La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: J
- ISBN: 84-334-4024-1
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
—Antes era conocido como Lord Periandros.
Parpadeé y contuve el aliento. ¿Así que todo había terminado, pues? ¿La lucha por el trono que había temido durante tanto tiempo había tenido lugar mientras yo permanecía almacenado allí, y de alguna forma el culoprieto de Periandros se había erigido en emperador?
Aquello fue una auténtica impresión. Todo el gran drama apocalíptico galacto —político se había resuelto de una forma muy rápida. Y sin que yo me enterara. Sin que yo estuviera en escena para vitorear a los héroes y abuchear a los villanos. O quizá vitorear a los villanos y abuchear a los héroes. Me había perdido toda la excitación. Había sido dejado fuera.
Pero, por supuesto, estaba saltando a conclusiones…, y no las correctas. La lucha por el trono no había terminado. Sólo estaba empezando, aunque por aquel entonces no tenía forma alguna de saberlo.
Hervía con preguntas. ¿Cómo había conseguido Periandros echar a Sunteil fuera del camino? ¿Qué le había ocurrido a Naria? ¿Por qué había tropas imperiales en el palacio rom? ¿Dónde estaba Shandor? ¿Dónde estaba el Duc de Gramont? Pero me hubiera dado más resultado hacerle preguntas a mi propio codo que intentar obtener información de aquella akraki de ojos vacuos. Permanecía de pie allí mirándome con una absoluta indiferencia, como si yo fuera alguna polvorienta y apolillada reliquia que había permanecido almacenada en aquella habitación durante los últimos quinientos años, algún gabán viejo, algún montón de harapos desechados. Mientras tanto, sus compañeros estaban registrando mis pocas y lamentables posesiones de una forma lenta pero metódica, buscando Dios sabe qué escondite de armas ocultas, o quizá el manuscrito de algunas memorias escandalosas. Pareció transcurrir una eternidad antes de que volviera el que se había ido en busca de un rom para identificarme.
Cuando lo hizo, sin embargo, no iba acompañado por un rom, sino por el Duc de Gramont.
—Mon ami! —exclamó Julien —. Sacrebleu! Ah, j’en suis fort content! ¿Comment ça va?
Con enorme pasión y verbo. Con el beso en ambas mejillas, con el alegre apretar de sus manos contra mis hombros, con todo el gran abrazo galo. Y luego se volvió a los cinco akrakikanos y les gesticuló vehementemente con ambas manos, como si no fueran más que gusanos.
—¡Fuera de aquí, vosotros! ¡Fuera! ¡Vite! ¡Vite! ¡Salauds! ¡Crapauds! ¡Bon Dieu de merde! ¡Fuera, fuera, fuera!
La falangarca le miró incrédula.
—Nuestras órdenes son custodiar a este hombre hasta que…
—Vuestras órdenes son salir de aquí. ¡Vite! ¡Vite! Misérable enmerdeuse, je les enmerde tus órdenes. ¡Fuera! ¡Aprisa!
Pensé que iba a echarla por la fuerza. Pero no resultó necesario. Simplemente la echó de la celda con una resonante retahíla de obscenos insultos en una loca mezcla de imperial y francés e incluso un poco de romani.
—¡Va te faire chier! —exclamó —. ¡Ve a que te jodan, asquerosaputa lesbiana! ¡Kurav tu ando mol!
La akraki salió a toda prisa, llevándose consigo a sus subordinados. Me dejé caer en mi camastro. Pensé que iba a morirme de risa, allí mismo, en aquel momento. Pasó largo rato antes de que fuera capaz de hablar de nuevo.
—¿Sabes lo que significa eso? —pregunté —. ¿Kurav tu ando mol?
—Por supuesto que sé lo que significa —dijo Julien con enorme altivez —. «Me cago en tu boca», eso es lo que significa. La lástima es que ella no lo sabe. —Cerró la puerta de mi celda, cuidando de no quedar encerrados en ella, cruzó la estancia y se sentó a mi lado —. Ah, mon vieux, han ocurrido tantas cosas, ¡tantas cosas! ¿Sabes que llevo varias semanas en Galgala? ¿Empleado secretamente en este mismo edificio?
—La comida que me traían llevaba tu fuma escrita en ella.
—Esperaba que lo comprendieras. Te hubiera enviado una nota, pero pensé que era demasiado arriesgado. Si Shandor descubría de alguna forma mi auténtica identidad…, oh, va era bastante peligroso prepararte esas comidas. Pero para los robots todo es lo mismo, guisado de rata o jamon au Bourgogne en croúte, así que me dediqué a ese pequeño juego. ¡Ah, Yakoub, Yakoub!
—¿Periandros es ahora el emperador?
—¿Así que ya lo sabes?
—La falangarca me lo dijo. Pero eso es todo lo que sé. Necesito todo el resto de las noticias. ¿Qué está pasando aquí? Llevo horas oyendo ruidos de lucha.
—Fue decisión de Lord Periandros rescatarte de esta cautividad —dijo Julien —. En los últimos días de vida del Decimoquinto, mientras el emperador yacía agonizando, Lord Periandros vio los desórdenes que iban a ocurrir con toda seguridad si se producía la sucesión imperial en un momento en que el reino rom se hallaba en manos de una persona tan voluble y tan impredecible coma tu hijo Shandor. Recordarás, mon ami, que te insinué eso cuando te visité en aquel mundo helado. Pero eras inconmovible en tu deseo de retirarte de la pelea. Nada de lo que pude decir entonces te impulsó a regresar al Imperio, aunque veo que más tarde cambiaste de opinión, por razones que desconozco.
—Damiano acudió inmediatamente después de ti y me dijo que Shandor se había autoproclamado rey. Nunca fue mi intención abrirle el camino al trono a Shandor, de entre toda la gente. Así que volví. —Pude oír una nueva sucesión de disparos, al parecer no muy lejos. Julien pareció indiferente ante aquello —. ¿Dónde está Shandor ahora? —pregunté.
—Ha huido con su cuerpo de guardia a otra parte de las Altiplanicies Áureas. Le tomamos enteramente por sorpresa cuando atacamos. Movimos muy gradualmente nuestras tropas hasta situarlas en posición rodeando el complejo real, y lo pillamos totalmente desprevenido.
—¿Sólo tropas akraki?
—Sí —dijo suavemente Julien —. No podíamos correr riesgos.
—¿No se pensó en utilizar roms en el grupo de rescate?
—Esta era una misión imperial, cher ami. Y sé que sientes aversión a derramar sangre toro a manos de roms. Las tropas invasoras fueron enteramente akraki, de las fuerzas personales de Lord Periandros.
—Entonces, ¿ha sido derramada sangre rom?
Julien me estudió por unos instantes.
—Evidentemente hay roms que son leales a tu hijo, Yakoub. Dios sabe por qué es así, pero ése era el caso. En cualquier caso, normalmente uno no invade un palacio real sin encontrar una firme defensa. Por favor, comprende que hemos intentado mantener las bajas al mínimo.
Al mínimo, sí. Pero eso significaba algunas. Malas noticias. Suspiré.
—Aquellos leales a tu hijo fueron informados de que el nuevo emperador no lo reconoce como rey. Se les ofreció la oportunidad de deponer pacíficamente las armas. Muchos de ellos lo hicieron.
—Pero algunos no.
—Algunos no —admitió Julien.
—Bien, qué le vamos a hacer —suspiré al cabo de un rato —. Estaban sirviendo al hombre equivocado. ¿A quién reconoce Periandros como rey? ¿A mí?
—Lo hará. Serás llevado a la Capital, y allí habrá una ceremonia de reconsagración. Supongo que será necesario que obtengas también el decreto del gran kris, ¿no crees? Pero eso puede arreglarse. He hablado con Damiano y con Polarca. Serás rey de nuevo, Yakoub. Sólo te pido una cosa: que esta vez no te diviertas con otra abdicación.
—La abdicación fue un gesto cuidadosamente estudiado —dije —. No es algo que necesite hacer una segunda vez. —Guardé silencio por unos instantes, meditando en las cosas que me había dicho Julien. Algo parecía no encajar, pero en la vehemencia de nuestra conversación no me había dado cuenta al principio. Ahora regresó para turbarme —. Espera un momento —señalé —. Me dijiste que la misión de rescate era una empresa imperial, Julien. Pero también dijiste que Periandros la había decidido mientras el viejo emperador aún estaba vivo. Y que había enviado sus propios soldados a realizar el trabajo. Todo el asunto suena más como un proyecto particular de Periandros que como algún tipo de acción gubernamental. ¿Qué significa eso? Todavía no era emperador cuando tú viniste aquí, ¿verdad?