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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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13

Kitiara

Cuando Tanis entró en la antecámara, el cambio fue tan brusco que al principio no pudo asimilarlo. Un momento antes se debatía para mantenerse en pie en medio de una muchedumbre enloquecida, y ahora se hallaba en una tranquila estancia similar a la que ocuparan Kitiara y sus tropas mientras esperaban su turno para acceder a la sala de audiencias.

Un breve examen del recinto le reveló que estaba solo. Aunque su instinto lo incitaba a abandonar el lugar y reanudar la febril búsqueda sin demora, se obligó a sí mismo a hacer una pausa, recobrar el resuello y limpiar la sangre que le impedía abrir el ojo. Intentó recordar la estructura de la parte anterior del Templo, tal como la había visto al visitarla por vez primera. Las antecámaras, que formaban un círculo en torno a la gran sala, se comunicaban con el vestíbulo mediante una serie de tortuosos pasadizos que sin duda en un tiempo remoto estaban distribuidos en un diseño lógico. Pero la distorsión sufrida por el edificio los había entrelazado en un laberinto sin sentido, haciéndolos terminar de manera abrupta cuando cabía esperar que continuaran, o extenderse hasta el infinito pese a no conducir a ninguna parte.

El suelo se balanceaba en un incómodo vaivén, el polvo se desprendía del techo en densas nubes. Un lienzo se descolgó del muro y cayó al suelo con estrépito, mas el semielfo no le prestó atención, absorto como estaba en rastrear la pista de Laurana. No sabía a dónde ir, pues aunque la había visto deslizarse en aquella penumbra ignoraba qué rumbo había seguido.

La muchacha había permanecido confinada en el Templo, en los subterráneos. Se preguntó si habría explorado su entorno durante los días de reclusión, si sabría cómo salir del palacio, y entonces se percató de que él mismo no tenía sino una vaga noción de su paradero. Viendo una antorcha encendida, se adueñó de ella y recorrió una vez más la estancia. Descubrió una puerta tras un inmenso tapiz, abierta sobre su oxidado gozne, y se apresuró a asomarse. Conducía a un pasillo mal iluminado.

El semielfo contuvo el aliento al hallar tan inequívoco indicio. Una ráfaga de aire, una brisa fresca impregnada de aromas primaverales y de la reconfortante paz de la noche, acarició su mejilla. Supuso que Laurana había sentido también su influjo y adivinado que penetraba en el Templo por un punto no muy lejano. Echó a correr pasillo abajo, desdeñando el dolor de cabeza y forzando a sus agotados músculos a responder a su voluntad.

De pronto apareció frente a él un grupo de draconianos, que sin duda merodeaban desorientados por las sucesivas salas. Tanis los detuvo con el aplomo que le confería el uniforme de oficial de su ejército.

—¡Donde está la mujer elfa! –exclamó—. No debe escapar. ¿La habéis visto?

Las muecas que adoptaron los interpelados dejó patente que no se habían tropezado con ella, ni tampoco le fue de gran ayuda la patrulla que se cruzó en su camino un poco más adelante, pero dos draconianos que iban de un lado a otro en busca de botín afirmaron haberla visto. Señalaron en la dirección que ya había emprendido el semielfo, y esta circunstancia le levantó el ánimo.

La batalla de la sala de audiencias había concluido. Los Señores de los Dragones que lograron sobrevivir huyeron sin contratiempos y se apostaron, junto a sus respectivas tropas, en el exterior del recinto del Templo. Unos luchaban, otros se batían en retirada y todos ansiaban catapultarse de algún modo en la cresta de la ola. Dos preguntas fluctuaban en las mentes de los dignatarios: ¿Se quedarían los dragones en el mundo o se desvanecerían en pos de su soberana, como hicieran después de la segunda guerra? Y, si permanecían en Krynn, ¿quién les gobernaría?

También Tanis reflexionaba sobre estos enigmas mientras recorría los pasadizos, en ocasiones tomando ramales equivocados y profiriendo reniegos al enfrentarse en una sólida tapia que le obligaba a desandar lo andado hasta sentir de nuevo la brisa en su rostro.

Pasado un rato, sin embargo, se sintió demasiado cansado para pensar en nada. La tensión y el dolor reclamaban sus derechos, sus piernas se tornaron plomizas y cada nueva zancada suponía un esfuerzo casi invencible. Le palpitaba la cabeza con un imperioso latido y el corte sufrido sobre el ojo comenzó a sangrar, al ritmo que le infligían los temblores del suelo. Las estatuas se precipitaban de sus peanas, las piedras caían sin cesar del techo en una tormenta de escombros y polvareda.

Le abandonaban las esperanzas. Pese a estar convencido de seguir la única ruta posible, los pocos draconianos con que se topó aseguraron no haber visto a Laurana. ¿Qué había ocurrido? ¿Acaso estaba...? No quería ni siquiera planteárselo. Continuó su avance, consciente tanto de las tonificantes ráfagas como del humo que lo envolvía.

Las antorchas, al caer de sus pedestales, provocaban incendios. El Templo entero empezaba a arder. De súbito, cuando Tanis estudiaba un angosto corredor encaramado a un montón de rocas fragmentadas, oyó un ruido. Se detuvo y aguzó sus sentidos. Resonó de nuevo el extraño eco, a escasa distancia, y el semielfo se llevó la mano a la espada en un gesto instintivo mientras trataba de penetrar con los ojos el humo y el polvo. Los últimos soldados que había encontrado estaban ebrios y ansiosos de sangre hasta tal punto que uno de ellos, un oficial humano, se lanzó en su persecución y le habría matado de no haberle recordado el otro soldado, que iba con él, que había visto a Tanis en compañía de la Dama Oscura. La próxima vez quizá no le sonreiría la suerte.

Se desplegó ante el semielfo un pasillo en ruinas, con una amplia parte del techo totalmente derrumbada. Reinaba una intensa oscuridad, tan sólo mitigada por su antorcha, y su mente batalló entre la necesidad de luz y el temor a ser visto a causa de la tea. Al fin decidió arriesgarse a dejarla encendida, nunca encontraría a Laurana si deambulaba por aquel laberinto en la penumbra. Además, su disfraz lo protegía.

—¿Quién va? —inquirió apremiante, extendiendo el brazo de la antorcha en un alarde de coraje.

Distinguió una bruñida armadura y una figura que corría, pero no hacia él sino en dirección opuesta.

«Resulta extraño que un draconiano se dé así a la fuga», pensó.

Pero, casi inmediatamente, pudo ver algo más: El misterioso personaje tenía el cuerpo contorneado como el de una mujer, y se alejaba a gran velocidad.

—¡Laurana! —gritó al reconocerla—. ¡Quisalas!

Maldiciendo las quebradas columnas y los bloques de mármol que obstruían su avance, Tanis bajó a trompicones el montículo y se lanzó en pos de la muchacha. Aunque su dolorido cuerpo apenas obedecía a su mandato y cayó de bruces un par de veces, logró darle alcance. Al agarrarla por el brazo y obligarla a detenerse, el forcejeo de la elfa lo desequilibró. Se estrelló contra el muro, pero no la soltó.

Cada inhalación de aire era una auténtica tortura, se sentía tan mareado que creyó que iba a desmayarse. Sin embargo, persistió en sujetar a Laurana, inmovilizándola tanto mediante los ojos como con la mano.

Comprendió ahora por qué había pasado desapercibida a los draconianos; se había desprendido de la armadura de plata para substituirla por la de una guerrero muerto que debía haber hallado en su carrera. Al principio Laurana sólo atinó a mirar a Tanis. No lo había reconocido, y casi lo ensartó en su espada. Le impidió atacarle la palabra elfa que él pronunciase: quisalas —querida—, y también la angustia y el sufrimiento que se reflejaban en su semblante.

—Laurana —susurró el semielfo con una voz entrecortada como la que en otro tiempo asumiera Raistlin—, no me abandones. Aguarda hasta que me hayas escuchado, te lo suplico.

La joven Princesa retorció el brazo y se liberó de él, pero no le dejó. Cuando se disponía a hablar la silenció un nuevo temblor del edificio y Tanis, viendo que se derramaba sobre ellos una lluvia de fragmentadas rocas, contribuyó a su mutismo al atraerla hacia sí para protegerla. Se abrazaron el uno al otro, llenos de pánico, hasta que volvió a la calma. Estaban ahora sumidos en la penumbra, pues el semielfo había dejado caer la antorcha.

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