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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Oyeron en el exterior los gritos ensordecedores de los soldados y esclavos de Neraka, hermanados en su denodado afán por huir del moribundo Templo. Atronaban el cielo los bramidos de los dragones, mientras los dignatarios luchaban entre ellos para ganarse un puesto preferente en el nuevo mundo que estaba naciendo.

Raistlin esbozó una sonrisa, pero interrumpió sus cavilaciones una mano que agarraba su brazo.

—¿Puedes ayudarle? —inquirió Caramon.

—Su estado es crítico —respondió el mago con frialdad tras examinar una vez más al agonizante—. Si le rescato tendré que prescindir de una parte de mi energía, hermano, y todavía no ha concluido esta aventura.

—¿Puedes salvarle o no? ¿Posees la fuerza necesaria?

—Por supuesto —se limitó a contestar Raistlin, encogiéndose de hombros.

Tika, ajena a la conversación, se sentó con las manos apoyadas en su dolorida testa.

—¡Caramon! —exclamó, pero decayó su ánimo al descubrir a Tas—. ¡Oh, no —se lamentó. Desdeñando su propio sufrimiento, la muchacha posó una mano ensangrentada en la frente del kender. Tas abrió los ojos al sentir su contacto y, sin reconocerla, lanzó un grito de agonía.

Se confundieron con su alarido las pisadas que resonaban en el pasillo, producidas por los espantados draconianos. Sin prestarles atención Raistlin miró a su hermano, y vio cómo sostenía a Tas con aquellas manazas capaces de transmitir tanta ternura.

«Así me abrazaba a mí», pensó. Desvió la vista hacia Tas, que yacía en el acogedor regazo, y al hacerlo le invadieron los recuerdos de tiempos mejores. Las correrías con Flint habían terminado con la muerte del enano. También Sturm había perecido, así como los tibios días de sol, los brotes verdeantes que poblaban en primavera los vallenwoods de Solace. Atrás quedaron las veladas en «El Ultimo Hogar», ahora en ruinas, desmoronado junto a los socarrados árboles.

—Voy a pagar mi última deuda —dijo en voz alta. Ignorando la expresión de agradecimiento que iluminaba los rasgos de Caramon, le ordenó—: Déjale en el suelo. Debes embaucar a los draconianos mientras yo me concentro en formular mi hechizo. No permitas que me interrumpan.

El guerrero depositó suavemente el cuerpo de Tas delante de Raistlin. La mirada del kender se perdía en el olvido, su cuerpo se tornaba rígido a pesar de las convulsiones, su respiración se hacía dificultosa.

—Recuerda, hermano —insistió el mago a la vez que introducía la mano en uno de los numerosos bolsillos secretos de su túnica—, que vistes la armadura de un oficial de su ejército. Actúa con sutileza.

—De acuerdo. —Caramon dirigió a Tasslehoff una postrera mirada y tragó saliva—. Tika –añadió—, no te muevas. Finge estar inconsciente.

Tika asintió y volvió a tenderse, cerrando obediente los ojos sin proferir el menor comentario sobre la imprevista aparición del mago. Raistlin oyó como Caramon se alejaba en ruidosas zancadas por el corredor, oyó su voz estentórea y al instante se olvidó de él, de los draconianos y de todo cuanto le rodeaba a fin de concentrarse en el encantamiento que debía invocar.

Tras extraer una perla blanca de los pliegues de su atavío, la sostuvo en una mano mientras sacaba a la luz con la otra una hoja de tintes grisáceos. Abrió entonces las apretadas mandíbulas del kender, apresurándose a colocar el reseco vegetal debajo de su hinchada lengua. El mago escudriñó unos segundos la perla y procedió a rememorar los complejos versos del hechizo que recitó para sus adentros hasta asegurarse de que los repetía en el orden correcto y aplicaba la entonación adecuada a cada uno de ellos. Tendría una oportunidad, tan sólo una. Si fracasaba corría el riesgo de morir junto con Tas.

Aproximando la perla a su pecho, sobre el corazón, Raistlin cerró los ojos y comenzó a pronunciar las frases del hechizo. Las entonó seis veces, sin dejar de introducir los cambios de inflexión que requería la fórmula, y sintió en un éxtasis rebosante que la magia invadía su cuerpo para absorber una parte de su fuerza vital y capturarla en el interior de la luminosa joya.

Concluida la primera fase del encantamiento, Raistlin suspendió la perla encima del corazón del kender. Cerró los ojos de nuevo y recitó el complejo cántico, esta vez al revés. Mientras murmuraba tan ininteligibles palabras estrujaba en su mano la pequeña esfera hasta convertirla en un fino polvo, que vertió sobre el rígido cuerpo del moribundo. Al fin enmudeció. Agotado, levantó los párpados y comprobó triunfante que los surcos del dolor se diluían en las facciones del kender, devolviéndoles la paz.

Con la vitalidad que le caracterizaba, Tas clavó en el mago una atónita mirada.

—¡Raistlin! No acabo de entender... ¡Puah! —Había escupido la hoja—. ¿Cómo ha entrado este repugnante objeto en mi boca? ¿Qué es en realidad? —El kender se sentó algo mareado, y al hacerlo vio sus saquillos—. ¿Quién ha desordenado así mis herramientas de trabajo? —Observó al mago en actitud acusadora, pero al fijarse en él abrió los ojos de par en par—. Raistlin, llevas la Túnica Negra. ¡Es fantástico! ¿Puedo tocarla? De acuerdo, no me mires con ojos iracundos, sólo te lo he pedido porque me atrae su suavidad. ¿Significa esta vestimenta que eres una criatura perversa? Haz algo terrible para que me convenza. ¡Ya sé! En una ocasión presencié cómo un hechicero invocaba a un diablo. ¿Por qué no llamas a uno, aunque sea de ínfima categoría?Así lo devolverías sin dificultad a los abismos. ¿No? —Suspiró desencantado—. Bien, tendré que conformarme. Oye, Caramon, ¿qué haces con esos draconianos? ¿Qué le ha ocurrido a Tika? ¡Oh, Caramon, no...!

—¡Cállate! —rugió el guerrero quien, tras amonestarle de forma tan abrupta, lo señaló a él y a la muchacha mientras explicaba a los soldados—: El mago y yo conducíamos a estos prisioneros a presencia de nuestro Señor del Dragón cuando intentaron atacarnos. Son esclavos valiosos, sobre todo la mujer, y además el kender posee una singular destreza como ladrón. No queremos que escapen, nos pagarán un alto precio por ellos en el mercado de Sanction. Ahora que ha muerto la Reina de la Oscuridad cada uno debe cuidar de sí mismo, ¿no os parece?

Caramon hundió el puño en las costillas de uno de los draconianos en un gesto de complicidad, al que éste respondió con una pícara mueca. Sus negros ojos reptilianos escudriñaron lascivos a Tika.

—¡Ladrón yo! —protestó Tas indignado, resonando su aguda voz en el pasillo—. Soy tan honrado... —engulló sus palabras al recibir en el costado el pellizco de la supuesta mente moribunda muchacha.

—Ayudaré a la humana —propuso Caramon antes de que actuase el draconiano—. Tú ocúpate de vigilar a este bribón y tú —se dirigía a un tercero— atiende al mago. El hechizo que ha tenido que emplear lo ha debilitado.

Haciendo una respetuosa reverencia a Raistlin, uno de los soldados se apresuró a ofrecerle el brazo.

—Vosotros dos —Caramon hallaba cierto placer en impartir órdenes a « sus » tropas—caminaréis delante y os aseguraréis de que no hallamos ningún tropiezo al atravesar la ciudad. Quizá podáis acompañarnos a Sanction —añadió, y se concentró en levantar a Tika. Ella meneó la cabeza y fingió recobrar el conocimiento.

Los draconianos intercambiaron sonrisas de complacencia. Uno de ellos agarró a Tas por el cuello de la camisa y lo empujó hacia la puerta.

—¡Mis posesiones! —se lamentó el kender, volviendo la vista atrás.

—¡Muévete! —le apremió Caramon.

—Está bien —obedeció él, aunque no lograba apartar la mirada de los preciosos objetos que yacían diseminados sobre el suelo manchado de sangre—. De todos modos no han acabado aquí mis aventuras y, como mi madre solía decir, unos bolsillos vacíos son las arcas idóneas para recoger nuevos tesoros.

Mientras caminaba dando traspiés detrás de los fornidos draconianos, Tasslehoff alzó el rostro hacia el estrellado cielo y exclamó: «Lo siento, Flint, tendrás que esperar un poco más.»

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