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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Un estruendo, diferente de los anteriores y más ominoso si cabe, puso fin a la batalla, y durante un tenso instante todos los allí reunidos permanecieron con la vista alzada hacia la insondable oscuridad. Se elevó un murmullo de sobrecogimiento provocado por Takhisis, soberana de las tinieblas, que se hallaba suspendida sobre la sala en la forma adoptada en aquel plano de existencia. Su cuerpo gigantesco se agitaba en mil tonalidades, tan numerosas, tan deslumbrantes, tan confusas que los sentidos no podían asumir su temible riqueza y enturbiaban en las mentes la majestad que brotaba de aquel ser de todos los Colores y Ninguno. Las cinco cabezas abrieron sus inmensas bocas, ardía el fuego de la ira en la multitud de ojos como si cada víscera de la criatura pretendiera devorar al mundo.

«Todo se ha perdido. Ha llegado el momento de su victoria definitiva, hemos fracasado», pensó Tanis.

Las cinco testas se irguieron triunfantes, y el abovedado techo se partió en dos.

El Templo de Istar comenzó a retorcerse, a reformarse, a reconstruirse para de nuevo ostentar la estructura original que la malignidad había pervertido. Tanis comprendió que se había equivocado al presentir la catástrofe cuando la negrura que inundaba la estancia fue rasgada por los argénteos rayos de Solinari, la luna que los enanos apodaban la Vela de la Noche.

12

Una deuda saldada.

—Y ahora, hermano, debemos despedirnos.

Raistlin extrajo un pequeño globo de cristal de los pliegues de su negra túnica: el Orbe de los Dragones.

Caramon sintió que le abandonaban las fuerzas y, al posar la mano sobre el vendaje, lo halló manchado de sangre. Estaba mareado, la luz del bastón del hechicero oscilaba ante sus ojos al mismo tiempo que oía en lontananza, como en un sueño, la agitación de los draconianos. Al parecer los soldados habían logrado liberarse de su miedo y se disponían a atacarle. El suelo temblaba bajo los pies del guerrero, o quizá eran sus piernas las que flaqueaban.

—Mátame, Raistlin —rogó a su gemelo con voz anodina, vaciado su rostro de expresión.

Raistlin se inmovilizó y entrecerró sus dorados ojos.

—No permitas que muera en sus manos —insistió Caramon despacio, en la actitud de quien pide un sencillo favor—. Acaba conmigo en este instante, me lo debes.

—¡Te lo debo! —vociferó el mago, lanzando por sus pupilas fulgurantes destellos y tratando de contener su sibilino aliento—. ¡Te lo debo! —repitió, pálida su tez bajo el fulgor de su vara. Furioso, giró el cuerpo y extendió su mano hacia los draconianos. Brotó el relámpago de sus yemas y laceró el pecho de las criaturas que, entre alaridos de dolor de asombro, se desplomaron en el torrente. Las aguas se tiñeron de verde cuando las crías de reptil se lanzaron sobre sus víctimas para devorarlas.

Caramon contemplaba la escena impertérrito, demasiado débil y agotado para reaccionar. Oyó el confuso estrépito de las espadas entremezclado con gritos desgarrados y cayó hacia adelante, sin apenas tomar conciencia de su deliquio. Las espumeantes aguas se cerraron sobre él...

De pronto se encontró en terreno sólido. Pestañeando, alzó la vista y descubrió que estaba sentado en la roca junto a su hermano. Raistlin se arrodilló sin soltar su Bastón de Mago.

—¡Raist! —susurró el hombretón con los ojos bañados en lágrimas. Estirando una mano insegura, palpó el brazo de su gemelo y agradeció el aterciopelado contacto de la oscura túnica.

El hechicero se desprendió de él con frío ademán antes de decir, con una voz gélida como el tenebroso cauce que fluía a su lado:

—Escúchame bien, Caramon. Salvaré tu vida por esta vez, y nuestra deuda quedará saldada.

—Raist —repuso el guerrero tragando saliva—, no pretendía...

—¿Puedes incorporarte? —le interrogó el interpelado, dispuesto a ignorar sus disculpas.

—Creo que sí —contestó vacilante Caramon. ¿Sabes cómo utilizar ese objeto —señaló el Orbe de los Dragones para que nos saque de aquí?

—Sabría hacerlo, hermano, pero no creo que te gustara el viaje. Además, no puedes olvidar a los compañeros que se han aventurado contigo en el Templo.

—¡Tika, Tas! —exclamó el guerrero sin resuello mientras se sujetaba a la húmeda roca en un intento de enderezarse—. ¡Y Tanis! ¿Qué ha sido...?

—Tanis sigue su camino —le interrumpió Raistlin he pagado con creces la deuda que con él contraje. Pero quizá aún pueda liquidar también mi cuenta pendiente con los Otros.

Resonaron gritos y voces en el extremo del túnel a la vez que un oscuro batallón irrumpía en el torrente subterráneo, obediente a los últimas órdenes de la Reina Oscura.

Aún débil, Caramon cerró sus dedos en torno a la empuñadura de la espada. Pero le detuvo la fría y nudosa mano de su gemelo.

—No, Caramon —le advirtió el hechicero separados sus labios en una sonrisa. No te necesito, nunca más precisaré tu ayuda. ¡Observa!

La penumbra de la caverna se iluminó con un brillo, que sólo el sol puede derramar merced al desmesurado poder de la magia de Raistlin. El guerrero, empuñando todavía su espada, no acertó sino a permanecer al lado de su hermano y contemplar sobrecogido cómo un enemigo tras otro sucumbía a sus encantamientos. Surgían relámpagos de las yemas de sus dedos, nacían llamas en sus palmas, aparecieron fantasmas tan aterradoramente reales para quienes les veían, que podían matar por el miedo que producían.

Los goblins se desplomaron entre gemidos agónicos, traspasados por las lanzas de una legión de caballeros que invadieron la cueva con sus cánticos. Los espectros atacaban bajo el mandato de Raistlin para desvanecerse al instante, sometidos a la voluntad de su adalid. Los pequeños dragones huyeron despavoridos en pos de los recovecos secretos donde se criaban, los draconianos se convulsionaban en extraños incendios y los clérigos oscuros, que se precipitaban por la escalera ansiosos de cumplir el postrer deseo de su soberana, quedaron ensartados en refulgentes lanzas y mudaron sus plegarias en diabólicas amenazas.

Al fin llegaron los magos de Túnica Negra, los más antiguos de la Orden, para destruir a su joven subordinado. No tardaron en descubrir con desmayo que, pese a su insondable vejez, Raistlin era más anciano que ellos por alguna razón que escapaba a su entendimiento. Su poder era sobrenatural, y supieron enseguida que nunca lograrían derrotarle. Resonaron en el aire las notas de una extraña melodía y, uno tras otro, desaparecieron con la misma celeridad con la que se habían presentado, muchos de ellos inclinándose frente a Raistlin en actitud respetuosa antes de partir a lomos de las incorpóreas alas de sus encantamientos.

Se hizo el silencio, roto tan sólo por el murmullo de las cansinas aguas. El Bastón de Mago irradió su luz cristalina y una sucesión de temblores agitó el Templo, tan poderosos que Caramon levantó la vista alarmado. Aunque la batalla sólo había durado unos minutos, asaltó la febril mente del guerrero la sensación de que su hermano y él acababan de consumir toda su existencia en tan espantoso recinto.

En cuanto el último mago se hubo fundido en la negrura, Raistlin se volvió hacia su gemelo.

—¿Has visto, Caramon? —preguntó con una voz desprovista de emociones.

El hombretón asintió con los ojos desorbitados.

La tierra se agitó en un violento temblor y el caudal del torrente se embraveció hasta desbordarse sobre las rocas. En el fondo de la caverna la columna enjoyada comenzó a bambolearse partiéndose en dos, mientras llovía sobre el rostro de Caramon un polvillo procedente del ahora agrietado techo.

—¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre? —indagó el guerrero asustado.

—Significa que ha llegado el fin —afirmó Raistlin. Arropándose en su negra túnica, clavó en Caramon una mirada de irritación—. Debemos abandonar este lugar. ¿Tienes fuerzas suficientes para intentarlo?

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