La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
– Sí. Pero es un idiota.
– En eso te doy la razón.
– ¿Lo conoces?
– Claro que sí. Fue mi jefe durante tres meses a mediados de los años ochenta, cuando trabajé cubriendo una baja. Es un cabrón que manipula a la gente. Además…
– ¿Además qué?
– Bah, nada. No quiero ir por ahí soltando cotilleos.
– Dime.
– Una chica llamada Ulla no sé qué y que también trabajaba como sustituta dijo que él la acosaba sexualmente. No sé cuánto hubo de verdad y cuánto de falso en todo aquello, pero el comité de empresa no hizo nada al respecto y a ella no le prorrogaron el contrato, cosa que sí iban a hacer antes.
Erika Berger miró el reloj, suspiró, salió de la cama y desapareció en dirección a la ducha. Mikael ni se había movido cuando ella salió, se secó y se puso la ropa.
– Yo me quedo un rato más -dijo él.
Ella le dio un beso en la mejilla, se despidió con la mano y se marchó.
Monica Figuerola aparcó a veinte metros del coche de Göran Mårtensson, en Luntmakargatan, muy cerca de Olof Palmes gata. Lo vio caminar unos sesenta metros hasta el parquímetro y pagar. Luego él se fue andando hasta Sveavägen.
Monica Figuerola pasó de pagar el aparcamiento: si se entretuviera en el parquímetro lo perdería. Siguió a Mårtensson hasta Kungsgatan, donde éste giró a la izquierda y entró en Kungstornet. Ella refunfuñó pero no le quedaba otra elección, así que esperó tres minutos y luego entró en el café. Estaba sentado en la planta baja hablando con un hombre de unos treinta y cinco años. Era rubio y parecía estar en bastante buena forma. «Un madero, pensó Monica Figuerola.»
Lo identificó como el hombre que Christer Malm había fotografiado delante del Copacabana el uno de mayo.
Pidió un café, se sentó en el otro extremo del local y abrió el Dagens Nyheter. Mårtensson y su acompañante hablaban en voz baja. No pudo oír ni una sola palabra de lo que decían. Sacó su teléfono y fingió hacer una llamada, algo totalmente innecesario, ya que ninguno de los dos hombres la estaba mirando. Les hizo una foto que sabía que iba a ser de 72 dpi y, por lo tanto, de demasiada baja calidad para publicarla. Sin embargo, podía servir como prueba de que el encuentro se había celebrado.
Al cabo de algo más de quince minutos, el hombre rubio se levantó y abandonó el Kungstornet. Monica Figuerola se maldijo por dentro: ¿por qué no se habría quedado fuera? Lo habría reconocido en cuanto hubiera salido. Quiso levantarse e ir tras él enseguida. Pero Mårtensson continuaba allí, tranquilo, tomándose su café. No quería llamar la atención levantándose y siguiendo a ese desconocido interlocutor.
Pasados unos cuarenta segundos Mårtensson fue al baño. En cuanto cerró la puerta, Monica Figuerola se puso de pie y salió a Kungsgatan. Miró a diestro y siniestro, pero el hombre rubio ya no estaba.
Se la jugó y fue corriendo hasta la intersección de Kungsgatan con Sveavägen. No lo vio por ninguna parte, de modo que bajó a toda prisa hasta el metro. Ni el menor rastro de él.
Volvió a Kungstornet. Mårtensson también había desaparecido.
Erika Berger empezó a soltar palabrotas descontroladamente cuando volvió al sitio donde había aparcado su BMW el día anterior, a dos manzanas de Samirs gryta.
El coche permanecía allí. Pero durante la noche alguien le había pinchado las cuatro ruedas. «Malditas putas ratas de alcantarilla», comenzó a decir mientras le hervía la sangre de rabia.
No había muchas alternativas. Llamó a la grúa y explicó la situación. No tenía tiempo de quedarse esperando, de modo que introdujo las llaves en el tubo de escape para que los de la grúa pudieran entrar en el coche. Luego bajó a Mariatorget y paró un taxi.
Lisbeth Salander entró en la página web de Hacker Republic y constató que Plague estaba conectado. Le pinchó.
– Hola, Wasp. ¿Qué tal las cosas por Sahlgrenska?
– Relajadas. Necesito tu ayuda.
– Vaya, vaya.
– Nunca creí que te la fuera a pedir.
– Debe de ser algo serio.
– Göran Mårtensson, residente en Vällingby. Necesito acceso a su ordenador.
– Vale.
– Debes transferirle todo el material a Mikael Blomkvist, a Millennium.
– De acuerdo. Eso está hecho.
– Gran hermano tiene pinchado el teléfono de Blomkvist y probablemente también su correo. Tienes que mandarlo todo a una dirección de Hotmail.
– Vale.
– Si yo no estoy accesible, Blomkvist te pedirá ayuda. Necesita poder ponerse en contacto contigo.
– Mmm.
– Es un poco cabeza cuadrada, pero te puedes fiar de él.
– Mmm.
– ¿Cuánto quieres?
Plague permaneció en silencio durante unos segundos.
– ¿Esto tiene que ver con tu situación?
– Sí.
– ¿Te puede ayudar?
– Sí.
– Entonces te lo regalo.
– Gracias. Pero siempre pago mis deudas. Voy a necesitar tu ayuda hasta el juicio. Te pagaré 30.000.
– ¿Te lo puedes permitir?
– Me lo puedo permitir.
– Vale.
– Me parece que tendremos que recurrir a Trinity. ¿Crees que podrás convencerlo para que venga a Suecia?
– ¿Para hacer qué?
– Lo que mejor sabe hacer. Le pagaré sus honorarios habituales + gastos.
– De acuerdo. ¿Quién?
Le explicó lo que quería que hicieran.
El viernes por la mañana, el doctor Anders Jonasson parecía preocupado cuando contempló de modo educado a un inspector Hans Faste sumamente irritado al otro lado de la mesa.
– Lo lamento -dijo Anders Jonasson.
– No lo entiendo. Pensé que Salander se había recuperado. He venido a Gotemburgo en parte para poder interrogarla y en parte para preparar su traslado a una celda de Estocolmo, que es donde debe estar.
– Lo lamento -repitió Anders Jonasson-. Me encantaría deshacerme de ella porque no nos sobran precisamente habitaciones en el hospital. Pero…
– ¿Y si está fingiendo?
Anders Jonasson se rió.
– No creo que sea muy probable. Debes entender lo siguiente: a Lisbeth Salander le han pegado un tiro en la cabeza. Yo le saqué una bala del cerebro, pero, a partir de ese momento, que sobreviviera o no era una lotería. Sobrevivió y su evolución ha sido extraordinariamente satisfactoria… tan buena que mis colegas y yo estábamos dispuestos a darle el alta. Y justo ayer observamos un claro empeoramiento. Se quejó de un fuerte dolor de cabeza y, de repente, la fiebre le empieza a subir y bajar. Ayer por la tarde tenía 38 y vomitó en dos ocasiones. Le bajó en el transcurso de la noche y se mantuvo casi sin fiebre, de modo que pensé que se trataba de algo pasajero. Pero cuando la examiné esta mañana le había subido a 39, lo cual es grave. Durante el día le ha vuelto a bajar.
– Entonces, ¿qué le pasa?
– No lo sé, pero el hecho de que su fiebre esté oscilando indica que no se trata de una gripe ni de nada parecido. No sabría decirte a qué se debe con exactitud, pero podría ser algo tan sencillo como una alergia a algún medicamento o alguna otra cosa con la que haya tenido contacto.
Buscó una imagen en el ordenador y le mostró la pantalla a Hans Faste.
– He mandado hacer un escáner craneal. Como puedes observar, justo aquí, en torno a la herida de la bala, hay una zona más oscura. No consigo saber de qué se trata. Podría ser la misma cicatrización, pero también una pequeña hemorragia. Así que, hasta que no sepamos qué es lo que ocurre, no le voy a dar el alta; por muy urgente que sea.
Hans Faste asintió, resignado. No era cuestión de contradecir a un médico, una persona que tiene poder sobre la vida y la muerte y es lo más cercano al representante de Dios que hay sobre la tierra. A excepción de la policía, tal vez. Fuera como fuese, Faste no tenía ni competencia ni conocimientos para determinar la gravedad del estado de Lisbeth Salander.