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Noche Sobre Las Aguas

Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:

A finales del verano de 1939, la declaración de guerra de Inglaterra contra Alemania obliga a la aristocrática familia de los Oxenford a un precipitado viaje a los Estados Unidos. El marqués habría manifestado con excesivo ardor sus simpatías hacia Hitler y la nueva situación hace aconsejable desaparecer del país. El medio de transporte elegido es el recientemente inaugurado vuelo trasatlántico de la compañía Pan-Am, un maravilloso clipper de lujo sólo accesible a las grandes fortunas como la de los Oxenford y a pasajeros que tienen motivos muy especiales para abandonar Inglaterra lo más rápidamente posible. Aventureros, millonarios, estafadores, espias, agentes del FBI, siniestros criminales, parejas que huyen de maridos engañados, jovencitas en edad de enamorarse, forman el explosivo grupo de pasajeros que desde las tranquilas aguas portuarias de Southampon iniciarán su vuelo hasta Port Washington, Nueva York. Con ellos, naturalmente, están los héroes que deberán responder al desafío de los autores de un sofisticado plan que hará de éste viaje fuera de lo normal y mucho más largo de lo que debiera haber sido según los responsables de Pan Am.
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– ¿No crees que lo intento?

Margaret se quedó petrificada; su madre jamás había admitido ni un defecto de papá.

– No aguanto su forma de ser -dijo, abatida.

– Podrías tratar de no provocarle -respondió mamá.

– Plegarme a sus deseos en todo momento, quieres decir.

– ¿Por qué no? Sólo hasta que te cases.

– Si tú le plantaras cara tal vez cambiaría.

Mamá sacudió la cabeza con tristeza.

– No puedo ponerme de tu lado y contra él, querida. Es mi marido.

– ¡Pero está equivocado!

– Da igual. Ya lo comprenderás cuando estés casada. Margaret se sintió acorralada.

– Eso no es justo.

– No falta mucho. Te pido que le aguantes un tiempo más. En cuanto cumplas veintiún años será diferente, te lo prometo, incluso si no te has casado. Sé que es duro, pero no quiero que seas expulsada de la familia, como la pobre Elizabeth…

Margaret sabía que se sentiría tan afligida como mamá si se distanciaban.

– No quiero ni una cosa ni otra, mamá -dijo.

Avanzó un paso hacia el taburete. Mamá abrió los brazos. Se abrazaron de una forma desmañada, Margaret de pie y mamá sentada.

– Prométeme que no discutirás con él -pidió mamá. Su voz era tan triste que Margaret deseó de todo corazón prometerlo, pero algo la retuvo, y se limitó a responder:

– Lo intentaré, mamá, te lo aseguro.

Mamá la soltó y la miró. Margaret leyó resignación en su rostro.

– Gracias, de todas maneras -dijo mamá.

No había nada más que hablar.

Margaret salió.

Harry estaba de pie cuando Margaret entró en el compartimento. Se sentía tan desolada que perdió todo sentido del decoro y le echó los brazos al cuello. Al cabo de un momento de estupefacto asombro, él la abrazó y besó su cabeza. El estado de ánimo de Margaret mejoró al instante.

Abrió los ojos y captó la expresión pasmada del señor Membury, que había vuelto a su asiento. Le daba igual, pero se apartó de Harry y fueron a sentarse al otro extremo del compartimento.

– Hemos de hacer planes -dijo Harry-. Tal vez sea nuestra última oportunidad de hablar en privado.

Margaret sabía que mamá volvería enseguida, y que papá y Percy regresarían con los demás pasajeros. Después, Harry y ella no encontrarían un momento de soledad. El pánico se apoderó de ella al imaginarse a ambos separándose en Port Washington para no volver a reunirse jamás.

– ¡Dime donde puedo ponerme en contacto contigo!

– No lo sé… No he previsto nada, pero deja de preocuparte. Me pondré en contacto contigo. ¿En qué hotel os alojaréis?

– En el Waldorf. ¿Me telefonearás esta noche? ¡Has de hacerlo!

– Calma, claro que te llamaré. Daré el nombre de señor Marks.

El tono relajado de Harry dio a entender a Margaret que se estaba portando de una manera tonta… y un poco egoísta. Debía pensar en él tanto como en ella.

– ¿Dónde pasarás la noche?

– Buscaré un hotel barato.

Una idea asaltó a Margaret.

– ¿Te gustaría entrar a escondidas en mi habitación? Harry sonrió.

– ¿Lo dices en serio? ¡Ya sabes que sí!

Margaret se sintió feliz por haberle complacido.

– La hubiera compartido con mi hermana, pero ahora la tendré para mí sola.

– Caramba, estoy impaciente.

Margaret sabía cuánto le gustaba a Harry la vida por todo lo alto, y deseaba hacerle feliz. ¿Qué más le apetecería?

– Pediremos que nos suban a la habitación huevos revueltos y champán.

– Querré quedarme contigo para siempre.

Esa frase devolvió a Margaret a la realidad.

– Mis padres se trasladarán a la casa de Connecticut del abuelo dentro de unos días. Entonces, tendré que encontrar un sitio donde vivir.

– Lo buscaremos juntos. Quizá alquilemos habitaciones en el mismo edificio, o algo así.

– ¿De veras?

Margaret experimentó un estremecimento de dicha. ¡Alquilarían habitaciones en el mismo edificio! Exactamente lo que ella deseaba. Había temido que él se entusiasmara y quisiera casarse con ella, o que se negara a verla de nuevo. Sin embargo, la propuesta era ideaclass="underline" estaría cerca de él y le iría conociendo mejor, sin tomar decisiones alocadas y apresuradas. Y podría acostarse con él. Pero había un problema.

– Si trabajo para Nancy Lenehan, viviré en Boston.

– Es posible que yo también vaya a Boston.

– ¿De veras?

Apenas daba crédito a sus oídos.

– Es un lugar tan bueno como otro cualquiera. ¿Dónde está?

– En Nueva Inglaterra.

– ¿Es como la vieja Inglaterra?

– Bueno, me han dicho que la gente es muy presuntuosa.

– Será como estar en casa.

– ¿Qué clase de piso tendremos? -preguntó ella, excitada-. Quiero decir, ¿de cuántas habitaciones y todo eso? Harry sonrió.

– No tendrás más de una habitación, y te costará mucho poder pagarla. Si se parece en algo a lo que hay en Inglaterra, tendrá muebles baratos y una ventana. Con suerte, tendrá un hornillo de gas o un calentador portátil para que prepares café. Compartirás el cuarto de baño con los demás inquilinos de la casa.

– ¿Y la cocina?

Harrey meneó la cabeza.

– No podrás permitirte una cocina. Sólo comerás caliente a mediodía. Cuando vuelvas a casa, tomarás una taza de té y un trozo de pastel, o una tostada si tienes una estufa eléctrica.

Sabía que la estaba intentando preparar para una realidad que él consideraba desagradable, pero a Margaret se le antojaba todo maravillosamente romántico. Pensar que podría preparar té y tostadas, siempre que le apeteciera, en una pequeña habitación para ella sola, sin padres que la molestaran y criados gruñones… Sonaba de fábula.

– ¿Suelen vivir en el edificio los propietarios?

– A veces. Es mejor, porque conservan bien el lugar, aunque también meten las narices en tu vida privada. Si el propietario vive en otro sitio, el edificio se deteriora: las cañerías se rompen, la pintura se desprende, aparecen goteras en los techos…

Margaret comprendió que le quedaba muchísimo por aprender, pero nada de lo que dijera Harry iba a disuadirla; todo era demasiado estimulante. Antes de que pudiera seguir preguntando, los pasajeros y tripulantes que habían desembarcado regresaron, y mamá volvió del lavabo en aquel mismo momento, pálida pero hermosa. Fue un contrapunto a la alegría de Margaret. Al recordar su conversación con mamá, se dio cuenta de que la emoción de fugarse con Harry se mezclaría con el pesar.

No solía comer mucho por las mañanas, pero hoy se sentía famélica.

– Quiero tocino y huevos -dijo-. De hecho, un montón de ambas cosas.

Miró a Harry y comprendió que tenía tanto hambre porque le había hecho el amor durante toda la noche. Esbozó una sonrisa. Harry leyó sus pensamientos y apartó la vista a toda prisa.

El avión despegó unos minutos después. Margaret no lo consideró menos emocionante porque viviera la experiencia por tercera vez. Ya no tenía miedo.

Meditó sobre la conversación que acababa de tener con Harry. ¡Quería ir a Boston con ella! Aunque era apuesto y seductor, y habría sostenido relaciones con muchas chicas como ella, parecía quererla de una manera especial. Todo se había desarrollado muy aprisa, pero Harry se portaba con sensatez; no hacía promesas extravagantes, pero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para quedarse con ella.

Esa decisión esfumó todas sus dudas. Hasta ahora no se había permitido pensar en un futuro compartido con Harry, pero de pronto depositó toda su confianza en él. Iba a tener cuanto deseaba: libertad, independencia y amor.

En cuanto el avión alcanzó la altura prevista se les invitó a servirse del bufet, y Margaret procedió con celeridad. Todos tomaron fresas con nata, a excepción de Percy, que prefirió cereales. Papá acompañó sus fresas con champán. Margaret también comió bollos calientes con mantequilla.

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