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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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Edklinth carraspeó.

– Ese gobierno de centro-derecha cedió el poder al gobierno de Olof Palme. No es ningún secreto que algunos de los que me precedieron en la DGP /Seg albergaban unas ideas bastante curiosas sobre Palme…

– ¿Quiere eso decir que a alguien se le olvidó informar al gobierno socialdemócrata?…

Edklinth asintió.

– Quiero recordarles que Fälldin estuvo en el poder durante dos mandatos. Y en ambos se resquebrajó el gobierno de coalición. Al principio le entregó el poder a Ola Ullsten, quien lideró un gobierno de minoría en 1979. Luego, el gobierno volvió a romperse una vez más, cuando el Partido Moderado abandonó y Fälldin gobernó con los liberales. Lo más seguro es que, durante el traspaso de poderes al gobierno entrante se produjera un cierto caos en la Cancillería del gobierno. Es incluso posible que un asunto como el de Zalachenko se mantuviese dentro de un círculo tan reducido que, simplemente, el primer ministro Fälldin no estuviera muy al corriente y que por eso no tuviera en realidad nada sustancial sobre lo que informar a Palme.

– Y en ese caso ¿quién es el responsable? -preguntó el primer ministro.

Todos menos Monica Figuerola negaron con la cabeza.

– Supongo que resulta inevitable que esto se filtre a los medios de comunicación -dijo el primer ministro.

– Lo van a publicar Mikael Blomkvist y Millennium. Dicho de otro modo: nos encontramos en una situación que nos obliga a actuar.

Edklinth se afanó en incluir las palabras «nos encontramos». El primer ministro asintió. Se dio cuenta de la gravedad de la situación.

– Bueno, ante todo debo agradecerle que haya venido a informarme de este asunto con tanta celeridad: No suelo aceptar este tipo de visitas apresuradas, pero el ministro de Justicia me dijo que usted era una persona sensata y que algo extraordinario tenía que haber ocurrido para que quisiera verme saltándose todos los cauces normales.

Edlinth suspiró algo aliviado. Pasara lo que pasase, por lo menos no sería objeto de la ira del primer ministro.

– Ahora sólo nos queda decidir cómo actuar. ¿Tiene alguna idea?

– Quizá -contestó Edklinth dubitativo.

Permaneció callado tanto tiempo que Monica Figuerola carraspeó.

– ¿Podría decir algo?

– Adelante -le respondió el primer ministro.

– Si resulta que el gobierno no está al tanto de esta operación, entonces es ilegal. El responsable en esos casos es el delincuente, o sea, el o los funcionarios que hayan sobrepasado sus límites. Si podemos verificar todas las afirmaciones que hace Mikael Blomkvist, un grupo de empleados de la policía de seguridad se ha dedicado a realizar actividades delictivas. A partir de ahí el problema se divide en dos.

– ¿Qué quiere usted decir?

– Primero hay que responder a la pregunta de cómo ha sido posible todo esto. ¿De quién es la responsabilidad? ¿Cómo ha podido surgir una conspiración así dentro del marco de una organización policial establecida? Quiero recordarles que yo misma trabajo para la DGP /Seg y que estoy orgullosa de hacerlo. ¿Cómo ha podido prolongarse durante tanto tiempo? ¿Cómo han podido ocultar y financiar las actividades?

El primer ministro asintió.

– Por lo que se refiere a ese primer aspecto, ya se escribirán libros sobre todo eso -prosiguió Monica Figuerola-. Pero una cosa está clara: tiene que haber una financiación y estamos hablando, como poco, de varios millones de coronas al año. He echado un vistazo al presupuesto de la policía de seguridad y no he encontrado nada que pueda hacer referencia al club de Zalachenko. Pero, como usted bien sabe, hay una serie de fondos ocultos a los que tienen acceso el jefe administrativo y el jefe de presupuesto, pero no yo.

El primer ministro asintió apesadumbrado. ¿Por qué la gestión de la Säpo tenía que ser siempre una pesadilla?

– El otro aspecto del problema versa sobre las personas involucradas. O, más concretamente, sobre las que habría que detener.

El primer ministro hizo una mueca.

– Desde mi punto de vista, todas esas cuestiones dependen de la decisión que usted tome durante los próximos minutos.

Torsten Edklinth contuvo la respiración. Si hubiese podido darle una patada en la espinilla a Monica Figuerola, lo habría hecho: al afirmar que el responsable era el primer ministro en persona, se acababa de cargar de un solo golpe toda la retórica. Él ya había pensado llegar a la misma conclusión, pero no sin antes dar un largo rodeo diplomático.

– ¿Y qué decisión piensa usted que debería tomar? -preguntó el primer ministro.

– Tenemos intereses comunes. Llevo tres años trabajando en protección constitucional y considero que es una misión de capital importancia para la democracia sueca. Durante los últimos años la policía se ha portado bien en contextos constitucionales. Como es natural, no quiero que el escándalo afecte a la DGP /Seg. Para nosotros es importante destacar que se trata de una actividad delictiva llevada a cabo por ciertos individuos a título personal.

– Definitivamente, una actividad de este tipo no cuenta con la autorización del gobierno -aclaró el ministro de Justicia.

Monica Figuerola asintió con la cabeza y reflexionó unos segundos.

– Desde su perspectiva, supongo que resulta importante que el escándalo no afecte al gobierno, que es lo que sucedería si se intentara ocultar la historia -dijo ella.

– El gobierno no suele ocultar actividades criminales -le respondió el ministro de Justicia.

– No, pero partamos de la hipótesis de que quisiera hacerlo: se convertiría en un escándalo de enormes proporciones.

– Continúe -dijo el primer ministro.

– La situación actual se complica por el hecho de que, para poder investigar esta historia, los de protección constitucional, en la práctica, nos vemos obligados a ir en contra de nuestro reglamento. Queremos que se haga de forma jurídica y constitucionalmente correcta.

– Todos lo queremos -apostilló el primer ministro.

– En tal caso, propongo que usted, en calidad de primer ministro, le ordene a protección constitucional que investigue todo este lío cuanto antes. Denos una orden por escrito y concédanos las competencias necesarias.

– No estoy seguro de que lo que usted propone sea legal -dijo el ministro de Justicia.

– Sí. Es legal. El gobierno tiene poder para tomar medidas de gran alcance en el caso de que la Constitución se vea amenazada de ser modificada de una forma ilegítima. Si un grupo de militares o policías empieza a llevar una política exterior independiente, lo que tenemos, de facto, es que en nuestro país se ha producido un golpe de Estado.

– ¿Una política exterior…? -preguntó el ministro de Justicia.

El primer ministro asintió de repente.

– Zalachenko era desertor de un país extranjero -le recordó Monica Figuerola-. La información que él iba revelando se entregaba, según Mikael Blomkvist, a servicios de inteligencia extranjeros. Si el gobierno no estaba informado, nos encontramos con que se ha dado un golpe de Estado.

– Entiendo su argumentación -dijo el primer ministro-. Ahora déjeme hablar a mí.

Se levantó y dio una vuelta alrededor de la mesa del salón. Al final se detuvo delante de Edklinth.

– Tiene usted una colaboradora muy inteligente. Además, no se anda con rodeos.

Edklinth tragó saliva y asintió. El primer ministro se volvió hacia su ministro de Justicia.

– Llama a tu secretario de Estado y al director jurídico. Mañana por la mañana quiero un documento que le otorgue a protección constitucional poderes extraordinarios para actuar en este asunto. La misión consiste en estudiar el grado de veracidad de las afirmaciones que hemos comentado hoy, recabar documentación acerca de su envergadura e identificar a las personas que son responsables o están implicadas.

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