Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Dejé atrás la casa y sus tres ojos de buey y me dirigí hacia el río. La hierba mojada desprendía un suave aroma. El viento azotaba mi rostro. Me abroché la parka y seguí caminando. Una barrera de carpes ocultaba el curso de agua. Su suave murmullo me llegaba como si fuera la risa de una criatura.
– ¿Qué hace usted aquí?
Un hombre surgió de entre los arbustos. Un metro ochenta, corte al cepillo, traje negro de algodón grueso. Mal afeitado, cejas hirsutas, parecía más un vagabundo que un campesino.
– ¿Usted quién es? -insistió, acercándose.
Bajo la chaqueta solo llevaba un jersey agujereado.
Agité al sol mi placa de identificación tricolor.
– Vengo de París. Soy un amigo de Luc Soubeyras.
El hombre pareció tranquilizarse. Sus pequeños ojos eran de un verde grisáceo muy denso.
– Lo había tomado por un notario. O un abogado. Uno de esos cabrones que sacan partido de los cadáveres.
– Luc no ha muerto.
– Gracias a mí. -Se rascó la nuca-. Soy Philippe, el jardinero. Yo soy quien lo salvó.
Le di la mano. Sus dedos estaban manchados de nicotina y de briznas de hierba. Olía a arcilla y a ceniza fría. Detecté también olor a alcohol. No era vino, más bien calvados u otra bebida fuerte. Adopté un aire de complicidad.
– ¿Tiene algo de beber?
Su rostro se contrajo. Lamenté mi ardid. Demasiado precipitado. Saqué mis Camel y le ofrecí uno. El hombre dijo «no» con la cabeza, estudiándome por el rabillo del ojo. Al final, encendió uno de sus Gitanes Maïs.
– Es un poco temprano para echarse un trago, ¿no cree? -gruñó.
– Para mí, no.
Lanzó una risa burlona y sacó del bolsillo una petaca oxidada. Me la pasó. Sin titubear, eché un buen trago. El ardor recorrió mis pectorales. El hombre probaba mi resistencia. Pareció satisfecho de mi reacción y se echó al coleto un lingotazo. Chasqueó la lengua y volvió a guardar el matarratas.
– ¿Qué quiere saber?
– Quiero los detalles.
Philippe suspiró y fue a sentarse sobre un tronco. Lo seguí. El canto de los pájaros se elevaba en el aire de escarcha.
– Me caía bien, el señor Soubeyras. No entiendo qué le pasó por la cabeza.
Me apoyé en el árbol más cercano.
– ¿Trabaja aquí todos los días?
– Solo los lunes y los martes. Hoy he venido como siempre; nadie me ha dicho que no lo hiciera.
– Cuénteme.
Hundió su mano en el bolsillo, cogió la petaca y me la pasó. Decliné la oferta. Echó otro trago.
– Al llegar cerca del río lo vi inmediatamente. Me zambullí y lo rescaté. Ahí el río no es profundo.
– ¿Y dónde ocurrió eso, exactamente?
– Donde estamos. A algunos metros de la esclusa. Llamé a los gendarmes. A los diez minutos ya estaban aquí. Salvado por los pelos. Si yo hubiera llegado un minuto más tarde, la corriente lo habría arrastrado y no habría visto nada.
Observé la superficie del agua. Completamente inmóvil.
– ¿Y la corriente?
– Esta mañana no hay porque la esclusa está cerrada.
– ¿Y ayer estaba abierta?
– El señor Soubeyras la había abierto. Lo tenía todo previsto. Sin duda quería ser arrastrado…
– Me han dicho que llevaba un lastre de piedras.
– Por eso me costó Dios y ayuda sacarlo del agua. Pesaba una barbaridad. Tenía piedras alrededor de toda la cintura.
– ¿Cómo lo hizo?
– Venga conmigo.
Siguió el seto. Al fondo del jardín, había una cabaña de madera negra encajonada entre el sotobosque y la hilera de carpes. Unos leños, cubiertos con un plástico, estaban adosados al muro de madera. Dando un golpe con el hombro, mi guía abrió la puerta. Se hizo a un lado para que pudiera mirar dentro.
– El fin de semana pasado, el señor Soubeyras me ordenó que guardara aquí los viejos sillares que andaban por ahí desde hacía lustros, en el otro lado del río. Hasta me mandó que cortara algunos en dos. Entonces no comprendí por qué. Ahora lo sé: quería usarlos de lastre. Había calculado el peso que necesitaba para hundirse.
Eché una mirada al reducto, sin detenerme. Era hora de aceptar que Luc había intentado suicidarse. Retrocedí, aturdido.
– ¿Cómo fijó esas piedras?
– Con tres vueltas de alambre, para que fuera bien resistente. De ese modo logró algo parecido a un cinturón de plomo, como el de los submarinistas.
Inspiré una gran bocanada de aire frío. Mi vientre estaba castigado por ardores ácidos. El hambre, el apestoso aguardiente y la angustia. ¿Qué le había ocurrido a Luc? ¿Qué había descubierto para querer acabar de una vez? ¿Para abandonar a su familia y su fe cristiana?
El campesino cerró la puerta y me preguntó:
– De todos modos, él era su colega, ¿no es así?
– Mi mejor amigo -respondí en tono ausente.
– ¿No se había dado cuenta de que estaba deprimido?
– No.
No me atrevía a confesar a ese desconocido que no había hablado con Luc, lo que se dice realmente hablar, desde hacía meses, aunque solo nos separaba un piso. Para terminar, por si acaso, le pregunté:
– Aparte de esto, ¿no notó nada raro? Al rescatar el cuerpo, quiero decir.
El hombre de negro arrugó sus pequeños ojos. Parecía de nuevo desconfiado.
– ¿No le han dicho nada de la medalla?
– No.
El jardinero se acercó. Evaluó mi grado de sorpresa. Cuando llegó a una conclusión se acercó y murmuró a mi oído:
– En su mano derecha había una medalla. En todo caso, es lo que supongo. Vi la cadena que sobresalía. La tenía apretada entre los dedos.
En el momento de sumergirse, Luc llevaba consigo un objeto. ¿Un amuleto? No. Luc no era supersticioso. El hombre volvió a pasarme su petaca, acompañándola de una sonrisa desdentada.
– Dígame, para ser tan colegas, se andaba con bastantes secretillos, ¿no?
7
El hospital principal de Chartres, el Hôtel-Dieu, el bien nombrado, se levantaba en el fondo de un patio salpicado de charcos negros y de árboles truncados. El edificio, de color crema y marrón, recordaba un bizcocho Brossard, con sus franjas de chocolate. Evité la gran escalera exterior que conducía a la recepción en el primer piso, para escabullirme por la planta baja.
Entré en la gran cafetería. Suelo negro y blanco, bóvedas y columnas de piedra. En el extremo, un porche bañado por el sol daba a los jardines. Pasó una enfermera. Le pedí hablar con el médico que había salvado a Luc Soubeyras.
– Lo siento. El doctor está comiendo.
– ¿A las once?
– Tiene una operación inmediatamente después.
– Lo espero aquí -dije sacando mi identificación-. Dígale que se traiga el postre.
La joven salió corriendo. Detestaba las manifestaciones de autoridad pero me sentía mal solo de pensar en tener que entrar en la cafetería y soportar los tintineos y los olores de la comida.
Unos pasos en la sala.
– ¿Qué quiere?
Un tipo grandote con bata blanca venía hacia mí con cara enojada.
– Inspector Mathieu Durey. Brigada Criminal de París. Investigo el intento de suicidio de Luc Soubeyras. Lo trató usted ayer en su unidad.
El médico me observaba a través de sus gafas. Rondando la sesentena, cabellos canosos mal peinados, un largo cuello de buitre. Por fin dijo:
– Anoche envié mi informe a los gendarmes.
– En la Brigada, todavía no lo hemos recibido -dije, intentando intimidarlo-. En primer lugar, dígame por qué lo ha trasladado al Hôtel-Dieu de París.
– No estamos equipados para tratar un caso así. Luc Soubeyras era policía, de modo que hemos creído que el Hôtel-Dieu…