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Электронная книга - «Los años con Laura Díaz». Краткое содержание книги:

Un recorrido por la vida íntima de una mujer y sus pasiones, los obstáculos, prejuicios, dolores, amores y alegrías que la conducen a conquistar su libertad propia y su personalidad creativa. Una saga familiar, originada en Veracruz. Laura Díaz y otras figuras de la talla de Frida Kahlo y Diego Rivera comparten aspectos centrales de la historia cultural y política del país, y nos llevan a reflexionar sobre la historia, el arte, la sociedad y la idiosincrasia de los mexicanos. En esta novela, como nunca antes, Fuentes es fiel a su propósito de describirnos el cruce de caminos donde se dan cita la vida individual y la colectiva.
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El temblor del 57 fue más cruel, más rápido, seco y tajante como un machetazo en el cuerpo dormido de la ciudad. Cuando se calmó, Laura bajó con cautela por la escalerilla circular de fierro al

piso de la recámara y lo encontró todo regado, armarios y cajones, cepillos de dientes, vasos y jabones, piedra pómez y zacates, y en la planta baja, los cuadros chuecos de la sala, las lámparas apagadas, los platos rotos, el perejil regado, las botellas de electropura cuarteadas.

Era peor afuera. Al salir a la avenida, Laura pudo darse cuenta de las salvajes averías que sufrió la casa. La fachada estaba menos cuarteada que herida a puñalazos, desgajada como una naranja, inhabitable…

El temblor despertó a los fantasmas. Los teléfonos funcionaban; mientras Laura comía una torta de frijol con sardina y bebía una chaparrita de uva, recibió una llamada de Dantón y otra de Orlando.

A su hijo menor no lo veía desde el velorio de Juan Francisco, cuando Laura escandalizó a la familia de la mujer de Dantón y sobre todo a su nuera, la niña Ayub Longoria.

– Me importan madre esa punta de apretados -le dijo Laura a su hijo.

– Está bien -le contestó Dantón-. El agua y el aceite, sabes… no te preocupes. No te faltará nada.

– Gracias. Ojalá nos veamos.

– Ojalá.

El escándalo interno de la familia política creció cuando Laura se fue a vivir a Cuernavaca con un comunista gringo, pero el dinero, puntual y abundante, de Dantón, nunca le faltó a Laura. Era trato hecho, no había más que decir. Hasta el día del temblor.

– ¿Estás bien, mamá?

– Yo sí. La casa está arruinada.

– Mandaré a unos arquitectos a verla. Múdate a un hotel y avísame para arreglártelo todo.

– Gracias. Me iré a casa de Diego Rivera.

Hubo un silencio incómodo y luego Dantón dijo con voz alegre:

– Las cosas que pasan. El techo se le cayó encima a doña Carmen Cortina. Mientras dormía. ¿La conociste? Imagínate. Sepultada en su propia cama, aplastada como un hot-cake. ¡México lindo y querido! Dicen que fue the life of the party, allá por los años treinta.

Poco después, el teléfono volvió a sonar y Laura tuvo un sobresalto. Recordó el tiempo en que dos empresas diferentes, Ericsson y Mexicana, se dividían las líneas y los números, complicándole

la vida a todo el mundo. Ella tenía Mexicana, Jorge Maura, Ericsson. Ahora había una sola compañía telefónica y a los amantes les haría falta la excitación del juego, el teléfono como disfraz, pensó Laura con nostalgia.

Como para aplazar la llamada insistente, Laura se puso a recordar todo lo que había aparecido en el mundo desde que su abuelo Philip Kelsen salió de Alemania en 1867, el cine, la radio, el automóvil, el avión, el teléfono, el telégrafo, la televisión, la penicilina, el mimeógrafo, los plásticos, la Coca-Cola, los discos LP, las medias de nylon…

Quizás el ambiente de catástrofe le recordó a Jorge Maura, acabó por asociar el ring-ring del teléfono con el latido del corazón y dudó durante algunos instantes. Sintió miedo de tomar la bocina. Trató de reconocer la voz de barítono, aflautada a propósito para sonar más inglesa, que la saludó inquiriendo.

– ¿Laura? Te habla Orlando Ximénez. Sabes la tragedia de Carmen Cortina. Murió aplastada. Mientras dormía. El techo se le vino encima. La velamos en el Gayosso de Sullivan. Pensé que, for oíd time's sake…

El hombre que bajó del taxi a las siete de la tarde la saludó desde el filo de la banqueta y luego caminó hacia ella con un paso inseguro y una sonrisa móvil, como si su boca fuese un cuadrante de radio buscando la estación correcta.

– Laura. Soy yo, Orlando. ¿No me reconoces? Mira -rió mostrando el puño y el anillo de oro con las iniciales OX. No le quedaba otra seña de identidad. La calvicie era total y él no pretendía asimilarla. Lo extraño -lo grave, se dijo Laura- era que la lisura extrema del cráneo desnudo como un trasero de bebé contrastaba tan brutalmente con el rostro infinitamente cuadriculado, cruzado por rayas minúsculas en todas las direcciones. Un rostro que era una rosa de los vientos enloquecida, con sus puntos cardinales disparados en todas direcciones; una tela de araña sin simetría.

La tez blanca, el rubio talante de Orlando Ximénez, habían resistido mal el paso de los años; las arrugas de su rostro eran tan incontables como los surcos de un campo trillado durante siglos para rendir cosechas cada vez más exiguas. Mantenía, sin embargo, la distinción de un cuerpo esbelto y bien trajeado, un Príncipe de Gales cruzado pero con corbata negra propia de la ocasión y la coquetería, inmortal en él, de un pañuelo Liberty asomando, displicentemente, por la bolsa del pecho. «Sólo los cursis y los toluqueños

usan corbata y pañuelo idénticos», le había dicho hace años, en San Cayetano, en el Hotel Regis… Orlando.

– Laura querida -dijo primero viendo que al principio no fue reconocido, y tras de plantarle dos besitos fugitivos en las mejillas se apartó para verla, tomado siempre de las manos de la mujer.

– Déjame verte.

Era el Orlando de siempre, no le devolvía el juego, lo anticipaba, le decía sin palabras «cómo has cambiado, Laura», antes de que ella pudiese decir «cómo has cambiado, Orlando».

En el trayecto a la calle de Sullivan (¿quién sería Sullivan?. ¿un autor de operetas inglesas, sólo que éste siempre iba unido como siamés a su partenaire Gilbert, como Ortega a Gasset, bromeó el irreprimible, Orlando) el viejo novio de Laura comentó la horrible muerte de Carmen Cortina y el misterio que la rodearía siempre. La famosa anfitriona de los años treinta, la mujer que con su energía rescató a la sociedad mexicana de la convulsión aletargada -si tal cosa podría decirse, es un oxímoron, de acuerdo, sonrió Orlando- llevaba años encamada, afectada de una flebitis que le impedía el movimiento… La cuestión era ¿pudo Carmen Cortina levantarse y salvarse del desplome, o la condenó su prisión física a mirar un techo que se le venía encima y la aplastaba, pues, ¿para qué andar con remilgos?, como la proverbial cucaracha…

– But 1 am a chatterbox, estoy hecho un hablantín, perdón -dijo riendo Orlando y acarició, con su mano enguantada, los dedos desnudos de Laura Díaz.

Sólo al descender del taxi en Sullivan, Orlando la tomó del brazo y le dijo al oído, no te asustes, Laura querida, vas a encontrar a todos nuestros amigos de hace veintiocho años pero no los vas a reconocer; si tienes dudas, apriétame el brazo -no te descuelgues de mí, je ten prie- y te diré al oído quién es quién.

– ¿Has leído El tiempo recobrado de Proust? ¿No? Pues es la misma situación. El narrador regresa a un salón parisino treinta años después y ya no reconoce a los amigos íntimos de su juventud. Frente a «los viejos fantoches», dice el narrador de Proust, había que usar no sólo los ojos, sino la memoria. La vejez, añade, es como la muerte. Algunos la afrontan con indiferencia, no porque sean más valientes que los demás, sino porque tienen menos imaginación.

Orlando buscó ostentosamente el nombre de CARMEN CORTINA en el tablero de las defunciones para ubicar la capilla ardiente.

– Claro, la diferencia con Proust es que él encuentra la vejez y el paso del tiempo en un elegante salón de la sociedad francesa, mientras que tú y yo, orgullosamente mexicanos, la encontramos en una agencia de pompas fúnebres.

No había el olor de flores intrusas que provoca náuseas en los velatorios. Por ello los perfumes de las mujeres presences se dejaban sentir con más ofensa. Eran como nubes finales de un cielo a punto de apagarse para siempre y una por una ellas pasaban frente al féretro abierto de Carmen Cortina, minuciosamente reconstruida por el embaís amador hasta parecerse ni a sí misma ni a ningún ser previamente vivo. Era un maniquí de aparador, como si toda su agitada vida de anfitriona social la hubiese preparado para este momento final, el acto último de lo que en vida fue una representación permanente: un maniquí recostado entre colchonetas de seda' blanca, bajo vitrina de plástico, con el pelo cuidadosamente pintado de caoba, las mejillas lisas y coloreadas, la boca obscenamente hinchada y entreabierta en una sonrisa que parecía lamer la muerte como si fuese un caramelo, la nariz retacada de algodones porque por allí se podía escapar lo que quedaba del jugo vital de Carmen y los ojos cerrados -pero sin los anteojos que la hostess manejaba con la sabiduría de los cegatones elegantes, como si fueran un rehilete a veces, un dedo de repuesto en otras, un pendiente exhausto o un stiletto amenazante. En todo caso, la batuta con que Carmen Cortina conducía su brillante opereta social.

Despojada de los anteojos, Laura no la reconoció. Estuvo a punto de sugerirle a Orlando, contagiada del inconmovible tono festivo de su primer novio, que un alma caritativa le colocase las gafas al cadáver de Carmen. Era capaz de abrir los ojos. De resucitar. Aunque tampoco reconoció a la mujer desbordada de carnes pero con perseverante cutis de nácar que era empujada en silla de ruedas por el pintor Tízoc Ambriz, él sí reconocible por sus frecuentes apariciones en las páginas de cultura y sociedad de los periódicos, convertido, por el color, el tamaño y la textura de su piel, en una escamada, negra y plateada sardina. Flaco y pequeño, vestido como siempre de mezclilla azul -pantalones, camisa y chamarra, como para singularizarse al mismo tiempo que, contradictoriamente, imponía una moda.

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