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Mi enemiga la reina

Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:

Desde pequeña, Lettice Knollys tuvo que oír historias fabulosas sobre su prima, la futura reina Isabel I. Cuando esta subió al trono, Lettice pudo descubrir de primera mano los encantos, y las intrigas, de la corte inglesa de la segunda mitad del siglo xvI, un lugar en que la batalla por el poder se libraba también en alcobas, gabinetes y mazmorras.
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
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—Siempre hubo rumores sobre él.

—Estuvo más cerca de mí que ningún otro. Mis Ojos… eso era realmente, mis ojos.

—Confío en que mi hijo sea un consuelo para vos, Majestad.

—Ah, el impetuoso Robin —dijo, riéndose afectuosamente—. Un muchacho encantador. Le estimo mucho.

—Entonces me alegro de haberle educado para vuestro servicio.

Me miró detenidamente.

—Parece como si el destino hubiese jugado con nosotras, Lettice —dijo—. Los dos… Leicester y Essex… Los dos próximos a ambas. ¿Resulta vuestro Blount un buen esposo?

—Doy gracias a Dios por él, Majestad.

—Os casasteis muy pronto después de la muerte de Leicester.

—Me sentía muy sola.

Ella hizo un gesto con la cabeza y añadió:

—Esa hija vuestra debería ser más prudente.

—¿Os referís a Lady Rich, Majestad?

—Lady Rich… o Lady Mountjoy… no sé por qué nombre debería llamarla.

—Ella es Lady Rich, Majestad.

—Es como su hermano. Tienen una opinión excesivamente encumbrada de sí mismos.

—La vida les ha dado mucho.

—Sí, Sidney enamorado de ella y ahora Mountjoy dispuesto a prescindir de toda norma por ella.

—Eso la lleva a tener una opinión excesiva de sí misma… lo mismo que la bondad de Vuestra Majestad lleva a Essex a sus locuras.

Se echó a reír. Luego, habló de los viejos tiempos, del buen Philip Sidney que había sido tan gran héroe, y de las tragedias de los últimos años. Le parecía especialmente cruel el hecho de que, tras la derrota de la Armada, cuando parecía habérsele quitado de los hombros un gran peso (aunque luego los mismos enemigos le echarían otro), había perdido a aquel con quien podría haber compartido sus triunfos.

Luego habló de él, de que habían estado juntos en la Torre, de que él había acudido a ella al morir su hermana…

—El primero en acudir a mí, en ofrecerme su fortuna…

Y su mano, pensé. Dulce Robin, los ojos de la Reina, qué grandes esperanzas había tenido en aquellos tiempos. Me llevó consigo, haciéndome ver de nuevo al apuesto joven… incomparable, según dijo. Creo que había olvidado por completo al viejo atacado de gota en que se había convertido.

Y parecía olvidarme también, mientras vagaba viviendo el pasado con Leicester.

Luego, de pronto, me miró fríamente.

—Bien, Lettice —dijo—. Nos hemos visto al fin. Essex ha ganado.

Me dio la mano para que la besara y me despidió.

Dejé el palacio con una sensación de triunfo.

Pasó una semana. La Reina no me llamó. Estaba deseando ver a mi hijo. Le conté lo ocurrido, que la Reina había hablado conmigo y había estado muy cordial, muy íntima incluso. Sin embargo, no había recibido después ninguna invitación para volver a la Corte.

Essex le mencionó el tema, diciéndole lo satisfecha que me sentía yo de que me hubiese recibido en privado. Y que lo que ahora deseaba ardientemente era que me permitiese besar su mano en público.

Robin me miró con tristeza.

—Es una vieja perversa —exclamó; me quedé aterrada pensando lo que pasaría si le oían los criados—. Dice que me prometió veros y que lo ha hecho. Y dice que eso es todo, que no habrá más.

—¡No querréis decir que no volverá a recibirme! —grité furiosa.

—Dice que todo sigue como siempre. No desea recibiros en la Corte. No tiene nada que deciros. Habéis demostrado no ser amiga suya y ella no tiene ningún deseo de veros.

Así pues, volvía a estar igual que antes. Nada había significado aquel breve encuentro. Era como si no se hubiese celebrado. Me la imaginé riéndose con sus damas, comentando quizá la entrevista.

«¡La Loba creyó que volvía! ¡Ja, ja! Tendrá que cambiar de idea…»Y luego se miraría en el espejo y no se vería ya como era entonces, sino como una joven recién subida al trono, en todo el esplendor de su gloriosa juventud… y a su lado su Dulce Robin, con quien nadie podía compararse.

Luego, para aplacar su dolor y como un bálsamo para sus heridas, las heridas que él le había causado prefiriéndome a mí, reiría a carcajadas de mi desilusión, de que hubiese dejado crecer mis esperanzas y haberme atrevido a acudir a ella para poder humillarme aún más.

Me aproximo ya en estas memorias a la época más trágica de mi vida, pues creo, considerándola desde aquí, que aquella terrible escena que hubo entre Essex y la Reina fue para él el principio del desastre. Estoy segura de que ella nunca se lo perdonó, como jamás me perdonó a mí el que me casara con Leicester. Lo mismo que era fiel a sus amigos, podía decirse que lo era a sus enemigos; y lo mismo que recordaba un acto de amistad y lo recompensaba una y otra vez, jamás podía olvidar un acto desleal.

Sé que Essex la provocó mucho. Su íntimo amigo, el conde de Southampton, estaba por entonces en desgracia. Elizabeth Vernon, una de las damas de honor de la Reina, sobrina de mi primer esposo, Daniel Devereux, se había hecho amante de Southampton, y Essex les había ayudado a contraer matrimonio en secreto. En cuanto la Reina se enteró, Essex declaró audazmente que no veía por qué no podían los hombres casarse como deseaban y seguir sirviendo a la Reina. Esto la irritó.

Entretanto Isabel intentaba firmar un tratado de paz con España. Odiaba la guerra, como siempre, y solía decir que sólo debía emprenderse en casos del auténtica emergencia (como en la época en que la Armada amenazaba con atacar) y debía procurarse evitarla siempre.

Essex tenía un punto de vista muy distinto, y quería poner fin a las negociaciones de paz. Consiguió por fin ganarse al Consejo, para pesar de Lord Burleigh y Robert Cecil.

Essex empezó a actuar contra sus enemigos con aquella furiosa energía típica de él. Mi hermano William que, ahora que mi padre había muerto, había heredado el título, intentó disuadirle de su vehemencia. Christopher adoraba ciegamente a Essex y, aunque en principio yo me había alegrado de que existiese esta relación cordial entre ambos, prefería que Christopher permaneciese un poco al margen. Mountjoy le previno, y lo mismo hizo Francis Bacon, recordando la estrecha amistad que le había unido siempre a Essex; pero Essex, impetuoso y temerario como siempre, no quiso prestar oídos.

La Reina desaprobaba firmemente lo que él estaba haciendo, y se lo indicó en su actitud hacia él. El asunto llegó a su apogeo un cálido día de junio y creo que fue entonces cuando Essex dio el primer paso irrevocable hacia el desastre, pues hizo lo que la Reina jamás toleraba y jamás olvidaba fácilmente: ofendió su dignidad y, de hecho, a punto estuvo de ofender a su persona.

Irlanda era un asunto muy delicado, como lo había sido siempre, y la Reina consideraba la posibilidad de enviar allí a un representante real.

Dijo que confiaba en Sir William Knollys. Era un pariente suyo del que no podía dudar de su lealtad. Su padre le había servido fielmente toda la vida y ella propuso a Sir William para la tarea.

—No servirá —gritó Essex—. El hombre adecuado para esa tarea es George Carew.

Carew había participado en la expedición a Cádiz y a las Azores. Había estado en Irlanda y conocía la situación allí. Además, era íntimo amigo de los Cecil, y si podía ser expulsado de la Corte, mucho mejor para Essex.

—He dicho William Knollys —dijo la Reina.

—Os equivocáis, Majestad —replicó Essex—. Mi tío es totalmente inadecuado para ese cargo. Vuestro hombre es Carew.

Nadie había hablado jamás a la Reina de aquel modo. Nadie le decía que estaba equivocada. Si sus ministros estaban seguros respecto a una cuestión, procuraban persuadirla suave y sutilmente para que cambiase de actitud. Burleigh, Cecil y los demás seguían esta táctica. Pero decir «Os equivocáis, Majestad» de modo tan desafiante, era algo que no podía tolerarse… ni siquiera a Essex.

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