Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
«Respira -le ordenaba su mente-. Tienes que respirar.»
La oscuridad se hizo absoluta.
Harry se rindió. Le pesaban los brazos. El terrible dolor que martirizaba su esternón remitió. Luego, en el momento mismo de perder el conocimiento, notó que una mano lo agarraba por la camisa.
Capítulo 42
Lo primero que notó Harry tras recobrar el conocimiento fue un olor inconfundible: una mezcla de desinfectantes, antisépticos, almidón de lavandería y medicamentos. Era para él un olor tan familiar como el suyo propio. Estaba en un hospital, postrado en una cama.
Imagen a imagen, la pesadilla se reproducía en su cabeza. Estaba muerto; tenía que estar muerto porque la enlodada agua del río había inundado sus pulmones.
¿Estaba en el cielo?
¡Qué va, hombre, qué va! Imposible.
Estaba muerto. Y la verdad era que no se estaba tan mal. Ahora abriría los ojos y vería las nubes a sus pies. James Masón guiaría a los nuevos reclutas hasta la celestial escalerilla, que los conduciría al siguiente nivel.
– ¿Doctor Corbett? Abra los ojos, doctor Corbett.
Era voz de mujer. Harry no contestó de inmediato, aunque notó que podía hacerlo. Le pasó revista a su cuerpo. Flexionó las piernas; luego el brazo izquierdo y después el derecho, que no le respondió. ¡El brazo había desaparecido! La bala había destrozado una arteria y se había quedado sin brazo. Entreabrió los ojos y se miró el pecho. Vaya… allí estaba el brazo, apoyado displicentemente en el pecho y vendado en cabestrillo. Tanto el brazo como la mano parecían funcionar como era debido.
– Maura… -musitó Harry-. Maura…
– ¿Quién es Maura? -le preguntó la mujer.
Harry abrió los ojos y ladeó la cabeza hacia la mujer. Era joven y atractiva; rubia, con el pelo corto. Lo miraba con ojos de persona inteligente. Llevaba bata blanca y una placa azul con su nombre: «Dra. Carole Zane. Cardiología».
– Maura Hughes es la mujer que iba conmigo -dijo Harry, ya con la mente muy despejada.
– Una mujer ha sobrevivido al accidente, pero no sé cómo se llama. Por lo que he oído, usted estaba bastante peor. Creo que la han ingresado en un hospital de Newark.
«Gracias a Dios está viva», pensó Harry.
– ¿Sabe usted algo más acerca del accidente? -preguntó él.
– Nada, salvo que iban ustedes en una caravana y se despeñaron desde diez metros de altura por un acantilado que da al Hudson.
– En una caravana… -musitó Harry con cara de perplejidad-. ¿Y ahora dónde estoy?
– En la unidad coronaria del hospital Universitario de Manhattan, y yo soy la doctora Zane, cardióloga. Lo trajeron aquí anoche en helicóptero. Por lo visto, éste es el hospital con cama libre en la unidad coronaria más cercano al accidente.
– ¿Qué día es hoy?
– Sábado.
– Día uno, ¿verdad?
– Primero de septiembre, sí.
Primero de septiembre. El último para el abuelo. El principio del fin para mi padre. Ahora me toca a mí…
– ¿He tenido un infarto?
– Quizá. No estamos seguros. Es usted médico, ¿verdad?
– Sí, de medicina general.
– Bien, entonces. Tiene una herida de bala en el brazo. Esta le ha rozado el húmero pero no se lo ha roto. Queríamos examinarle la herida más a fondo anoche, pero no pudimos porque su electro no es normaclass="underline" refleja irregularidades que apuntan a la posibilidad de futuros daños en las paredes arteriales. Como sus enzimas cardíacos son algo elevados, parece claro que ya se ha producido alguna lesión menor en el corazón.
– O sea, ¿que he tenido un infarto?
– No ha tenido. La gráfica del electro cambia continuamente. Sea lo que sea… aún lo tiene, lo que significa que estamos a tiempo de… reparar la avería.
– ¿Cómo?
– Con un bypass, por ejemplo.
Harry le resumió a la doctora sus antecedentes familiares. Le dijo que hacía meses que tenía síntomas de manera intermitente. La doctora Zane tomó nota de todo. Resultaba obvio que era una mujer inteligente, aunque lo que más le gustó a Harry fue su amabilidad, su solicitud y el tacto de que hacía gala para que el paciente no notase lo abrumada de trabajo que estaba.
– ¿Tiene dolor ahora? -le preguntó ella.
– Nunca tengo dolor cuando estoy en reposo; sólo cuando corro o hago algún ejercicio más o menos violento.
– Bien. Hemos renunciado a recurrir, por ejemplo, a disolventes de coágulos a causa de la herida de bala y a posibles lesiones internas que aún no hayamos detectado. Por tanto, le hemos puesto un gota a gota de nitroglicerina.
La doctora Zane señaló a las bolsas de plástico del gotero y al tubo que tenía inyectado en el brazo izquierdo. Una de las bolsas era de glucosa.
– No hay problema -dijo Harry, que no sabía cómo preguntar dónde estaba, exactamente, Maura y cómo se encontraba.
– Nos gustaría hacerle una cateterización cardíaca lo antes posible -le comunicó la doctora.
– Lo que ustedes consideren necesario.
Zane le pasó entonces un impreso para que firmase la autorización.
– La página dos incluye una serie de problemas potenciales que pueden surgir al aplicar esta técnica. Tengo la obligación de explicárselos uno a uno -le aclaró ella.
– No se moleste -dijo Harry tras firmar el impreso-. Ya he estado muerto una vez, y no se está tan mal. ¿Cree que podría hacer un par de llamadas telefónicas?
– Primero déjeme auscultarle el corazón y los pulmones, y luego… tiene visita.
Harry se dejó auscultar, aunque impaciente por saber quién era la visita. Luego, Carole Zane le prometió verlo en el laboratorio de cateterización cardíaca lo antes posible y se encaminó a la salida. Harry la siguió con la mirada. Entonces reparó en que frente a su cubículo de cristal de la unidad coronaria había un agente de policía de uniforme.
– ¿Doctora Zane?
– ¿Sí? -dijo ella dándose la vuelta.
– ¿Qué hace ahí ese agente?
– Pues… por lo visto, está usted… detenido -contestó ella con una amable sonrisa-. Lo veré abajo.
Harry pulsó el botón que accionaba electrónicamente el respaldo para incorporarse un poco más. Miró en derredor por si veía un teléfono. Si él estaba detenido, también Phil debía de tener problemas. No cabía duda de que la policía había descubierto que la caravana era suya.
– Una sola llamada, Corbett. Como si estuviera en la cárcel.
Albert Dickinson irrumpió en la estancia y se detuvo frente al cubículo, a los pies de su cama. Llevaba el traje de siempre y olía como si se acabase de fumar un paquete de cigarrillos de una vez. Verlo le produjo a Harry tanta repugnancia como enojo.
– ¿Ha detenido usted a alguien frente a la casa de Doug Atwater? -preguntó Harry.
– La policía de Nueva Jersey se ocupa del asunto.
– A lo mejor aguardan ustedes hasta que alguien le pegue fuego a la mansión… ¿Sabe algo de Maura?
– Aún no está con delírium trémens, si es a eso a lo que se refiere.
– Es usted un cabrón de mierda. Por lo visto ignora lo que significa ser amable.
– No lo soy nunca con los asesinos ni con los borrachos. Cierto. No lo soy.
– Se le va a quedar usted cara de tonto cuando se esclarezca la verdad. ¿Me dice cómo está Maura o qué?
– Está en el hospital Municipal de Newark. Herida, pero no de gravedad. Por lo visto, es ella quien lo ha salvado a usted: emergió a la superficie y, como no lo encontró, volvió a sumergirse. Dicen los médicos que usted estaba a punto de irse al fondo cuando ella lo sacó; en pleno infarto…
– Eso me han dicho. ¿Y el vehículo que se despeñó con nosotros?