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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Llévenlas también. El Marrón podrá transformar las radios más tarde. ¿Prefieren realmente llevar puestos esos malditos cascos? Las botellas de aire y los filtros no pueden durar mucho ya, de todos modos.

—Gracias —dijo Horst.

Cogió el filtro y se lo puso. Una suave copa cubrió su nariz, y fijó un tubo ligado a un tanque a su cinturón. Fue un alivio quitarse el casco, pero no sabía qué hacer con él. Por último lo ató también al cinturón, donde se balanceaba incómodamente.

—Bien, en marcha. —Era más fácil hablar sin el casco, pero tendría que acordarse de no respirar por la boca.

La rampa era una espiral descendente. Nada se movía bajo aquella iluminación sin sombras, pero Staley pensaba que constituían un blanco ideal para cualquiera que estuviese abajo. Echó de menos unas cuantas granadas y una compañía de infantes de marina. Pero en vez de eso estaban sólo él y sus dos colegas guardiamarinas. Y los pajeños. Mediadores. «Los Mediadores no luchan», había dicho la pajeña de Whitbread. Debía recordar eso. Imitaba tan bien a John Whitbread que tenía que contar los brazos para asegurarse de que hablaba con ella, pero ella no luchaba. Los Marrones no luchaban tampoco.

Avanzaba cautamente, precediendo a los alienígenas rampa abajo con la pistola en la mano. La rampa terminaba en una entrada, y se detuvo un momento. Más allá, el silencio era completo. Al diablo, pensó, y cruzó el umbral. Se vio de pronto solo en un ancho túnel cilindrico con vías en el suelo y una rampa suave a un lado. A su izquierda el túnel terminaba en una pared de roca. Por el otro lado parecía extenderse eternamente en la oscuridad. Había huellas en la roca del túnel que parecían costillas de una ballena gigante.

La pajeña llegó tras él y vio lo que estaba mirando.

—Aquí había un acelerador lineal, antes de que una civilización en ascenso lo robase para obtener metal.

—No veo ningún vehículo. ¿Cómo conseguiremos uno?

—Puedo solicitar uno. Todos los Mediadores podemos.

—Usted no. Charlie —dijo Horst—. ¿O saben también que forma parte de la conspiración?

—Horst, si esperamos un vehículo, vendrá lleno de Guerreros. El Encargado sabe que ustedes abrieron su edificio. No entiendo por qué no está aquí ya su gente. Probablemente haya un enfrentamiento jurisdiccional entre él y el Amo. La jurisdicción es algo muy importante para los que toman decisiones. Y además, el Rey Pedro procurará liar las cosas.

—No podemos escapar en avión. No podemos irnos andando por los campos. Y no podemos llamar un vehículo —dijo Staley—. Está bien. Pida un vehículo subterráneo para mí.

La pajeña lo dibujó en la pantalla de la computadora manual de Staley. Era una caja sobre ruedas, la forma universal de los vehículos que deben tener el máximo espacio útil posible y al mismo tiempo aparcar en un espacio limitado.

—Los motores están aquí, sobre las ruedas. Los controles pueden ser automáticos…

—No en un vehículo de guerra.

—En ese caso los controles están aquí delante. Y los Marrones y los Guerreros quizás hayan hecho todo tipo de cambios. Suelen hacerlo, ya sabe…

—Como una armadura. El cristal y los laterales blindados. Cañones de proa. —Los tres pajeños se irguieron y Horst escuchó atentamente. No oía nada.

—Pisadas —dijo la pajeña—. Whitbread y Potter.

—Puede. —Staley avanzó como un felino hacia la entrada.

—Tranquilícese, Horst. Puedo identificar los ritmos. Habían encontrado armas.

—Ésta es la mejor —dijo Whitbread; alzó un tubo con una lente en el extremo y una culata claramente adaptable a los hombros pajeños—. No sé cuánta energía acumula, pero conseguí agujerear de lado a lado una gruesa pared de piedra. Rayo invisible.

Staley cogió el arma.

—Esto es lo que necesitamos. Ya me explicarán cómo son las otras más tarde. Ahora entren y quédense aquí.

Staley se colocó donde terminaba la rampa de pasajeros, a un lado de la entrada del túnel. Nadie le vería hasta que saliese de aquel túnel. Se preguntaba cómo serían las armaduras pajeñas. ¿Servirían para rechazar un láser de rayos X? No se oía nada, ningún ruido, y Staley esperaba impaciente.

Es una estupidez, se decía. Pero ¿qué podemos hacer? ¿Y si viniesen en aviones y aterrizasen fuera de la cúpula? Debería haber cerrado la puerta dejando allí alguien de guardia. En realidad, no era demasiado tarde para hacerlo.

Se volvió hacia los otros que estaban detrás de él, pero entonces lo oyó: un ronroneo suave que venía del fondo del subterráneo. Le tranquilizó, en realidad. Ya no tenía que tomar decisiones. Horst avanzó cautelosamente y colocó en mejor posición aquel arma que le resultaba tan poco familiar. El vehículo se acercaba muy deprisa…

Era mucho más pequeño de lo que Staley esperaba: era como un coche de juguete. Pasó silbando ante él. El viento azotó su cara. El vehículo se detuvo con un balanceo, mientras Staley esgrimía el arma como la vara de un mago. ¿Saldría algo por el otro lado al disparar? No. El arma funcionaba correctamente. El rayo era invisible, pero se pintaron sobre el vehículo líneas cruzadas de metal al rojo. Enfocó el rayo hacia las ventanas, por las que nada se veía, y hacia el techo, luego se asomó rápidamente al túnel y disparó por él.

Había otro vehículo. Staley retrocedió para cubrir la mayor parte de su cuerpo, pero continuó disparando, dirigiendo el arma al vehículo que llegaba. ¿Cómo diablos sabría cuándo se acababa la batería, o el elemento que producía los rayos? ¡Qué demonios, aquello era una pieza de museo! Pasó el segundo vehículo, y se marcaron sobre él rayas rojo cereza. Tras lanzarle una ráfaga más disparó otra vez hacia el túnel. No venía nadie.

No había tercer vehículo. Mejor. Disparó sistemáticamente contra el segundo. Algo le había detenido inmediatamente detrás del primero… ¿Quizás algún sistema destinado a evitar el choque? No podía saberlo. Corrió hacia los dos coches. Whitbread y Potter salieron para unirse a él.

—¡Les he dicho que se queden ahí!

—Perdone, Horst —se excusó Whitbread.

—Esto es una operación militar, señor Whitbread. Puede llamarme Horst cuando no estén disparando contra nosotros.

—Sí, señor. Quiero señalar que nadie ha disparado salvo usted.

De los coches llegaba un olor: carne quemada. Las pajeñas salieron de su escondite. Staley se aproximó cautelosamente a los vehículos y miró dentro.

—Demonios —dijo.

Examinaron los cuerpos con interés. No habían visto aquel tipo de pajeños más que en estatuas. Comparados con los Mediadores y los Ingenieros parecían nervudos y ágiles, como un intermedio entre podencos y dogos. Los brazos eran largos, con dedos cortos y gruesos y sólo un pulgar; el otro borde de la mano derecha era suave y calloso. El brazo izquierdo era más largo, con dedos como salchichas. Había algo bajo el brazo izquierdo.

Los demonios tenían dientes, largos y agudos, como auténticos monstruos de libros infantiles y leyendas semiolvidadas.

Charlie gorjeó algo dirigiéndose a la pajeña de Whitbread. Al no obtener respuesta repitió el gorjeo, más agudo, e hizo una seña al Marrón. El ingeniero se aproximó a la puerta y comenzó a examinarla detenidamente. La pajeña de Whitbread permanecía petrificada contemplando a los Guerreros muertos.

—¡Cuidado con las trampas! —gritó Staley; el Marrón no prestó ninguna atención y empezó a tantear cautelosamente la puerta—. ¡Cuidado!

—Habrán puesto trampas, pero el Marrón lo resolverá —dijo muy lentamente Charlie—. Le diré que tenga cuidado. —La voz era clara y sin ningún acento.

—Sabe hablar —dijo Staley.

—No bien. Es difícil pensar en vuestro lenguaje.

—¿Qué es lo que le pasa a mi Fyunch(click)? —preguntó Whitbread. En vez de contestar, Charlie gorjeó de nuevo. Los tonos se elevaron agudamente. La pajeña de Whitbread pareció estremecerse, y se volvió hacia ellos.

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