La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]
- Автор: Бир Грег
- Серия: Darwin (es) #1
- Год: 2001
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-666-0512-0
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]». Краткое содержание книги:
Tres hechos, que al principio parecen no estar relacionados, acabarán convergiendo para sugerir una novedad devastadora y sacudir los cimientos de la ciencia: la conspiración para ocultar los cadáveres de dos mujeres y sus hijos en Rusia, el descubrimiento inesperado en los Alpes de los cuerpos congelados de una familia prehistórica, y una misteriosa enfermedad que sólo afecta a mujeres gestantes e interrumpe sus embarazos.
Kaye Lang, una biológa molecular especialista en retrovirus, y Christopher Dicken, epidemiólogo del Servicio de inteligencia de Epidemias, temen que algo ha permanecido dormido en nuestros genes durante millones de años haya empezdo a despertar. Ellos dos junto al antropólogo Mictch Rafaelson, parecen ser los únicos capaces de resolver un rompecabezas evolutivo que puede determinar el futuro de la especie humana... si ese futuro sigue existiendo.
El premio Nebula, el equivalente en ciencia ficción al Oscar cinematográfico, avala el interés de esta obra, el más sugestivo thriller sobre la investigación genética y el futuro de la especie humana. Cinco premios Nebula, dos premios Hugo, el premio Apollo de Francia y el premio Ignotus en España garantizan la alta calidad e interés de la obra del brillante autor de Marte se mueve y Fundación y caos.
Premio Nebula 2000.
Novela Finalista del Premio Hugo 2000.
—Es una postura muy defendible. Si le añades la probabilidad de que la mayoría de los nuevos bebés nacerán con deformidades…
—Eso no se sabe —dijo House.
Era la actual subdirectora del Instituto de Salud Infantil y Desarrollo Humano; el antiguo subdirector había dimitido hacía dos semanas. Mucha gente del INS con trabajos relacionados con el Equipo Especial de SHEVA estaba dimitiendo.
Con una punzada de dolor, Dicken pensó que de nuevo Kaye Lang demostraba ser una pionera al haber sido la primera en marcharse.
—Resulta indiscutible —dijo Dicken, y no le causó ningún problema el decirlo, porque era la verdad: todavía no había nacido ningún niño normal de una madre infectada por SHEVA—. De doscientos casos, la mayoría han informado de graves malformaciones. Y todos han nacido muertos. —Pero no todos tenían malformaciones, se recordó a sí mismo.
—Si el presidente accede a comenzar una campaña nacional promoviendo el uso de la RU-486 —dijo Bao—, dudo que al CCE se le permita seguir funcionando en Atlanta. En lo que se refiere a Bethesda, se trata de una comunidad inteligente, pero seguimos estando en el Cinturón de la Biblia. Ya he tenido piquetes en mi casa, Christopher. Vivo rodeada de guardias.
—Lo entiendo.
—Puede que sí, pero ¿lo entiende Mark? No responde a mis llamadas ni a mis mensajes de correo electrónico.
—Un aislamiento inaceptable —dijo Meeker.
—¿Cuántos actos de desobediencia civil serán necesarios? —añadió House, juntando las manos sobre la mesa y frotándoselas, recorriendo al grupo con la mirada.
Bao se levantó y tomó un rotulador para escribir sobre la pizarra. Rápida y casi ferozmente trazó las palabras en rojo brillante, señalando:
—Dos millones de abortos de la primera fase de la Herodes, el mes pasado. Los hospitales están desbordados.
—Visito esos hospitales —dijo Dicken—. Es parte de mi trabajo.
—También visitamos a los pacientes, aquí y en el resto del país —dijo Bao, tensando los labios por la irritación—. Tenemos a trescientas madres infectadas con SHEVA en este mismo edificio. A algunas de ellas las visito cada día. Nosotros no estamos aislados, Christopher.
—Lo siento.
Bao asintió.
—Se han recibido informes de setecientos mil embarazos de la segunda fase de la Herodes. Bueno, aquí es donde fallan las estadísticas, no sabemos qué es lo que está sucediendo —dijo Bao y contempló a Dicken—. ¿Qué ha pasado con todos los demás? No están informando. ¿Lo sabe Mark?
—Lo sé —contestó Dicken—. Mark lo sabe. Es una información delicada. No queremos reconocer cuánto sabemos hasta que el presidente decida la política a seguir respecto a la propuesta del Equipo Especial.
—Creo que puedo imaginarlo —dijo House, sarcástica—. Las mujeres con cultura y medios están comprando la RU-486 de forma ilegal, o abortando por otros medios, en diferentes fases del embarazo. Hay una auténtica revolución en la comunidad médica, en las clínicas para mujeres. Han dejado de enviar informes al Equipo Especial debido a las nuevas leyes que regulan los procedimientos para los abortos. Supongo que Mark intenta convertir en oficial lo que ya está sucediendo por todo el país.
Dicken hizo una pausa para ordenar sus ideas y apuntalar su tambaleante fachada.
—Mark no tiene control sobre la Cámara de Representantes ni sobre el Senado. Él habla y ellos no le hacen caso. Todos sabemos que los índices de violencia doméstica están subiendo. A las mujeres se las está obligando a abandonar sus hogares. Divorcios. Asesinatos. —Dicken dejó que el mensaje calase, al igual que lo había hecho en su propia mente durante los últimos meses—. La violencia contra las mujeres embarazadas está en su máximo histórico. Algunas incluso están utilizando quinacrina, cuando pueden conseguirla, para esterilizarse a sí mismas.
Bao sacudió la cabeza con tristeza.
Dicken continuó.
—Muchas mujeres saben que la salida más fácil es detener los embarazos de la segunda fase antes de que lleguen a término y aparezcan otros efectos secundarios.
—Mark Augustine y el Equipo Especial se resisten a describir esos efectos secundarios —dijo Bao—. Suponemos que te refieres a las membranas faciales y a los melanismos en ambos padres.
—También me refiero al paladar silbante y las deformaciones vomeronasales —contestó Dicken.
—¿Por qué aparecen también en los padres? —preguntó Bao.
—No tengo ni idea —respondió Dicken—. Si el INS no se hubiese quedado sin los casos de estudio clínico por un exceso de celo del personal, todos podríamos saber mucho más, y en condiciones medianamente controladas.
Bao le recordó a Dicken que nadie de la sala tenía nada que ver con el fin de los estudios clínicos del Equipo Especial en ese mismo edificio.
—Lo entiendo —dijo Dicken, y se odió a sí mismo con una ferocidad que apenas logró ocultar—. No estoy en desacuerdo. Se está poniendo fin a todos los embarazos de la segunda fase, excepto los de los pobres, los que no pueden acceder a una clínica o comprar las pastillas… o…
—¿O qué? —preguntó Meeker.
—Los devotos.
—¿Devotos de qué?
—De la naturaleza. De la opinión de que esos niños deben tener una oportunidad, a pesar de las probabilidades de que nazcan muertos o malformados.
—Augustine no parece creer que deba darse una oportunidad a ninguno de los niños —dijo Bao—. ¿Por qué?
—La Herodes es una enfermedad. Así es como se combaten las enfermedades.
«Esto no puede continuar mucho más. O bien dimitirás o te matarás intentando explicar cosas que no entiendes y en las que no crees.»
—Vuelvo a repetirlo, no estamos aislados, Christopher —dijo Bao, meneando la cabeza—. Pasamos por las salas de maternidad y por los quirófanos de esta clínica, y visitamos otras clínicas y hospitales. Vemos sufrir a las mujeres y a los hombres. Necesitamos una aproximación racional que tenga en cuenta todos los puntos de vista, todas las presiones.
Dicken frunció el ceño, concentrándose.
—Mark sólo está prestando atención a la realidad médica. Y no hay consenso político —añadió en voz baja—. Es un momento peligroso.
—Eso por decirlo suavemente —dijo Meeker—. Christopher, mi opinión es que la Casa Blanca está paralizada. Te culpan si haces algo y desde luego te culpan si no lo haces, y las cosas siguen así.
—El propio gobernador de Maryland está implicado en esa llamada «Revuelta Sanitaria Nacional» —dijo House—. Nunca había visto tanto fervor religioso por aquí.
—Está muy extendido. No son sólo los cristianos —dijo Bao—. La comunidad china se ha vuelto hacia sus tradiciones, y con buenos motivos. El fanatismo está en alza. Nos estamos dividiendo en tribus infelices y asustadas, Christopher.
Dicken dirigió la mirada hacia la mesa y luego hacia las cifras de la pizarra, con uno de los párpados palpitándole debido a la fatiga.
—Nos duele a todos —dijo—. Le duele a Mark y también a mí.
—Dudo que a Mark le duela tanto como a las madres —respondió Bao en voz baja.
71
Oregón
—Soy un hombre ignorante y hay montones de cosas que no comprendo —dijo Sam. Se inclinó sobre la cerca que rodeaba los cuatro acres, la granja de dos plantas, el viejo granero y el cobertizo de ladrillo. Mitch metió la mano libre en el bolsillo y apoyó la lata de cerveza sobre el poste mohoso de la cerca. Una vaca blanca y negra, que pastaba en una porción de los doce acres del vecino, les miraba con una falta de curiosidad casi total—. Sólo conoces a esa mujer desde hace cuánto, ¿dos semanas?