Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]
La radio de Darwin [Darwin's Radio - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]

Электронная книга - «La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]». Краткое содержание книги:

La Radio de Darwin es una intrigante especulación a partir de los actuales conocimientos biológicos y antropológicos, además de un ingenioso y bien tramado thriller que cuestiona casi todas nuestras creencias sobre los origenes del ser humano y su posible destino.
Tres hechos, que al principio parecen no estar relacionados, acabarán convergiendo para sugerir una novedad devastadora y sacudir los cimientos de la ciencia: la conspiración para ocultar los cadáveres de dos mujeres y sus hijos en Rusia, el descubrimiento inesperado en los Alpes de los cuerpos congelados de una familia prehistórica, y una misteriosa enfermedad que sólo afecta a mujeres gestantes e interrumpe sus embarazos.
Kaye Lang, una biológa molecular especialista en retrovirus, y Christopher Dicken, epidemiólogo del Servicio de inteligencia de Epidemias, temen que algo ha permanecido dormido en nuestros genes durante millones de años haya empezdo a despertar. Ellos dos junto al antropólogo Mictch Rafaelson, parecen ser los únicos capaces de resolver un rompecabezas evolutivo que puede determinar el futuro de la especie humana... si ese futuro sigue existiendo.
El premio Nebula, el equivalente en ciencia ficción al Oscar cinematográfico, avala el interés de esta obra, el más sugestivo thriller sobre la investigación genética y el futuro de la especie humana. Cinco premios Nebula, dos premios Hugo, el premio Apollo de Francia y el premio Ignotus en España garantizan la alta calidad e interés de la obra del brillante autor de Marte se mueve y Fundación y caos.

Premio Nebula 2000.
Novela Finalista del Premio Hugo 2000.
1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 136
Перейти на страницу:

Dicken pasó el control de seguridad, cacheo, detección de metales, rastreo químico, y entró en la Casa Blanca por la denominada entrada diplomática. Un joven escolta de los marines lo llevó de inmediato al piso inferior, hasta una gran sala de reuniones situada en el sótano. El aire acondicionado funcionaba a toda potencia y la habitación parecía una nevera comparada con los treinta grados de temperatura y la humedad del exterior.

Dicken era el primero en llegar. Aparte del marine y de un auxiliar que estaba preparando la gran mesa de conferencias, colocando botellas de agua Evian, cuadernos de notas y bolígrafos, se encontraba solo en la habitación. Se sentó en una de las sillas reservadas para los subalternos en la parte de atrás. El auxiliar le preguntó si le gustaría beber algo, una Coca-Cola o un vaso de zumo.

—En unos minutos traerán el café.

—Una Coca-Cola sería fantástico —contestó Dicken.

—¿Acaba de aterrizar?

—He venido en coche desde Bethesda —dijo Dicken.

—Va a hacer un tiempo horrible esta tarde —dijo el auxiliar—. Alrededor de las cinco empezará la tormenta, o eso dicen los chicos del tiempo de Andrews. Nuestra información meteorológica es la mejor. —Le sonrió, salió de la habitación y volvió tras un par de minutos con una Coca-Cola y un vaso con hielo.

Diez minutos después empezó a llegar más gente. Dicken reconoció a los gobernadores de Nuevo México, Alabama y Maryland; les acompañaba un pequeño grupo de ayudantes. En poco rato la sala contendría al núcleo de la llamada «Revuelta de los Gobernadores», que estaban armando un buen follón con el Equipo Especial por todo el país.

Augustine iba a tener su gran momento, aquí mismo, en los sótanos de la Casa Blanca. Iba a tratar de convencer a diez gobernadores, siete de ellos de los estados más conservadores, de que permitir el acceso a las mujeres a todo el abanico de medidas abortivas era la única vía de acción.

Dicken dudaba que la moción fuese a ser acogida con agrado, ni siquiera con un desacuerdo educado o correcto.

Augustine entró unos minutos después, acompañado por el enlace entre la Casa Blanca y el Equipo Especial y el jefe de Personal. Puso su maletín sobre la mesa y se acercó a Dicken, haciendo ruido con los zapatos sobre el suelo de baldosas.

—¿Alguna munición? —le preguntó.

—Una derrota absoluta. Ninguna de las agencias sanitarias piensa que tengamos ninguna oportunidad de retomar el control. Opinan que el presidente ha perdido también el mando de la situación.

La mirada de Augustine pareció cansada. Sus arrugas se habían vuelto claramente más profundas en el último año, y su cabello había encanecido.

—Supongo que piensan continuar con sus soluciones tradicionales.

—Eso es todo lo que ven. La Asociación Médica Americana y la mayoría de las divisiones del INS nos han retirado su apoyo, tácitamente, al menos.

—Bien —dijo Augustine en voz baja—. Desde luego no tenemos nada que ofrecerles para recuperarlo… al menos de momento. —Aceptó la taza de café que le ofrecía un auxiliar—. Tal vez debiéramos irnos a casa y dejar que otros se hiciesen cargo.

Augustine se volvió para mirar la entrada de más gobernadores. Los seguía Shawbeck y el secretario de Salud y Servicios Sociales.

—Aquí vienen los leones, seguidos de los cristianos —comentó—. Así es como debe ser. —Antes de alejarse para sentarse en el otro extremo de la mesa, en uno de los tres asientos que no tenían bandera, le dijo en voz baja—: El presidente ha estado hablando con los gobernadores de Alabama y Maryland durante las dos últimas horas, Christopher. Han estado discutiendo con él para que retrase la decisión. No creo que quiera hacerlo. Quince mil mujeres embarazadas han sido asesinadas durante las últimas seis semanas. Quince mil, Christopher.

Dicken había repasado la cifra varias veces.

—Todos deberíamos inclinarnos para que nos diesen una patada en el culo —gruñó Augustine.

Mitch calculó que habría al menos seiscientas personas en la multitud que se dirigía hacia la colina. Unas docenas de observadores seguían al decidido grupo que llevaba el anillo de madera y la carretilla.

Kaye le tomó de la mano.

—¿Es una tradición de Seattle? —le preguntó, tirando de él. La idea de un ritual de fertilidad la intrigaba.

—Ninguna que yo conozca —dijo Mitch. Desde lo de San Diego, el olor a multitud le ponía nervioso.

Al llegar a lo alto del promontorio, Kaye y Mitch se detuvieron junto al borde de un gran reloj solar, de unos diez metros de ancho. Estaba formado por figuras astrológicas de bronce en bajorrelieve, números, manos humanas extendidas y letras caligráficas que indicaban los cuatro puntos cardinales. Cerámica, cristal y cemento coloreado completaban el círculo.

Mitch le mostró a Kaye cómo el observador se convertía en el gnomón del dial, poniéndose en medio de líneas paralelas con las estaciones y fechas proyectadas entre ellas. Eran las dos en punto, según su estimación.

—Es hermoso —comentó Kaye—. Tiene un aire pagano, ¿no crees? —Mitch asintió, sin apartar la vista de la multitud que avanzaba.

Varios hombres y niños con cometas se apartaron del camino, recogiendo los hilos, a medida que el grupo ascendía por la colina. Tres mujeres llevaban el anillo, sudando bajo su peso. Lo colocaron con cuidado en medio del reloj de sol. Dos de los hombres que llevaban el poste se hicieron a un lado, esperando a que lo bajasen.

Cinco mujeres mayores vestidas con ligeras túnicas amarillas penetraron en el círculo tomadas de la mano, sonriendo con dignidad, y rodearon el anillo en el centro de la superficie. El grupo no pronunció ni una palabra.

Kaye y Mitch descendieron hasta el lado sur de la colina, que daba al lago. Mitch sintió la brisa que venía del sur y vio unos cuantos bancos de nubes bajas acercándose al centro de Seattle. El aire parecía vino, limpio y dulce, la temperatura era de unos veinte grados, la sombra de las nubes cubrió la colina con efecto dramático.

—Demasiada gente —le dijo Mitch a Kaye.

—Quedémonos y veamos qué pretenden —contestó Kaye.

La multitud se compactó, formando círculos concéntricos, todos asidos de la mano. Educadamente, le pidieron a Kaye, Mitch y algunas otras personas que se apartasen un poco más mientras completaban la ceremonia.

—Les invitamos a mirar, desde allí —le dijo a Kaye una mujer rolliza en un mono verde. De forma explícita hizo como si Mitch no existiese. Su mirada pareció dirigirse a un punto situado a su espalda, pasando a través de él.

El único sonido que hacía la gente reunida era el susurro de su ropa y el movimiento de sus pies calzados con sandalias sobre la hierba y las figuras en bajorrelieve del dial.

Mitch metió las manos en los bolsillos y encorvó los hombros.

Los gobernadores estaban sentados en torno a la mesa, inclinándose hacia la derecha o la izquierda para hablar en murmullos con sus ayudantes o con colegas adyacentes. Shawbeck permanecía en pie, con las manos sujetas frente a sí. Augustine había rodeado un cuarto de la mesa para hablar con el gobernador de California. Dicken intentaba desentrañar la disposición de asientos y comprendió que seguían un hábil protocolo. Los gobernadores no habían sido colocados por antigüedad, ni por influencia, sino por la distribución geográfica de sus estados. California estaba en el lado oeste de la mesa y el gobernador de Alabama se sentaba junto a la parte de atrás de la habitación, en el cuadrante sudeste. Augustine, Shawbeck y el secretario se sentaban cerca del lugar que ocuparía el presidente.

Eso implicaba algo, conjeturó Dicken. Puede que fuesen a aceptar lo inevitable y a recomendar que las propuestas de Augustine se ejecutasen.

Dicken no estaba completamente seguro de su propia opinión en ese tema. Había escuchado los datos de los costes médicos de asumir el cuidado de los bebés de la segunda etapa, si es que alguno sobrevivía mucho tiempo; también había oído las cifras que mostraban lo que le costaría a Estados Unidos perder una generación completa de niños.

1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 136
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)