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Noche Sobre Las Aguas

Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:

A finales del verano de 1939, la declaración de guerra de Inglaterra contra Alemania obliga a la aristocrática familia de los Oxenford a un precipitado viaje a los Estados Unidos. El marqués habría manifestado con excesivo ardor sus simpatías hacia Hitler y la nueva situación hace aconsejable desaparecer del país. El medio de transporte elegido es el recientemente inaugurado vuelo trasatlántico de la compañía Pan-Am, un maravilloso clipper de lujo sólo accesible a las grandes fortunas como la de los Oxenford y a pasajeros que tienen motivos muy especiales para abandonar Inglaterra lo más rápidamente posible. Aventureros, millonarios, estafadores, espias, agentes del FBI, siniestros criminales, parejas que huyen de maridos engañados, jovencitas en edad de enamorarse, forman el explosivo grupo de pasajeros que desde las tranquilas aguas portuarias de Southampon iniciarán su vuelo hasta Port Washington, Nueva York. Con ellos, naturalmente, están los héroes que deberán responder al desafío de los autores de un sofisticado plan que hará de éste viaje fuera de lo normal y mucho más largo de lo que debiera haber sido según los responsables de Pan Am.
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Cuando Margaret iba a volver al compartimento, vio a Nancy Lenehan, inclinada sobre las gachas. Nancy iba tan bien vestida y elegante como siempre, con una blusa azul marino en lugar de la gris que llevaba ayer. Llamó a Margaret y le dijo en voz baja:

– He recibido una llamada telefónica muy importante en Botwood. Voy a ganar. Puedes contar con un empleo. Margaret resplandeció de satisfacción.

– ¡Oh, gracias!

Nancy depositó una tarjeta blanca en el plato de Margaret. -Llámame cuando te sientas dispuesta.

– ¡Lo haré! ¡Dentro de unos días! ¡Gracias!

Nancy se llevó un dedo a los labios y le guiñó un ojo.

Margaret regresó al compartimento ebria de alegría. Confiaba en que papá no hubiera visto la tarjeta; no quería que le hiciera preguntas. Por fortuna, se hallaba demasiado concentrado en el desayuno para reparar en otra cosa.

Mientras comía, Margaret comprendió que debía decírselo tarde o temprano. Mamá le había suplicado que evitara un enfrentamiento, pero era imposible. La última vez que había intentado huir no resultó. En esta ocasión anunciaría públicamente que se iba, para que todo el mundo se enterase. No lo haría en secreto, no habría excusas para llamar a la policía. Debía dejarle claro que tenía un lugar a donde ir y amigos que la apoyaban.

Y este avión era el lugar ideal para el enfrentamiento. Elizabeth lo había hecho en un tren y había resultado, porque papá se había visto obligado a refrenarse. Después, en las habitaciones del hotel, podía comportarse como le viniera en gana.

¿Cuándo se lo diría? Cuanto antes mejor: estaría en mejor disposición de ánimo después del desayuno, repleto de champán y comida. Más tarde, con algunas copas de más, se mostraría irascible.

– Voy a buscar más cereales -dijo Percy, levantándose.

– Siéntate -ordenó papá-. Ahora traen el tocino. Ya has comido bastante de esa basura.

Por alguna razón, era contrario a los cereales.

– Aún tengo hambre -insistió Percy y, ante el estupor de Margaret, se marchó.

Papá estaba confuso. Percy nunca le había desafiado abiertamente. Mamá se limitó a contemplar la escena. Todo el mundo aguardaba el regreso de Percy. Volvió con un cuenco lleno de cereales. Se sentó y empezó a comer.

– Te he dicho que no tomaras más -habló papá.

– No es tu estómago -replicó Percy, sin dejar de comer.

Dio la impresión de que papá iba a levantarse, pero Nicky salió en aquel momento de la cocina y le ofreció un plato de salchichas, tocino y huevos escalfados. Por un momento, Margaret pensó que papá arrojaría el plato sobre Percy, pero estaba demasiado hambriento.

– Tráigame un poco de mostaza inglesa -dijo, cogiendo el cuchillo y el tenedor.

– Me temo que no hay mostaza, señor.

– ¿Que no hay mostaza? -exclamó papá, furioso-. ¿Cómo voy a comer salchichas sin mostaza?

Nicky parecía asustado.

– Lo siento, señor… Nadie había pedido. Me aseguraré de llevar en el próximo vuelo.

– Eso no me sirve de mucho, ¿verdad?

– Supongo que no. Lo siento.

Papá gruñó y se puso a comer. Había desahogado su rabia sobre el mozo, y Percy se había salido con la suya. Margaret estaba asombrada. Jamás había ocurrido algo semejante.

Nicky le trajo huevos con tocino, que Margaret devoró con fruición. ¿Era posible que papá se estuviera ablandando? El fin de sus esperanzas políticas, el estallido de la guerra, el exilio y la rebelión de su hija mayor se habían combinado para aplastar su ego y debilitar su voluntad.

Nunca se presentaría un momento mejor para decírselo.

Acabó de desayunar y esperó a que los demás terminaran. Después, aguardó a que el mozo se llevara los platos, y luego a que papá consiguiera más café. Por último, ya no hubo demora posible.

Se trasladó al asiento situado en mitad de la otomana, al lado de mamá y casi enfrente de papá. Respiró hondo y se lanzó.

– He de decirte algo, papá, y espero que no te enfades.

– Oh, no… -murmuró mamá.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó papá.

– Tengo diecinueve años y no he trabajado en toda mi vida. Ya es hora de que lo haga.

– ¿Por qué, por el amor de Dios?-preguntó mama.

– Quiero ser independiente.

– Hay millones de chicas trabajando en fábricas y oficinas que darían los ojos por estar en tu lugar -apuntó mama.

– Lo sé, mamá.

Margaret también sabía que mamá discutía con ella para mantener a papá al margen. Sin embargo, la argucia no funcionaría mucho rato.

Mamá la sorprendió al capitular casi de inmediato.

– Bien, supongo que si tu decisión es firme, el abuelo tal vez te consiga un empleo con alguno de sus conocidos…

– Ya tengo un empleo.

La declaración pilló a mamá por sorpresa.

– ¿En Estados Unidos? ¿Cómo es posible?

Margaret decidió no mencionar a Nancy Lenehan; podrían hablar con ella y estropearlo todo.

– Todo está arreglado -dijo, sin explicar nada más.

– ¿Qué tipo de empleo?

– Ayudante en el departamento de ventas de una fábrica de zapatos.

– Oh, por el amor de Dios, no seas ridícula.

Margaret se mordió el labio. ¿Por qué era mamá tan desdeñosa?

– No es ridículo. Estoy orgullosa de mí. He conseguido un trabajo sin necesitar tu ayuda, la de papá o la del abuelo, sólo por mis méritos.

Quizá no estaba describiendo con exactitud lo sucedido, pero Margaret empezaba a ponerse a la defensiva.

– ¿Dónde está esa fábrica? -preguntó mamá.

Papá intervino por primera vez.

– No puede trabajar en una fábrica, y punto.

– Trabajaré en la oficina de ventas, no en la fábrica -dijo Margaret-. Y está en Boston.

– Eso lo soluciona todo -afirmó mamá-. No vivirás en Boston, sino en Stamford.

– No, mamá, ni hablar, viviré en Boston.

Madre abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla, comprendiendo al fin que se enfrentaba con algo que no podía descartar tan fácilmente. Permaneció en silencio unos instantes.

– ¿Qué quieres decirnos? -dijo luego.

– Sólo que os dejo y me voy a Boston, viviré en un piso; de alquiler y trabajaré.

– Oh, qué increíble estupidez.

– No seas tan despreciativa -se enfureció Margaret. Mamá se acobardó al captar su tono airado, y Margaret se arrepintió al instante.

– Me limito a hacer lo mismo que muchas chicas de mi edad -siguió Margaret, más calmada.

– Chicas de tu edad, tal vez, pero chicas de tu clase, no.

– ¿Cuál es la diferencia?

– No tiene sentido que trabajes por cinco dólares a la semana y vivas en un apartamento que le costará a tu padre cien dólares al mes.

– No quiero que papá me pague el apartamento.

– ¿Y dónde vivirás?

– Ya te lo he dicho, en un piso de alquiler.

– ¡En una inmundicia! Pero ¿por qué?

– Ahorraré dinero hasta tener suficiente para comprar un billete a Inglaterra, y volveré para alistarme en el SAT.

– No tienes ni idea de lo que estás diciendo -intervino papá por segunda vez.

Margaret se sintió herida.

– ¿Qué es lo que ignoro, papá?

– No, no… -trató de interrumpirles mamá.

Margaret impidió que continuara.

– Ya sé que tendré que hacer recados, preparar café y responder al teléfono de la oficina. Sé que viviré en una habitación con un hornillo de gas y que compartiré el cuarto de baño con los demás inquilinos. Sé que no me gustará ser pobre, pero me encantará ser libre.

– No sabes nada de nada -replicó él, desdeñoso-. ¿Libre? ¿Tú? Serás como una cría de conejo suelta en una perrera. Voy a decirte lo que no sabes, muchacha: no sabes que te han mimado y consentido toda la vida. Ni siquiera has ido al colegio…

Aquella injusticia arrancó lágrimas de sus ojos y provocó que contraatacara.

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