Los años con Laura Díaz
- Автор: Fuentes Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los años con Laura Díaz». Краткое содержание книги:
– Pero tú no hablaste, ¿verdad?
– No, pero me tratan como si hubiera hablado.
– Es cierto. Te están insultando. Te están tratando como si no importaras. Vamonos de aquí, los dos solos.
– ¿Por qué dices esto?
– Porque si tienes un secreto y lo respetan es porque no les pareces importante.
– Puta, bitch, crees que con tus trampas me obligas a hablar…
– A las putas los hombres les cuentan sus cuitas. Déjame ser tu puta, Harry, habla…
– Oíd bitch -rió sarcástico Harry-, puta vieja.
Ella ya no tenía capacidad para sentirse insultada. Ella misma se lo había pedido, déjame ser tu perra.
– Bueno, perra, imagina que hablé en testimonio secreto. Pero imagina, sólo mencioné a los inocentes, a Mady, a Julie. ¿Sigues mi lógica? Imaginé que por ser inocentes no los tocarían. Los tocaron. Los mataron. Yo imaginaba que sólo tocarían a los comunistas y por eso no los nombré. Me juraron que sólo andaban detrás de los rojos. Por eso imaginé a los inocentes. No los tocarían. No cumplieron con lo prometido. No imaginaron lo mismo que yo. Por eso pasé del testimonio secreto a la sesión abierta y ataqué a McCarthy.
(¿Es o ha sido usted miembro del Partido Comunista?
(Usted es el comunista, senador, usted es el agente rojo, a usted le paga Moscú, senador McCarthy, usted es el mejor propagandista del comunismo, senador
(Punto de orden, desacato, el testigo es reo de desacato al Congreso de los Estados Unidos)
– ¿Por eso pasé un año en la cárcel? ¿Por eso no tienen más remedio que respetarme y aceptarme como uno de ellos? ¿Por eso soy un héroe? Pero ¿también soy un delator? ¿Imaginan que delaté porque creí que nadie iba a probar lo improbable, que Mady Chris-tians o John Garfield eran comunistas? ¿Imaginan que nombré a los inocentes para salvar a los culpables? ¿Imaginan que no entendí la lógica de la persecución, que era convertir al inocente en víctima? ¿Imaginan que pude haber nombrado a otro amigo mío, J. Edward Bromberg, o a Maltz, a Trumbo, a Dmytrik, porque ellos sí fueron comunistas? ¿Imaginan que por eso no los nombré en la sesión secreta? ¿Imaginan que nombré sólo a los inocentes porque yo mismo pequé de inocencia? ¿Imaginan que pensé que no les podría comprobar nada a los inocentes por serlo? ¿Por eso el Comité se encargó de probarles todo lo que no eran mediante el uso del terror? ¿Era más fácil atemorizar al inocente que al culpable? ¿El culpable podía decir fui o soy comunista y pagar con honor las consecuencias? ¿Pero el inocente sólo podía negar y pagar peor que el culpable las consecuencias? ¿Es esa la lógica del terror? Sí, el terror es como una tenaza invisible que te va acogotando como el enfisema me ahoga a mí mismo. No puedes hacer nada y acabas agotado, muerto, enfermo o suicida. El terror consiste en matar de miedo al inocente. Es el arma más poderosa del inquisidor. Dime que fui un estúpido, que
no supe prever eso. Imagina que cuando me decidí a atacar al Comité, mis delaciones ya habían surtido efecto. Nadie puede desandar lo andado, Laura.
– ¿Y por qué no te delataron a ti los inquisidores, por qué no revelaron que en la sesión secreta habías dicho lo contrario que en la sesión pública?
– Porque para ellos era peor el silencio del héroe que la palabra del delator. Si revelaban mi doble juego, también revelaban el suyo y perdían un as de su baraja. Se callaron sobre mi delación, al fin y al cabo martirizaron a la gente que nombré, ése no era problema, ellos ya tenían su lista de víctimas preparada de antemano, el delator sólo confirmaba públicamente lo que ellos querían que se dijera. Muchos más denunciaron públicamente a Mady Christians y a John Garfield. Por eso se callaron sobre mi delación, me condenaron por mi rebeldía, me enviaron a la cárcel, y cuando salí me tuve que exiliar… De todos modos, me derrotaron, me hicieron imposible para mí mismo…
– ¿Todo esto lo saben tus amigos de Cuernavaca?
– No lo sé, Laura. Pero lo imagino. Están divididos. Les conviene tenerme entre ellos como mártir. Les conviene más que expulsarme como delator. Pero no me hablan ni me miran a la cara.
Ella le rogó que se fueran de Cuernavaca, los dos solos en otra parte se darían lo que podían otorgarse dos seres solitarios, dos perdedores, juntos podemos ser lo que somos siendo lo que no somos. Vamonos antes de que nos trague un inmenso vacío, mi amor, vamos a morir en secreto, con todos nuestros secretos, ven, mi amor.
– Te juro que guardaré silencio para siempre.
XXI. Colonia Roma: 1957
Cuando el terremoto de julio del 57 sacudió a la ciudad de México, Laura Díaz estaba mirando la noche desde la azotea de su vieja casa en la Avenida Sonora. Excepcionalmente fumaba un cigarrillo. En honor de Harry. Muerto tres años atrás, su piadoso amor la había dejado llena de preguntas sin respuestas y cargada de horizontes encerrados en la mente y el corazón de ella que seguía viva y no tenía un hombre porque había perdido al que amaba y ahora ella acababa de cumplir cincuenta y nueve años.
El recuerdo llenaba sus días y a veces, como ésta, sus noches. Dormía menos que antes, desde la muerte de Harry y el regreso a la ciudad de México. El destino de su amante americano la obsesionaba. No quería clasificar a Harry Jaffe como un «fracasado» porque no quería atribuir la culpa del fracaso ni a la persecución macartista ni a un vencimiento, propio, interno, de Harry. No quería admitir que, con o sin la persecución, Harry ya no escribía porque no tenía nada que decir; se refugiaba en la cacería de brujas. La destrucción sistemática de los inocentes y, lo que fue peor, de los que pensaban diferente, ocupó la vida del exiliado.
La duda persistía. ¿Coincidió la persecución con el agotamiento de las facultades de Harry, o éstas ya las había perdido y la persecución macartista fue sólo un pretexto para convertir la esterilidad en heroicidad? Él no tenía la culpa; quiso morir en España, en el Jarama, con su buddy Jim, cuando las ideas y la vida eran idénticas, cuando nada las separaba, cuando no había, Laura, esta maldita enajenación…
Desde la azotea, pensando en su pobre Harry, Laura Díaz podía contemplar, a su izquierda, la marea oscura del bosque dormido, las copas ondulantes como la respiración de un monarca anciano dormido en su trono de árboles y coronado por su castillo de piedra.
A la derecha, muy lejos, el dorado Ángel de la Independencia añadía a su brillo pintado la luz de los reflectores que destacaba la silueta aérea de la áurea damisela porfirista disfrazada de diosa griega pero representando, travestí celestial, al ángel macho de una gesta femenina, la Independencia… El-1 Ángel-a levantaba un laurel con la mano derecha y desplegaba las alas para iniciar un vuelo que no era éste, catastrófico, brutal, abrupto, desde lo alto de la aérea columna al aire mismo, hasta chocar y hacerse pedazos en la base misma del pedestal, caída como la de Luzbel, arruinada/arruinado el Ángel-Ángeles aéreo vencido por la tierra trémula.
Laura Díaz vio la caída del Ángel y quién sabe por qué, pensó que no era tal Ángel, era la señorita Antonieta Rivas Mercado, que míticamente posó para el escultor Enrique AJciati sin imaginar que un día su bella efigie, su cuerpo entero, iban a caer hechos pedazos al pie de la esbelta columna conmemorativa. Miró la marea del bosque y la caída del Ángel pero sintió sobre todo que su propia casa crujía, se quebraba como las alas del Ángel, se cuarteaba en tres como una tortilla frita entre los dientes de la monstruosa ciudad que una noche recorrió con Orlando Ximénez para ver el rostro de la verdadera miseria de México, la miseria invisible, la más horrible de todas, la que no se atreve a mostrarse porque no tiene nada que pedir y nadie le dará, de todas maneras, nada.
Esperó a que el terremoto se cansara.
Lo mejor que podía hacer era no moverse. No había otro modo de combatir a esa fuerza telúrica, resignarse pero vencerla con su figura opuesta, la inmovilidad.
Sólo había conocido otro gran temblor, en el año 42, cuando la ciudad se cimbró debido a un hecho insólito: mientras un campesino michoacano araba la tierra, empezó a salir humo de un hoyo y del hoyo emergió, en unas cuantas horas, como si la tierra en verdad pariera, un volcán-niño, el Paricutín, vomitando roca, lava, centellas. Su fulgor podía verse desde muy lejos todas las noches. El fenómeno «Paricutín» era divertido, asombroso, asimilable por extravagante, aunque el nombre real del lugar fuese impronunciablemente purépecha: Paranguaricutiro, abreviado a «Paricutín». Un país en el que un volcán aparece de la noche a la mañana, salido de la nada, es un país donde puede ocurrir cualquier cosa…