precipicio. Harry se sujetó al asiento y estiró las piernas. A través del parabrisas vio, horrorizado, que el todoterreno caía como un meteorito y se estrellaba en el lecho del río.
La caravana se balanceó unos instantes en el borde del acantilado y luego cayó aparatosamente. Al chocar con el agua, el parabrisas reventó hacia dentro y el enorme doble airbag se hinchó. La cabina se llenó de agua helada.
Harry se venció hacia el salpicadero en el mismo instante en que su airbag lo empujaba hacia el respaldo del asiento. El dolor del pecho, que en ningún momento había remitido, lo sintió entonces con terrible intensidad.
– ¡Maura! -gritó Harry.
La caravana se inundó y, en pocos segundos, la fuerza de la corriente la volcó y la hundió.
La presión del airbag, y el dolor del pecho y del brazo dificultaban los movimientos de Harry, que porfiaba por pasar al asiento contiguo y ayudar a Maura. La corriente lo aplastaba contra el respaldo. Se quitó los zapatos de lona y trató de serenarse y de orientarse.
La oscuridad era total. ¿Dónde estaban las ventanas? ¿Por debajo o por encima de él? ¿Seguían hundiéndose?
Sin apenas aire en los pulmones, pataleó para impulsarse… hacia donde fuera y salir de la caravana. Pero no había manera. Le entraba agua por la nariz y por la boca. En cuestión de segundos le estallarían los pulmones. Y sintió pánico; pánico a morir ahogado.
Sus movimientos eran cada vez más débiles y más inútiles. El dolor del pecho era insoportable. Tragaba agua.