Mi enemiga la reina
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
La tormenta estalló cuando Essex se entrevistó con el rebelde Tyrone y llegó a un acuerdo con él. A la Reina le enfureció que Essex se hubiese atrevido a llegar a un acuerdo con un enemigo sin consultarle primero. Haría bien en tener cuidado, declaró.
Essex volvió entonces a Inglaterra. ¡Qué temerario e impulsivo era! ¡Qué imprudente! Cuando lo pienso, le veo claramente caminar paso a paso hacia el desastre. ¡Si hubiese hecho caso de mis advertencias!
Llegó al palacio de Nonsuch a las diez de la mañana, hora en que la Reina estaba arreglándose. Creo que entonces debía estar realmente un poco asustado. Ahora quedaba demostrado que todas sus bravatas y presunciones de someter a Irlanda habían sido prematuras. Sabía, además, que los enemigos que tenía en la Corte estaban siempre alrededor de la Reina, deseosos de provocar su caída. Pero él no permitiría que nadie le detuviese. Él tenía que ver de inmediato a la Reina, antes de que alguien pudiese deformar los hechos y ponerla en su contra. Él era el gran Essex, y si deseaba ver a la Reina, la vería, fuese la hora que fuese.
¡Qué poco entendía a las mujeres!
Pese a los temores que yo sentía por él, no pude evitar reírme al imaginar la escena. Isabel asombrada, recién levantada de la cama, rodeada sólo de las contadas mujeres a las que permitía compartir la íntima ceremonia de su tocado.
Una mujer de sesenta y siete años no quiere que la vea en ese momento un joven admirador.
Essex me contó después que apenas si la reconoció. Estaba investida de todo menos de realeza. El pelo gris le colgaba sobre la cara, ningún colorete avivaba sus mejillas y aquel brillo de sus ojos a que tan acostumbrados estaban sus cortesanos no existía.
Y allí, ante ella, apareció Essex: lleno de barro por el viaje, pues no se había detenido siquiera a lavarse ni a cambiarse de ropa.
Ella estuvo, por supuesto, magnífica, como en cualquier circunstancia. No mostró signo alguno de estar desarreglada, de no tener la cara pintada, peluca, gorguera y un espléndido vestido. Le tendió la mano para que se la besara y dijo que le vería más tarde.
Él vino a mí triunfante. Era como si ella estuviese a sus órdenes, me contó. Había irrumpido en sus aposentos y la había visto en un estado en el que ningún hombre la había visto antes. Sin embargo, le había sonreído muy amablemente.
—¡Dios mío! Es una anciana. Hasta hoy no me había dado cuenta de lo vieja que es.
Moví la cabeza. Sabía lo que estaría pensando ella. Él la había visto en aquel estado. Me la imaginaba pidiendo un espejo, imaginaba la angustia que sentiría en su corazón cuando viese lo que el espejo reflejaba. Quizá por una vez se contemplase a sí misma tal como era realmente y no pudiese en aquel momento pretender que era ya tan lozana como la joven que había retozado con el almirante Seymour y había coqueteado con Robert Dudley en la Torre. Ambos habían muerto, y ella seguía allí, aferrándose desesperadamente a aquella imagen de su juventud que Essex había destruido aquella mañana en Nonsuch. Pensé que no lo olvidaría fácilmente.
Supliqué a Robert que tuviese mucho cuidado, pero cuando ella volvió a verle, se mostró muy complaciente y cordial.
A la cena, se le unieron sus amigos, entre ellos Mountjoy y Lord Rich, pues ninguno de los dos, en su amistad con Essex, se tenían resentimiento, pese a ser uno el amante y otro el esposo de la hermana de Essex.
Raleigh, según supe, cenó aparte con sus amigos, entre ellos Lord Grey y el conde de Shrewsbury, formidables enemigos.
Aquel mismo día, más tarde, Essex fue llamado a presencia de la Reina, que ya no se mostró amistosa. Estaba enojada de que hubiese dejado Irlanda sin su permiso, y dijo que su conducta equivalía a traición.
Esto desconcertó a Robert. Hasta entonces le había parecido muy cordial y se había mostrado amable cuando irrumpió en su aposento.
Pobre Essex, a veces pienso que fue el hombre más obtuso que he conocido. Aunque es bastante cierto que puede decirse lo mismo de muchos hombres respecto al funcionamiento de la mente femenina.
Yo podía imaginar fácilmente la entrevista. Ella no vería la figura resplandeciente que reflejaba en aquel momento el espejo del salón, sino a la vieja arrugada, recién levantada del lecho, sin ningún adorno, el pelo gris colgándole sobre la cara. Essex había visto aquello y ella no podía perdonárselo.
Se le comunicó que debía permanecer en su cámara. Era un prisionero.
Christopher vino a verme muy afectado y me informó de que Essex había sido considerado culpable de desobediencia a la Reina. Había abandonado Irlanda en contra de los deseos de ella, y había irrumpido audazmente en sus aposentos. La Reina no podía tolerar tal conducta. Le enviarían a York House y allí permanecería hasta que la Reina decidiese lo que había que hacer.
—La Corte se traslada a Richmond —dijo Christopher— No logro entenderlo. Parece como si ella ya no se preocupase por él, como si se hubiese vuelto en su contra.
Me dio un vuelco el corazón. Mi amado hijo había ido demasiado lejos.
Sin embargo, podía entender perfectamente a la Reina. No podía soportar ya estar junto a un hombre que había visto lo anciana que era. Yo siempre había sabido que era la mujer más vanidosa de su reino y que vivía en un sueño en el que ella era todo lo bella que los cortesanos aduladores la proclamaban.
Essex la había desobedecido. Había convertido la campaña irlandesa en un desastre. Todo eso podría haberse perdonado. Pero el haber arrancado la máscara de incredulidad de los ojos de ella, haber mirado lo que ningún hombre debía ver, eso constituía un pecado imperdonable.
Todos estábamos muy preocupados por él. Estaba muy enfermo. La disentería que le había atacado en Irlanda (y que quienes no creían que Leicester hubiese matado a su padre estaban seguros de que había terminado con él) persistía. No podía comer; no podía dormir. Todo esto lo sabíamos por quienes le asistían, pues no se nos permitía ir a verle.
Estábamos aterrados de que le enviasen a la Torre.
Mountjoy estaba constantemente en Leicester House. Yo sabía que Essex había mantenido durante algún tiempo correspondencia con el Rey de Escocia, así como Mountjoy y Penélope, para asegurar a aquel monarca que eran partidarios de que él heredase el trono a la muerte de Isabel. Yo siempre había considerado peligrosa aquella correspondencia, pues si las cartas caían en manos de la Reina, ella y otros las considerarían traición. Leicester nunca había sido tan imprudente. Recordaba las veces que se había visto en situaciones arriesgadas y la destreza con que había sabido cubrirse. Si mi hijo me hubiese escuchado, si hubiese hecho caso de lo que yo le había dicho… Pero, ¿de qué servía ya? No sabía escuchar, y, aunque hubiese escuchado, no habría hecho caso del consejo.
Ahora Mountjoy hacía planes para ayudar a Essex a escapar de York House y huir a Francia. Southampton, por cuya causa Essex había incurrido en la cólera de la Reina, declaró que iría con él.
Pero, irónicamente, Essex (prudente por una vez) se negó a huir.
La pobre Frances estaba desolada. Quería estar con él pero le era imposible. Desesperada, fue a la Corte a suplicarle clemencia a la Reina.
La esposa de Essex, a quien la Reina detestaba, aunque no tan ferozmente como a mí, claro, era la última persona que debería haber intentado pedirle por él, aunque, desde luego, yo, su madre, habría sido aún peor recibida. Por supuesto, los jóvenes no conocían como yo a Isabel. Sin duda se habrían reído de mí por creer que la desgracia de Essex se debía en cierto modo al hecho de haber irrumpido en sus aposentos y haberla visto sin adornos y afeites.