La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: J
- ISBN: 84-334-4024-1
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
Había vivido tanto tiempo de la basura de Shandor que mi estómago casi se rebeló ante una cocina de tan extraordinario calibre. Hice todo lo que pude por mantener los primeros bocados en su lugar, Luché valientemente, y vencí. El pan y el vino ayudaron. Y al cabo de un tiempo la cosa se hizo más fácil. Cuando me dormí aquella noche —aún preguntándome vagamente si habría sido envenenado—, pasé los últimos momentos despierto meditando en el significado del extraño gesto de Shandor. No tenía sentido. Odio las cosas que no tienen sentido. Si no estaba intentando envenenarme de alguna retorcida manera, ¿creía seriamente que podría convencerme a que cooperara alimentándome con manjares exquisitos?
Por supuesto que no. Decidí que tenía que tratarse de la cena de alguna otra persona, enviada a mí por error. Un fallo de los robots sirvientes. Me dormí.
Y desperté, sin sentirme envenenado en absoluto, para descubrir que los robots me habían traído el desayuno. Dos crujientes croissants de textura inmejorablemente delicada, una jarra de café que se acercaba a la ambrosia, y una bandejita de suave queso tierno y surtidas frutas locales que resplandecían con minúsculos destellos de oro. Me sentí abrumado.
Para mi vergüenza, pasó todo un día y medio antes de que dejara de comer lo suficiente como para pensar en todo aquello. La ayuda está en camino, me había dicho Polarca, al principio de mi encarcelamiento. Cuando llegue aquí, lo sabrás. La clave te vendrá en la bandeja que tendrás ante ti.
¿Qué tipo de comida era la que aquellos robots dementes habían empezado a traerme de pronto? Bien, era comida francesa. ¿Y a quién conocía cuya mayor pasión era cocinar a la manera clásica francesa? Oh, Julien de Gramont, pretendiente del trono de Francia y ayudante especial de Su Señoría Periandros en la corte imperial. Sí. Por supuesto.
De alguna forma Julien se había infiltrado en aquel lugar y estaba preparando soberbias comidas para mí que eran en realidad otros tantos mensajes. Lo que pretendían decirme todos aquellos caussoulets y ragouts y terrinas y salsas era que tenía amigos en el lugar. Y que la ayuda estaría pronto en camino.
Siete:
EL DECIMOSEXTO EMPERADOR
Empezamos estúpidos. Toda lo que tenemos al principio es la sabiduría innata del cuerpo, que nos dice por qué lado comer y por qué lado defecar y no mucho más. Pero hemos sido puestos aquí para luchar con la entropía, y, entropía es igual a estupidez. En consecuencia, estamos obligados a aprender. Nuestro trabajo es procesar información y conseguir el control de ella: es decir, ser cada vez más listos a medida que seguimos adelante.
Si soy tan estúpido cuando tengo veinte años que cuando tenía dos, si soy tan estúpido cuando alcanzo los cien que cuando tenía cincuenta, entonces no estoy haciendo mi trabajo. Estoy ocupando tiempo y espacio sin ninguna finalidad, e igual podría ser un trozo de roca.
Por supuesto, llega un momento en que incluso el más listo de los hombres deja de ser más listo y empieza a volverse de nuevo estúpido. Puede que se necesiten doscientos años para que le ocurra esto, pero le ocurrirá. Me he reconciliado con la inevitabilidad de eso, creo. Todo lo que significa es que al final gana la entropía, lo cual es algo que sabíamos desde un principia. No importa. El hecho de que luchemos en una batalla perdida no nos disculpa de luchar. El gran logro humano es posponer el momento de la derrota tanto como sea posible.
1
Lo que no sabía era que en el imperio se habían producido algunos cambios importantes. El viejo emperador había muerto al fin —sin nombrar sucesor—, y los tres grandes lores estaban efectuando sus movimientos. Así que ahora el caos estaba entre los gaje al igual que entre los roms.
Encerrado en mi acogedora celda, no supe nada de todo aquello. Mis únicos visitantes ahora eran los silenciosos robots que seguían trayéndome comidas cada vez más elaboradas. Ni siquiera recibía espectros. En vez de noticias del exterior, lo que recibía era suprêmes de voluille, noisettes d’ogneau, grenadins de boeuf. Mi cintura empezó a ensancharse. Mientras tanto, más allá de las paredes de mi prisión, toda la estructura precariamente equilibrada que había mantenido junta a la raza humana durante los mil años de expansión por la galaxia estaba despedazándose en un gran y triunfante estallido de codicia y estupidez.
¡Imaginen! ¡Reyes y emperadores, aquí en el siglo XXXII! Como si estuviéramos viviendo en la Edad Media. Pompa y circunstancia, fanfarrias y panoplias. Coronas y cetros. Guerras de sucesión. Suena infantil, ¿verdad? ¿Pero qué sistema, les pregunto, hubiera funcionado mejor? ¿Una democracia? ¿Un parlamento de mundos? No me hagan reír. Todo eso funciona bien a pequeña escala, quizá. Dentro de un solo país, digamos. Observarán que en su tiempo la Tierra nunca consiguió tener una democracia representativa que funcionara más o menos bien a escala de toda un continente, sin hablar ya de todo el planeta. Así que, ¿cómo podría conseguirse a escala galáctica? Nos desplazamos espectacularmente en nuestras astronaves más rápidas que la luz, pero las comunicaciones entre los sistemas solares aún sufren fuertes intervalos. El parlamento siempre estaría con seis semanas de retraso con respecto a saber lo que estaba ocurriendo. El presidente galáctico no estaría al corriente de nada. Y hay centenares de mundos habitados, ¿no? Miles. Necesitaríamos un parlamento que ocupara la mitad del tamaño de una ciudad para albergar a todos los delegados. Imaginen la barahúnda, Lo que se necesita es una figura simbólica, una especie de estandarte animado que mantenga juntos a todos los mundos. Sabíamos lo que estábamos haciendo cuando revivimos la monarquía. Por supuesto, esto no es en absoluto la Edad Media, y la monarquía que instauramos no se parece en nada a la de los tiempos antiguos. Básicamente, el emperador es un mensaje que es enviado simultáneamente a todos los mundos de la galaxia. Su misma existencia dice: Somos humanos, somos miembros de una misma familia. El emperador es como un poema, si entienden el significado. Cuando habla, puede que no comprendas el sentido literal de lo que dice, pero recibes el impacto a algún otro nivel.
¿Qué es lo que están diciendo? ¿Que por qué molestarse en intentar mantener unida la trama de los mundos? ¿Que por qué no simplemente dejar que cada planeta viva en un bendito aislamiento, envuelto en su acogedora sábana de años luz? ¿Sin nada de la intrincada y costosa arquitectura del Imperio?
Bien, ése es un concepto medieval, si alguna vez he oído alguno. Y ni siquiera en la antigua Tierra medieval fue posible hacer que funcionara, aunque ciertamente lo intentaron. No había forma de que ninguna nación se mantuviera aislada de las demás naciones por mucho tiempo. Las más débiles que lo intentaron terminaron siendo sojuzgadas inevitablemente de una u otra forma. Las fuertes podían hacer que la política aislacionista funcionara durante un tiempo, pero más pronto o más tarde se encerraron en sí mismas e iniciaron la decadencia, y empezaron a resbalar por un lento e irreversible declive. Sólo cuando la gente de la Tierra aceptó alguna noción de su interdependencia empezaron a alcanzar algo parecido a la civilización. Como dijo el antiguo poeta gaje: Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del conjunto; si una mota de tierra es arrastrada por el mar, Europa es la que menos. Exactamente. Europa fue uno de sus más famosos continentes, pequeño pero muy importante. El mismo poeta dijo: La muerte de cualquier hombre me disminuye. Por consiguiente, nunca envíes a saber por quién doblan las campanas; doblan por ti. Sí, exactamente. Es lo mismo para las naciones. Y es lo mismo para los mundos.