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Электронная книга - «Un artista del mundo flotante». Краткое содержание книги:

Ultimamente he de reconocer que cada vez me gusta m?s la literatura japonesa, su estilo me tiene enganchado. Narraci?n directa, sencilla, pero siempre con un “algo” que te atrapa. Esta novela de Ishiguro no es una excepci?n.
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En fin, veo que me estoy desviando del tema. Mi propósito no era otro que relatarles la conversación que tuve con Setsuko el mes pasado, cuando entró en el recibidor para cambiar las flores.

Recuerdo que Setsuko se había sentado ante el altar budista y había empezado a quitar las flores más marchitas que lo decoraban. Yo, sentado detrás de ella, observaba el cuidado con que sacudía cada tallo antes de depositarlo en sus rodillas. Nuestra conversación era alegre, pero en un momento dado dijo, sin apartar la mirada de las flores:

– Discúlpeme por lo que le voy a decir, padre, aunque sin duda también usted lo habrá pensado.

– ¿De qué se trata, Setsuko?

– Si se lo comento, es porque no creo que la boda de Noriko plantee ya graves problemas.

Setsuko había empezado a poner las flores frescas traídas momentos antes en los jarrones que rodeaban el altar. Colocaba las flores de una en una y con mucho cuidado, haciendo una pausa entre flor y flor para ver el efecto.

– Sólo quería decir -prosiguió- que una vez que se empiece a hablar en serio en la boda, debería usted tomar algunas precauciones.

– ¿Precauciones? Eso ya lo sé. Vamos a ser muy prudentes. Pero ¿qué quieres decir en realidad?

– Discúlpeme, me estaba refiriendo a las averiguaciones.

– Pero claro. Seremos muy minuciosos, te lo aseguro. Contrataremos al mismo indagador que el año pasado. Recordarás que cumplió muy bien su tarea.

Setsuko cambió un tallo de sitio con mucho cuidado.

– Discúlpeme, pero es posible que no me esté expresando con claridad. En realidad, me refería a sus averiguaciones.

– Lo siento, pero no sé qué quieres decirme. ¿Acaso piensas que tenemos algo que ocultar? Setsuko se rió nerviosa.

– Debe usted perdonarme, padre. Ya sabe que nunca he tenido facilidad de expresión. Suichi siempre está reprendiéndome porque me expreso mal. El no tiene ningún problema. Debería fijarme más y tomarle como ejemplo.

– Si te expresas muy bien; lo que no entiendo es qué quieres decir.

Setsuko, de pronto, interrumpió su tarea.

– Imposible, hay demasiado viento -dijo suspirando, y volvió a ocuparse de las flores-. Por lo visto, al viento no le gusta cómo las he puesto. -Durante unos instantes volvió a quedarse pensativa y después añadió-: Perdóneme, padre. Si Suichi se viese en esta situación, se expresaría mucho mejor. Pero claro, no es el caso. Sólo quería decirle que quizá sería prudente que tomase usted algunas precauciones. Para evitar que haya malentendidos. Noriko va a cumplir ya veintiséis años y no podemos permitirnos que sufra otra decepción como la del año pasado.

– ¿Qué malentendidos?

– Sí, referentes al pasado. Pero vamos, seguro que ya ha pensado usted en todo y hará lo que esté en su mano; no sé por qué se lo digo.

Setsuko volvió a sentarse, contempló su obra y, con una sonrisa en los labios, me comentó:

– Estas cosas no se me dan bien -dijo señalando las flores.

– Eso no es verdad. Te ha quedado muy bien. Miró el altar no demasiado satisfecha y dejó entrever una sonrisa.

Fue ayer, mientras disfrutaba del viaje en tranvía camino del tranquilo barrio de Arakawa, cuando acudió a mi mente esta conversación. El sentimiento inmediato que me produjo fue de rabia. El paisaje que veía a través de la ventana se hacía cada vez más armonioso conforme avanzábamos hacia el sur.

De pronto, se me apareció la imagen de mi hija, sentada frente al altar y aconsejándome que «tomara precauciones», y volví a recordar el modo de volver ligeramente el rostro hacia mí para decirme: «No podemos permitirnos que sufra otra decepción como la del año pasado», así como la expresión de malicia con que, la primera mañana de su visita, me había insinuado que yo le ocultaba algo sobre la retractación de los Miyake, el año anterior. Durante este último mes, esos recuerdos me han puesto de mal talante más de una vez; sin embargo, hasta ayer no fui capaz de ver con más lucidez mis propios sentimientos, debido sin duda al sosiego de viajar solo a las zonas más tranquilas de la ciudad, y comprendí que mi rabia no recaía tanto en Setsuko como en su marido.

Es natural, supongo, que una mujer se vea influida por las ideas de su marido, incluso en casos como el de Suichi, en que las ideas carecen de todo fundamento. Pero cuando un marido pone en contra a dos miembros de una familia, como son un padre y una hija, el asunto ya adquiere matices más serios. Desde un principio siempre me había portado de un modo tolerante con Suichi, excusando algunos aspectos de su conducta por lo que había sufrido en Manchuria. Por ejemplo, nunca me consideraba atacado cuando manifestaba su animadversión contra mi generación, cosa que sucedía no pocas veces; y siempre he pensado que se le pasaría con el tiempo. No obstante, parece que en Suichi esos sentimientos van en aumento, y cada día es más mordaz e intransigente.

Nada de esto me importaría (después de todo viven lejos y como máximo los veo una vez al año) si no fuera porque últimamente, desde la visita que Setsuko nos hizo el mes pasado, parece que Noriko está asimilando las mismas insensateces. En realidad es lo que más me irrita, y de hecho estos últimos días he tenido la tentación de escribir una carta a Setsuko, recriminándole su actitud. Que un marido y su mujer se pongan a elucubrar ideas absurdas me deja indiferente, lo que no puedo tolerar es que las hagan públicas. Estoy seguro de que un padre más severo que yo habría reaccionado hace tiempo.

Durante el mes pasado sorprendí más de una vez a mis hijas en plena conversación y, al acercarme, las veía callarse con cara de cómplices y al rato iniciar una nueva conversación, completamente intrascendente. Durante los cinco días de la visita de Setsuko, recuerdo que ocurrió esto al menos tres veces. Por si fuera poco, el otro día por la mañana, mientras acabábamos de desayunar, me dijo Noriko:

– Ayer pasé por los almacenes Shimizu y ¿sabe a quién vi en la parada del tranvía? A Jiro Miyake.

– ¿A Miyake? -Sorprendido por la insolencia con que Noriko pronunciaba ese nombre, levanté la mirada del bol-. ¡Pues qué mala suerte!

– ¿Mala suerte? La verdad es que me alegré de verlo. Aunque me pareció que se sentía violento y no le hablé durante mucho rato. De todas formas, yo tenía que volver a la oficina, había salido a hacer unas compras. ¿Sabía usted que está prometido?

– ¿Eso te dijo? ¡Vaya un caradura!

– Bueno, yo inicié el tema. Le dije que estaba en plenas conversaciones de matrimonio y le pregunté cuál era su situación. Se lo pregunté así, de pronto, y no se imagina lo colorado que se puso. Al final me dijo que estaba prometido. Que prácticamente estaba todo arreglado.

– Pero Noriko, no deberías ser tan indiscreta. ¿Por qué tuviste que hablar de ese tema?

– Sentía curiosidad. Ya no es algo que me angustie. Las negociaciones de ahora marchan muy bien. El otro día me decía a mí misma que sería una lástima que Jiro Miyake se siguiera lamentando por lo del año pasado. Puede imaginarse qué contenta me puse al ver que ya estaba prácticamente prometido.

– Ya.

– Espero conocer pronto a su novia. Seguro que es encantadora, ¿no cree usted, padre?

– Sí, seguro. Seguimos comiendo y al cabo de un rato me dijo:

– Estuve a punto de preguntarle otra cosa. Pero me contuve -Se inclinó hacia mí y susurró-: Casi le pregunto por qué se retractaron.

– Menos mal que no lo hiciste. Además, en su momento, ya lo dejaron bien claro. Pensaron que el muchacho no se encontraba socialmente a tu altura.

– Pero usted sabe que aquello sólo fue una excusa. El verdadero motivo no lo llegamos a saber. O al menos nunca llegó a mis oídos.

El tono de su voz me hizo alzar la mirada. Noriko había levantado los palillos del bol, esperando alguna respuesta por mi parte. Al ver que yo seguía comiendo continuó:

– ¿Por qué cree usted que se echaron atrás? ¿No ha descubierto nada?

– No, no he descubierto nada. Como te he dicho, pensaron que el joven, por su posición, no se encontraba a tu altura. Es una razón muy válida.

– Padre, quizá yo no era lo que querían para su hijo. Quizá no me encontraron lo suficientemente bonita. ¿Cree usted que pudo ser eso?

– No tuvo nada que ver contigo, y lo sabes muy bien. Una familia se puede echar atrás por muchos motivos.

– Pues si no tuvo nada que ver conmigo, no entiendo por qué se retractaron así, de pronto.

Mi hija había pronunciado estas palabras con mucha calma, lo cual era en ella poco natural. También pudo ser imaginación mía, aunque es difícil que a un padre se le escapen ciertos detalles cuando habla con sus hijos.

En cualquier caso, aquella charla con Noriko me trajo a la memoria la conversación que mantuve con Jiro Miyake cierta vez que me lo encontré en una parada del tranvía, hace justamente un año. Por aquel entonces, las negociaciones con la familia Miyake seguían su curso normal, y el encuentro tuvo lugar a última hora de la tarde, cuando las calles se llenan de gente que vuelve a su casa tras la jornada laboral. No sé por qué motivo, había estado deambulando por el barrio de Yoko-te y me dirigía hacia la parada del tranvía que hay frente al edificio de la empresa Kimura. Si ya conocen el barrio, sabrán que encima de las tiendas de la zona hay toda una serie de despachos pequeños, bastante sórdidos. Aquel día, Jiro Miyake acababa de bajar por unas escaleras estrechas entre las fachadas de dos tiendas. Salía de uno de esos despachos.

Previamente, me había encontrado con él dos veces, pero en reuniones familiares a las que se había presentado vestido con lo mejor que tenía. Aquella tarde, sin embargo, parecía otra persona, ataviado con un impermeable raído, que además le estaba grande, y una cartera bajo el brazo. Por su aspecto, era el típico chico de los recados a quien todo el mundo le da órdenes y, de hecho, parecía en todo momento dispuesto a hacer una reverencia. Le pregunté si trabajaba en la oficina de la que acababa de salir y empezó a reírse nervioso, como si lo hubiese sorprendido a las puertas de alguna casa de mala reputación.

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