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Электронная книга - «Un artista del mundo flotante». Краткое содержание книги:

Ultimamente he de reconocer que cada vez me gusta m?s la literatura japonesa, su estilo me tiene enganchado. Narraci?n directa, sencilla, pero siempre con un “algo” que te atrapa. Esta novela de Ishiguro no es una excepci?n.
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Advertí que se ponía realmente muy violento. Primero pensé que se debía al hecho de encontrarnos de un modo tan fortuito; después comprendí que el verdadero motivo era la mala apariencia del edificio que albergaba su oficina y la sordidez que lo rodeaba. Sólo cerca de una semana más tarde, al enterarme de que los Miyake se habían echado atrás, intenté rememorar cualquier detalle de aquel encuentro que me ayudara a entender lo sucedido.

– Me gustaría saber -le dije a Setsuko en una de sus visitas- si mientras hablaba con él aquel día, ya habían tomado la decisión de retractarse.

– Eso explicaría el estado de nervios en que lo vio usted, padre -dijo Setsuko-. ¿Y no dijo nada que dejase entrever sus intenciones?

Sin embargo, incluso entonces, una semana después del encuentro, apenas recordaba la conversación que había tenido con el joven Miyake. Como es natural, aquella tarde yo aún pensaba que su compromiso con Noriko sería cuestión de días y que, en realidad, estaba tratando con un futuro miembro de mi familia. Por lo tanto, me preocupé sobre todo de que el joven Miyake se sintiese relajado. De lo contrario habría prestado más atención a lo que hablamos aquella tarde camino de la parada del tranvía y durante los pocos minutos que estuvimos esperando juntos.

Bien es verdad que, al reflexionar sobre este asunto durante los días que siguieron, también se me ocurrió que quizá aquel encuentro había contribuido a que se retractaran.

– Cabe la posibilidad -le sugerí a Setsuko- de que a Jiro Miyake le diera vergüenza que yo viese dónde trabajaba. Quizá le hizo ver claro el abismo que separaba a nuestras familias. Después de todo es un factor en el que insistieron mucho. No pudo ser una mera excusa.

Pero, por lo visto, a Setsuko no la convenció mi teoría y una vez en su casa, con su marido, debió de hacer no pocas elucubraciones sobre el fracaso del compromiso, ya que este año ha vuelto con sus propias teorías, o al menos las de Suichi. De modo que me veo obligado una vez más a pensar en aquel encuentro y a considerarlo desde otro punto de vista. Si, como he dicho, una semana después no me acordaba de lo ocurrido, mucho menos ahora, cuando ha pasado ya un año.

Aun así, pude recordar un fragmento de nuestra conversación al que anteriormente había concedido poca importancia. Nos encontrábamos los dos en la calle, frente al edificio de la empresa Kimura. Mientras esperábamos cada uno nuestro tranvía, recuerdo que Miyake dijo:

– Hoy en el trabajo nos han dado una mala noticia. El presidente de nuestra casa matriz acaba de fallecer.

– Lo lamento mucho. ¿Era muy mayor?

– Tenía poco más de sesenta años. Nunca tuve ocasión de verle en persona, pero sí he podido ver fotos suyas en nuestras revistas. Era un ser excepcional. Nos hemos sentido todos como si hubiésemos perdido a un padre.

– Debe haber sido un mal trago para ustedes.

– Sí lo ha sido -dijo Miyake. Y tras hacer una pausa prosiguió-: Sin embargo, en el despacho estamos un poco confundidos respecto de cuál sea la mejor manera de presentarle nuestros respetos. Le seré sincero. Nuestro presidente se ha suicidado.

– ¿De veras?

– Sí, señor. Con gas. Pero primero intentó hacerse el harakiri; le encontraron algunos arañazos en el vientre. -Miyake bajó la cabeza y con tono solemne añadió-: Fue su forma de pedir perdón en nombre de las empresas que dirigía.

– ¿Qué quería que le perdonaran?

– Nuestro presidente se sentía responsable de determinados negocios en los que estuvimos envueltos durante la guerra. Los americanos ya habían despedido a dos dirigentes, pero es obvio que a nuestro presidente no le pareció suficiente. Con lo que hizo pidió perdón en nombre de todos nosotros a las familias de los que murieron en la guerra.

– Pues me parece excesivo -dije-. Por lo visto el mundo se ha vuelto loco. Esta misma noticia se oye actualmente a diario. Gente que se quita la vida para pedir perdón. Pero dígame, señor Miyake, ¿no cree usted que es una lástima? Si su país está en guerra, lo normal es hacer lo posible por defenderlo. Para mí no es ninguna vergüenza. ¿Qué necesidad hay de matarse para pedir perdón?

– Tiene usted toda la razón, pero, para serle sincero, de algún modo nuestra empresa se siente más tranquila en estos momentos. Ahora ya podemos olvidar los errores que cometimos en el pasado y pensar en el futuro. Lo que ha hecho nuestro presidente es admirable.

– Y también es una lástima. En algunos casos son nuestros mejores hombres los que se quitan la vida.

– Como dice usted, es una lástima. Sobre todo cuando vemos que hay quienes deberían pedir perdón entregando sus vidas, pero son demasiado cobardes e incapaces de enfrentarse con sus responsabilidades. Por eso son sólo los hombres verdaderamente nobles, como nuestro presidente, los que aceptan el sacrificio. Sé que hay muchos auténticos criminales de guerra que han recuperado los puestos que ostentaron durante la contienda, y son ellos los que deberían pedir perdón.

– Entiendo lo que quiere decir -dije-. Pero son personas que lucharon y trabajaron honestamente por nuestro país. Es injusto llamarles criminales de guerra. Es una expresión que hoy se dice muy a la ligera.

– Pero son los que llevaron el país a la perdición. Por lo menos deberían reconocer que son responsables. No admitir sus errores es una cobardía. Sobre todo errores que cometieron en nombre de todo el país. Esa es la gran cobardía.

Me pregunto si aquellas fueron realmente sus palabras, ya que es posible que me esté confundiendo con el tipo de expresiones que suele emplear Suichi. Sí, es lo más probable. En aquella época llegué a considerar a Miyake como a mi futuro yerno, y es fácil que ahora lo asocie con el verdadero. Frases como «ésa es la gran cobardía» me parecen mucho más propias de Suichi que de Jiro. El joven Miyake tiene un carácter bastante más blando. Sin embargo, estoy seguro de que aquel día, en la parada del tranvía, tuvimos una conversación similar, aunque me parece extraño que tratara este tema. Ahora que lo pienso, la frase «ésa es la gran cobardía» es de Suichi, no me cabe la menor duda. Recuerdo que la pronunció la tarde en que enterramos las cenizas de Kenji.

Las cenizas de mi hijo habían tardado más de un año en llegar desde Manchuria. Siempre nos decían que era debido a los obstáculos que ponían los comunistas. Y cuando por fin llegaron las cenizas, así como las de otros veintitrés jóvenes caídos como él en una desesperada incursión por un campo de minas, nadie nos garantizó que fueran realmente las cenizas de Kenji, ni sus cenizas únicamente. «Si no son sólo las cenizas de mi hermano -me había escrito Setsuko por aquel entonces-, no pueden estar mezcladas más que con las de sus camaradas. Y ése no es motivo de queja por nuestra parte.» Aceptamos por lo tanto que se trataba de las cenizas de Kenji y, aunque tarde, celebramos el entierro. El mes pasado hizo dos años.

Ya en el cementerio, vi que a mitad de la ceremonia Suichi se alejaba malhumorado. Cuando le pregunté a Setsuko qué le ocurría a su marido, me susurró muy de prisa:

– Discúlpelo, pero no se encuentra muy bien. Es un problema de desnutrición. Aunque han pasado ya varios meses, aún no ha conseguido curarse.

Pero más tarde, cuando los invitados a la ceremonia se reunieron en mi casa, Setsuko me dijo:

– Le ruego que lo comprenda, padre. A Suichi le afectan mucho este tipo de ceremonias.

– Qué conmovedor -le dije-. No sabía que tu hermano y él estuviesen tan unidos.

– Las veces que se vieron se entendieron muy bien -dijo Setsuko-. Además, Suichi se identifica mucho con todos los que han corrido la suerte de Kenji. Piensa que a él le podría haber ocurrido lo mismo.

– Razón de más para no irse a mitad de la ceremonia, ¿no crees?

– Discúlpeme, padre, pero Suichi no ha pretendido mostrarse irrespetuoso, es sólo que este año hemos asistido ya a innumerables entierros de amigos o compañeros suyos y cada vez está más irritado.

– ¿Irritado? ¿Y por qué?

Pero en ese momento llegaron más invitados y tuve que interrumpir la conversación con mi hija. Hasta más tarde no tuve ocasión de hablar con Suichi. Muchos de los invitados, reunidos en el recibidor, seguían aún con nosotros. De pie, al fondo de la habitación, distinguí una silueta esbelta. Era mi yerno. Había abierto las mamparas que daban al jardín y, de espaldas al susurro de nuestras voces, contemplaba la oscuridad de la noche. Me acerqué y le dije:

– Suichi, Setsuko me ha comentado que estas ceremonias le irritan.

Se volvió con una sonrisa en los labios.

– Sí, me irrita pensar en estas cosas, en todas estas muertes inútiles.

– Es verdad. Es terrible pensar que se han perdido tantas vidas inútilmente. Pero Kenji, al igual que otros muchos, ha muerto como un valiente.

Mi yerno se quedó observándome durante un rato, impasible y sin ninguna expresión en la cara. Es algo que hace de vez en cuando, pero no he conseguido habituarme. Su mirada no puede ser más inocente, pero como físicamente es un hombre fuerte y sus rasgos tienen algo de temible, cuando me mira, me siento acusado o amenazado.

– Por lo visto, nunca van a terminar de morir hombres valientes -dijo al cabo de un rato-. La mitad de mis compañeros de promoción han muerto valientemente. Y aunque nunca lo sabrán, todos han muerto por causas estúpidas. Padre, ¿sabe qué es lo que de verdad me irrita?

– ¿Qué, Suichi?

– Pues que ¿sabe qué hacen ahora los que mandaron al frente a jóvenes como Kenji para que murieran valientemente? Siguen viviendo, y sus vidas no han cambiado gran cosa. Algunos, incluso, viven mejor que antes. Han aprendido cómo comportarse delante de los americanos, y eso que son los mismos que provocaron esta catástrofe. Y fíjese, es por jóvenes como Kenji por los que ahora lloramos. Eso es lo que me irrita. Hombres jóvenes y valientes que han muerto por causas estúpidas, mientras que los verdaderos culpables siguen entre nosotros, temerosos de mostrarse como lo que son y admitir que son los responsables. -Y estoy seguro de que fue en ese momento, al volverse hacia mí, cuando dijo-: Para mí, ésa es la gran cobardía.

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