El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– En cierto modo, tiene razón; «el grito común de los cobardes», a eso se refiere. Pero no es snobismo, sino una incapacidad congénita de tolerar pacientemente a la gente tonta. Creo que ésa es la razón principal de que desprecie tanto a esa bruja de Yseut, no ningún escrúpulo moral. El día menos pensado alguien va a matar a esa mujer, o a dejarla marcada, y no seré yo quien lo sienta.
Ya en la calle, Nigel lo dejó y echó a andar rumbo al colegio, más pensativo que de costumbre.
3
Una estructura antigua se erguía para informar a los ojos
Que estaba allí desde remotos tiempos y que se llamaba Barbica
Donde pobres niños sus tiernas voces ensayan
Y pequeños Máximos a los dioses desafían.
Dryden.
Era bien pasada la medianoche cuando Nigel dejó las habitaciones de Fen en St. Christopher's, para regresar al Mace and Sceptre. Habían hablado de antiguos conocidos, de viejos tiempos, de la situación actual del colegio y del efecto de la guerra en la universidad en general. «¡Son unos atrasados mentales!», había dicho Fen del actual contingente de estudiantes. «¡Unas criaturas!» Y por lo poco que se había visto desde su llegada, Nigel se sentía inclinado a compartir su opinión. El promedio de edad de los alumnos había sido reducido considerablemente, y travesuras más propias de la escuela primaria habían pasado a reemplazar a los individualismos y excentricidades más adultas de antes de la guerra. Además otro detalle significativo que Nigel, con su estiramiento instintivo del artista, deploraba, era que hubiese más estudiantes de ciencias que de artes.
Pero algo lo había perturbado toda la velada. Aquella breve conversación previa a la cena le había trasmitido parte de las embarulladas ramificaciones de la situación de Yseut, impidiéndole disfrutar de la entrevista con Fen en la medida pensada. Recordaba a Donald Fellowes, la forma en que lo vio temblar de rabia, la frialdad burlona de Nicholas, la repulsión instintiva, física casi, de Robert por la joven; y había también otros hilos que todavía no había visto. Vagamente se preguntó en qué acabaría aquello. Lo más probable era que, como la mayoría de esos impasses, se desvaneciera en cuanto suprimiesen a uno o más de sus elementos. A Nigel, perezoso por naturaleza, le desagradaban las decisiones apresuradas y los pasos decisivos, y siempre prefería esperar a que algo alterase la situación, eliminando así la necesidad de tomar una decisión en uno u otro sentido. Sin duda todo se resolvería por sí solo de alguna manera.
Esa noche durmió como un tronco, y no se despertó hasta tarde, de modo que cuando se puso en camino rumbo al teatro ya eran las diez y media, y Nigel se recriminó por el retraso.
Andando a buen paso, el teatro quedaba a diez minutos del hotel, cerca de los suburbios de la ciudad, encajonado entre residencias en una calle larga por donde pasaba la carretera principal a una ciudad próxima. Contemplando el edificio del teatro a la fresca claridad de esa mañana de otoño, Nigel dudó de que hiciéramos justicia a los Victorianos al condenar invariablemente su arquitectura por poco elegante. En el caso presente, al menos, el arquitecto desconocido había logrado infundir al edificio un encanto suave, aunque algo afeminado. Era grande, de piedra color amarillo pálido, con un amplio parque delante donde en las noches de verano el público podía pasear, beber y fumar en los intervalos. A la mayor parte del edificio la habían sometido a una simple restauración; solamente el escenario, los camerinos y el bar habían sido modernizados por completo, el último -situado en el primer piso, detrás de la galería, y al que se llegaba por dos escalinatas que nacían a ambos lados del foyer- en un ingenioso pastiche del estilo original que lograba un efecto realmente encantador. Las dos taquillas lucían ahora anchos paneles de vidrio en lugar de los diminutos arcos romanos a través de los cuales se efectúan las transacciones de rigor en la gran mayoría de los teatros viejos.
Nigel avanzó a tientas por entre las butacas, todavía enojado consigo mismo por haberse retrasado tanto. Tenía pensado asistir a todos los ensayos, para formarse una idea de cómo va tomando forma una pieza teatral hasta el día del estreno.
Lo sorprendió, sin embargo, ver que no ocurría prácticamente nada (después comprendió que eso sucedía en casi la tercera parte de los ensayos de ese tipo de compañía). En el escenario, a la luz de las candilejas, unas cuantas personas permanecían ociosas, de pie o sentadas, libreto en mano, fumando o charlando por lo bajo. Una mujer joven, que Nigel supuso debía ser la regidora de escena, cambiaba de sitio sillas y mesas con tanta energía que parecía un milagro que no se hicieran pedazos. Robert hablaba con alguien junto al foso de la orquesta, sobre el que habían tendido una pasarela de aspecto no muy firme para poder bajar del escenario a la platea. Un hombre joven arrancaba distraídos arpegios de jazz al piano que había en el foso.
– ¡Si pudiéramos empezar de una vez! -se quejó alguien en el escenario.
– Clive todavía no ha llegado.
– Bueno, ¿pero no podemos hacer el segundo acto mientras tanto?
– No, sale en todos.
– ¿Y dónde está Clive, se puede saber?
– Dijo que iba a tomar el tren de las ocho y media. Se habrá retrasado más de la cuenta, o de lo contrario no vendrá.
– Y a fin de cuentas, ¿a qué viene esa prisa por correr a cada rato al pueblo?
– Va a ver a su mujer.
– ¡Santo cielo! ¿Todas las noches?
– Sí.
– ¡Dios!
Todo tenía una extraña sensación de irrealidad, pensó Nigel. Probablemente era el efecto de la luz artificial. Hasta entonces nunca había pensado en cuán poco ven el sol los actores y las actrices. De pronto comprendió que, contra su voluntad, estaba escuchando lo que hablaban dos personas sentadas cerca en la oscuridad.
– Pero, querida, ¿qué necesidad tienes de andar corriendo así tras él?
– No seas tonto, tesoro; si uno quiere llegar a ser alguien, tiene que mostrarse amable con la gente.
– ¿O sea que en el teatro tienes que apelar a tus encantos para conseguir un papel?
– Bueno, no creerás que los buenos papeles se dan nada más que por las condiciones artísticas.
Alguien, desde la galería de electricistas, encendió un reflector, y a su luz deslumbrante Nigel vio que la pareja eran Donald e Yseut. Comprendió, incómodo, que debía alejarse, pero la curiosidad fue más fuerte. Ellos no lo habían visto.
– Si no fueras tan absurdamente celoso, querido…
– Yseut, mi amor. Sabes cuánto te quiero…
– Sí, sí, lo sé.
– Y supongo que como no me quieres te fastidio.
– Querido, ya te he dicho que te quiero. Pero, qué diablos, también está mi carrera por en medio.
– ¡Jane! -gritó de pronto Robert desde el escenario-. Llama a Yseut, ¿quieres? Me gustaría que repasase mientras tanto esa canción.
– No hace falta, querido, estoy aquí -dijo Yseut, encaminándose a la pasarela.
El pequeño grupo del escenario comenzó a desbandarse en todas direcciones.
– No, no se vayan -dijo Robert-. Despejen el escenario, nada más. Esto no llevará mucho, y después habrá que empezar con Clive o sin él. Alguien puede leer su parte. ¿Pensaste algo para el baile? -preguntó a Yseut.
– Sí. Pero no sabía cómo iba a ser el decorado. ¿Quedará éste?
– Richard, ¿así estará bien para el primer acto? -Robert consultó al escenógrafo.
– Ese telón estará un poco más atrás -dijo el aludido-. Y no habrá mesa… ¡Jane! ¡Jane, por favor!
Jane emergió de la concha del apuntador, como un conejo de la chistera de un mago.
– Jane, esa mesa tiene que estar mucho más delante.