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Pago Sangriento

Электронная книга - «Pago Sangriento». Краткое содержание книги:

En la gran mansión escocesa de Westerbrae, una compañía teatral londinense se reúne para la lectura de una controvertida nueva obra. Pero, al finalizar la velada, la bella dramaturga aparece brutalmente asesinada en su cama, y el inspector Thomas Lynley se ve inmediatamente enredado en un crimen cuyo origen está en las complicadas obligaciones del amor y las consecuencias de la traición.
Con la finalidad de alejar a la prensa el máximo tiempo posible, dada la notoriedad de los principales sospechosos, Lynley y la sargento Havers viajan hacia el aislado lugar. Entre sus sospechosos: el más poderoso productor teatral de Gran Bretaña, dos de las estrellas más queridas del país, y la mujer a la que Lynley ama.
Para Lynley, la investigación requiere toda la delicadeza que pueda reunir, y ello le forzará a enfrentarse también con un dilema personal. Presente en Westerbrae la noche del asesinato estaba Helen Clyde, una mujer con la cual Lynley está compartiendo una complicada relación y una amistad duradera que ha evolucionado hacia el amor. El hecho de que ella ocupara la habitación contigua a la de la víctima, no puede ser pasado por alto. El hecho de que ella no la ocupara sola, no puede ser ignorado.
Luchando para superar los celos que amenazan con enturbiar su juicio y las emociones que podrían llevarle a cometer errores fatales, Lynley se descubre a sí mismo envuelto en escándalos familiares, feroces rivalidades teatrales, y terribles revelaciones. Cuando la vida ocupe más poderosamente sus pensamientos que la muerte, la cuestión será si podrá atravesar la peligrosa línea que existe entre la fría objetividad de un investigador profesional y la furia confusa de un enamorado.
En la mansión, los motivos se ocultan profundamente. Indignada por lo que ella ve como encubrimiento de un asesino de alta categoría social, la sargento Bárbara Havers, arriesgando su carrera y cuestionando su profunda lealtad profesional, empieza por su cuenta una búsqueda de los secretos que guardan no sólo una familia, sino dos, y que se mantienen en el silencio.
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– No, Helen, yo no sabía lo que me decía. Estaba loco de celos.

– Da igual, tenías razón.

Mientras hablaban, las sombras habían invadido el salón, y el camarero encendió las luces, abriendo el bar situado en el extremo opuesto del salón. Oyeron voces en el mostrador de recepción: una crucial decisión acerca de unas postales, una discusión de tono amistoso sobre las actividades del día siguiente. Lynley prestó oídos, anhelando la agradable normalidad de unas vacaciones con la persona amada.

Lady Helen se desplazó en dirección al ascensor.

– He de cambiarme para cenar.

– ¿Por qué has venido aquí? -preguntó Lynley.

Ella se detuvo, pero no le miró.

– Me apetecía ver Skye en pleno invierno. Necesitaba saber cómo es estar aquí sola.

Lynley posó la mano sobre su brazo. Su calidez le insufló vida.

– ¿Y no te has cansado de la soledad?

Ambos sabían lo que implicaba su pregunta, pero, en lugar de responder, Helen se dirigió hacia el ascensor y apretó el botón, contemplando la luz con aire ausente, como si fuera testigo de un acto creativo genial. Él la siguió y oyó apenas sus siguientes palabras.

– Por favor. No podría soportar que nos hiciéramos más daño.

En algún punto situado sobre sus cabezas, el ascensor zumbó. Y entonces supo que Helen subiría a su habitación, en busca de la soledad que tanta falta le hacía, dejándole al margen. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que la intención de Helen no se limitaba a una separación de escasos minutos, sino de un período de tiempo indeterminado, inacabable, insoportable. Sabía que era el peor momento para hablar, pero tal vez no tendría otra oportunidad.

– Helen. -Ella le miró con los ojos anegados en lágrimas-. Cásate conmigo.

Una breve risotada, más teñida de desesperación que de humor, escapó de sus labios. Hizo un leve pero elocuente ademán.

– Sabes que te quiero -insistió él-. No me digas que es demasiado tarde.

Helen inclinó la cabeza. Las puertas del ascensor se abrieron frente a ella. Como impelida a ello, expresó con palabras lo que él temía y sabía que diría.

– No quiero verte, Tommy, al menos durante un tiempo.

– ¿Cuánto tiempo? -acertó a preguntar, abrumado por las palabras.

– Unos meses. Tal vez más.

– Parece una sentencia de muerte.

– Lo siento, pero es lo que necesito. -Entró en el ascensor y pulsó el botón de su piso-. A pesar de lo que ha ocurrido, no soporto herirte. Nunca podré, Tommy.

– Te quiero -dijo Lynley, y lo repitió como si cada palabra supusiera un doloroso acto de contrición-. Helen, te quiero.

Vio entreabrirse los labios de la joven, vio su fugaz y dulce sonrisa antes de que las puertas del ascensor se cerrasen y ella desapareciera.

Barbara Havers se encontraba en el bar del King's Arms, no lejos de New Scotland Yard, sumida en melancólicas reflexiones sobre su pinta semanal de cerveza. La hacía durar desde que se la habían servido, treinta minutos antes. Faltaba una hora para cerrar y ya debería haber vuelto a casa de sus padres en Acton, pero no se había sentido con ánimos para ello. La documentación administrativa estaba archivada, los informes terminados y las conversaciones con Macaskin interrumpidas por el momento. Como siempre, al concluir un caso era consciente de su inutilidad. La gente seguiría matándose, a pesar de sus pobres esfuerzos por evitarlo.

– ¿Invitas a este tío a tomar un trago?

Levantó la cabeza al oír la voz de Lynley.

– ¡Creí que se había ido a Skye! Santo Dios, parece acabado.

Era cierto. Sin afeitar, la ropa arrugada, como los buenos deseos de una Navidad pretérita.

– Estoy acabado -admitió, haciendo un patético esfuerzo por sonreír-. He perdido la cuenta de las horas que he pasado en el coche los últimos días. ¿Qué está bebiendo? ¿Debo suponer que esta noche no toma tónica?

– Esta noche no. Me he pasado a la Bass. Pero ya que está aquí, es posible que cambie de brebaje. Depende de quién pague.

– Entiendo. -Se quitó el abrigo, lo arrojó sobre la mesa más cercana y se desplomó sobre una silla. Rebuscó en su bolsillo, sacando la pitillera y el encendedor.

Como de costumbre, ella se sirvió sin pedir permiso. Lynley le acercó la llama.

– ¿Qué pasa? -preguntó el detective.

Havers encendió el cigarrillo.

– Nada.

– Ah.

Fumaron como viejos camaradas. Él no hizo el menor gesto de pedir una bebida. Ella esperó.

– Le he pedido que nos casemos, Barbara -dijo por fin, clavando los ojos en la pared de enfrente.

Era lo que ella suponía.

– No parece portador de buenas noticias precisamente.

– No, en efecto. -Lynley carraspeó y examinó el extremo del cigarrillo.

Barbara suspiró, intuyó el peso doloroso y abrumador de la tristeza de Lynley y, para su sorpresa, descubrió que la sentía como propia. Evelyn, la camarera de aspecto ordinario y ojos legañosos, estaba en el mostrador, hojeando las facturas de la noche y haciendo cuanto podía por ignorar los impúdicos avances de dos clientes habituales del establecimiento. Barbara la llamó por su nombre.

– ¿Sí? -respondió Evelyn bostezando.

– Tráenos dos Glenlivets. Sin bautizar. -Barbara miró a Lynley y añadió-. Y date prisa, ¿eh?

– Claro, cariño.

Cuando se los trajeron a la mesa y Lynley hizo ademán de sacar la cartera, Barbara volvió a hablar.

– Esta noche me toca a mí, señor.

– ¿Una celebración, sargento?

– No. Un velatorio. -Bebió el whisky, que encendió su sangre como una llama-. Beba, inspector. Cojamos una buena curda.

Elizabeth George

Susan Elizabeth George nació el 26 de febrero de 1949 en Warren, Ohio. Sus padres eran Robert Edwin y Anne Rivelle George. Pasó su infancia en California del Norte y vive actualmente en Huntington Beach, cerca de Los Ángeles, apenas a un kilómetro del Pacífico. Se casó el 28 de mayo de 1971 con Ira Toibin, del que se divorció en noviembre de 1995.

Elizabeth George explica que “cuando mi hermano tenía 6 años, le hirieron en el ojo con una flecha. Nuestros padres le leían durante horas y yo escuchaba. No éramos una familia muy rica así que nos refugiábamos en el mundo de la imaginación”. A los 7 años sabía que quería escribir. Comenzó a escribir historias cortas en la escuela primaria, después que su madre le diera una vieja máquina de escribir de los años 30, y escribió su primera novela (no publicada) cuando terminó sus estudios en el instituto "Holly Cross" de Mountain View.

Cursó sus estudios en California y después enseñó inglés clásico durante 13 años en diversos institutos de California. En 1981, fue nombrada Profesora del Año por el Departamento de Educación del condado de Orange. Ahora se ha consagrado plenamente a la escritura (sin embargo cada martes realiza en su casa un seminario de escritura para un pequeño grupo de estudiantes).

Su anglofilia reivindicada, (de la que ella misma remonta su origen a un viaje de estudios a Inglaterra dedicado a Shakespeare, cuando era adolescente) ha dado lugar a 11 novelas que tienen como marco Gran Bretaña. Allí viaja regularmente (posee un piso en Londres) con el fin de rastrear las localizaciones necesarias para sus novelas y refinar su documentación con sus contactos de Scotland Yard.

“A menudo se me pregunta por qué mis novelas se desarrollan en Inglaterra. La respuesta se encuentra en mi filosofía: Escribe sobre aquello que te interesa, escribe sobre aquello que amas, escribe sobre aquello que te haga disfrutar. Escribir es una agradable tortura, parece de locos meterse en ello si no te mueve algo a lo que amas”.

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