Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Tengo entendido que su forma de proceder fue auténticamente prodigiosa.
El matasanos no pudo evitar sonreír con orgullo.
– Luc Soubeyras vuelve de muy lejos, es cierto. Al llegar aquí, su corazón había cesado de latir. Si pudimos reanimarlo, fue solo gracias a un feliz cúmulo de circunstancias.
Saqué libreta y lápiz.
– Explíqueme.
El médico hundió sus manos en los bolsillos parsimoniosamente y dio unos pasos hacia los jardines. Se mantenía encorvado, casi rígido, formando un ángulo de treinta grados. Yo le pisaba los talones.
– Primer hecho favorable -comenzó-. La corriente arrastró a Luc varios metros y él se golpeó la cabeza contra una roca. Perdió el conocimiento.
– ¿Y eso qué tiene de favorable?
– Cuando uno se sumerge en el agua, primero retiene la respiración, incluso en el caso de querer suicidarse. Luego, cuando empieza a faltar oxígeno en la sangre, esa persona abre la boca; es un reflejo irreprimible. Como consecuencia de lo cual se ahoga en pocos segundos. Luc se desmayó justo antes de ese momento crucial. No tuvo tiempo de abrir la boca. Sus pulmones no contenían agua.
– De todos modos se había asfixiado, ¿no es cierto?
– No. Sufría una apnea. Ahora bien, en ese estado, el cuerpo humano retrasa de forma natural la circulación sanguínea y la concentra en los órganos vitales: corazón, pulmones, cerebro.
– ¿Como en una hibernación?
– Exactamente. Este fenómeno se acentuó aún más debido a que el agua estaba muy fría. Luc sufrió una hipotermia grave. Cuando el servicio de urgencias le tomó la temperatura, esta había bajado a treinta y cuatro grados. Envuelto en este caparazón de frío, el cuerpo administró el escaso oxígeno que le quedaba.
Yo seguía tomando notas.
– ¿Cuánto tiempo permaneció bajo el agua, según usted?
– Es imposible saberlo. Según el servicio de urgencias, el corazón acababa de detenerse.
– ¿Le hicieron un masaje cardíaco?
– Por suerte, no. Habría significado romper esa especie de estado de gracia. Optaron por esperar a llegar aquí. Sabían que yo podía ensayar una técnica específica.
– ¿Qué técnica?
– Sígame.
El matasanos franqueó el umbral y luego caminó a lo largo de un edificio moderno antes de entrar. La sala de quirófano. Pasillos blancos, puertas batientes, olores químicos. Nuevo umbral. Ahora estábamos en una sala sin ningún tipo de material. Solamente un cubo de metal, alto como una cómoda, montado sobre unas ruedas, ocupaba parte de una pared. El matasanos tiró de él orientándolo hacia mí, para que viera las hileras de mandos y medidores de sonido.
– Este es un sistema by-pass. Es decir, de circulación extracorporal. Se utiliza para bajar la temperatura de los pacientes antes de una intervención importante. La sangre pasa por la máquina, que la enfría algunos grados, y luego se reintroduce. Se realiza este proceso varias veces, hasta alcanzar una hipotermia artificial, que favorece una mejor anestesia.
Yo seguía escribiendo, sin comprender adónde quería llegar el hombre.
– Al ver llegar a Luc Soubeyras, decidí ensayar una técnica reciente, importada de Suiza. Utilizar este sistema invirtiendo el proceso, es decir: usarlo no para refrigerar la sangre, sino para calentarla.
Con la nariz pegada a mi libreta, terminé su frase:
– Y funcionó.
– Perfectamente. Cuando ingresó, el cuerpo de Luc Soubeyras no estaba a más de treinta y dos grados. Después de tres circuitos, se alcanzaron los treinta y cinco grados. A los treinta y siete, su corazón volvió a latir, muy lentamente.
Alcé la visu.
– ¿Quiere usted decir que durante todo ese tiempo él estaba… muerto?
– No cabe duda.
– ¿Y de cuánto tiempo hablamos?
– Es difícil de precisar. Pero, aproximadamente, unos veinte minutos.
Una pregunta pasó por mi mente.
– La intervención del servicio de urgencias fue muy rápida. ¿El equipo no provenía de Chartres?
– Este fue otro factor positivo. Los habían llamado de la región de Nogent-le-Rotrou por una falsa alarma. Cuando los gendarmes los avisaron, estaban a pocos minutos del lugar del accidente.
Garabateé dos líneas sobre esa información y volví a las condiciones fisiológicas.
– Hay algo que no comprendo. El cerebro no puede mantenerse sin oxígeno más de unos segundos. ¿Cómo es posible que ese órgano funcionara de nuevo veinte minutos después de su deceso?
– El cerebro recurrió a sus reservas. En mi opinión, estuvo oxigenado durante toda la muerte clínica.
– ¿Significa eso que Luc no tendrá secuelas al despertar?
El hombre tragó saliva. Tenía una glotis prominente.
– Nadie puede responder a esa pregunta.
Luc en silla de ruedas, condenado a gestos de babosa. Debí de palidecer. El médico me palmeó el hombro con amabilidad.
– Vamos. Aquí hace un calor infernal.
Fuera, el viento frío me reanimó. Los ancianos habían terminado de comer. Deambulaban en cámara lenta, como zombis.
– ¿Puedo fumar? -pregunté.
– Adelante.
La primera calada me devolvió el aplomo. Pasé al último capítulo.
– Me han hablado de una medalla, de una cadena…
– ¿Quién le ha hablado de eso?
– El jardinero. El hombre que sacó a Luc del agua.
– Los de urgencias encontraron una medalla en su puño cerrado, es cierto.
– ¿La ha guardado?
El médico deslizó la mano en el bolsillo de su bata.
– La tengo desde entonces.
El objeto brillaba en el hueco de su mano con un resplandor mate. Una moneda de bronce, bruñida, erosionada, que parecía muy antigua. Me incliné. Inmediatamente supe de qué se trataba.
La medalla tenía grabada la efigie de san Miguel Arcángel, príncipe de los ángeles, portaestandarte de Cristo, tres veces victorioso de Satán. Representado en el estilo de La leyenda dorada de Jacobo de Vorágine, el héroe llevaba una armadura y empuñaba su espada en la mano derecha y la lanza de Cristo en la mano izquierda. Con el pie derecho aplastaba al dragón ancestral.
El médico seguía hablando pero yo ya no lo escuchaba. Las palabras del Apocalipsis de san Juan resonaban en mi cabeza:
Hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón y peleó el dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo. Fue arrojado el dragón grande, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra, y fue precipitado en la tierra y sus ángeles fueron con él precipitados.
La verdad era evidente.
Antes de hundirse en el infierno, Luc se había protegido contra el diablo.
8
Diciembre de 1991
Hacía dos años que no veía a Luc. Dos años en los que yo seguía mi propio camino, enfrascado en los autores paleocristianos, viviendo con el Apologeticum de Tertuliano y el Octavius de Minucio Félix. Desde el mes de septiembre me había integrado en el Seminario Pontificio francés de Roma.
El período más feliz de mi vida. El edificio rosa del número 42 de la via Santa Chiara. El gran patio rodeado por una galería ocre pálido. Mi pequeña habitación con las paredes amarillas, que yo percibía como un refugio para mi corazón y para mi conciencia. La sala de estudio donde ya ensayábamos los gestos litúrgicos. «Benedictos es, Domine, deus uniuersi…» Y la azotea del edificio, abierta ciento ochenta grados sobre las cúpulas de San Pedro, el Panteón, la iglesia de Gesú…
Para Navidad, mis padres habían insistido en que fuera a París; era importante, «vital», decía mi madre, que celebráramos el fin de año en familia. Cuando aterricé en Roissy, la situación había cambiado: mis progenitores habían acabado haciendo un crucero a las Bahamas a bordo del velero de un socio inversor de mi padre.