Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Pago Sangriento - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Pago Sangriento

Электронная книга - «Pago Sangriento». Краткое содержание книги:

En la gran mansión escocesa de Westerbrae, una compañía teatral londinense se reúne para la lectura de una controvertida nueva obra. Pero, al finalizar la velada, la bella dramaturga aparece brutalmente asesinada en su cama, y el inspector Thomas Lynley se ve inmediatamente enredado en un crimen cuyo origen está en las complicadas obligaciones del amor y las consecuencias de la traición.
Con la finalidad de alejar a la prensa el máximo tiempo posible, dada la notoriedad de los principales sospechosos, Lynley y la sargento Havers viajan hacia el aislado lugar. Entre sus sospechosos: el más poderoso productor teatral de Gran Bretaña, dos de las estrellas más queridas del país, y la mujer a la que Lynley ama.
Para Lynley, la investigación requiere toda la delicadeza que pueda reunir, y ello le forzará a enfrentarse también con un dilema personal. Presente en Westerbrae la noche del asesinato estaba Helen Clyde, una mujer con la cual Lynley está compartiendo una complicada relación y una amistad duradera que ha evolucionado hacia el amor. El hecho de que ella ocupara la habitación contigua a la de la víctima, no puede ser pasado por alto. El hecho de que ella no la ocupara sola, no puede ser ignorado.
Luchando para superar los celos que amenazan con enturbiar su juicio y las emociones que podrían llevarle a cometer errores fatales, Lynley se descubre a sí mismo envuelto en escándalos familiares, feroces rivalidades teatrales, y terribles revelaciones. Cuando la vida ocupe más poderosamente sus pensamientos que la muerte, la cuestión será si podrá atravesar la peligrosa línea que existe entre la fría objetividad de un investigador profesional y la furia confusa de un enamorado.
En la mansión, los motivos se ocultan profundamente. Indignada por lo que ella ve como encubrimiento de un asesino de alta categoría social, la sargento Bárbara Havers, arriesgando su carrera y cuestionando su profunda lealtad profesional, empieza por su cuenta una búsqueda de los secretos que guardan no sólo una familia, sino dos, y que se mantienen en el silencio.
1 ... 80 81 82 83 84 85 86 87 88 ... 90
Перейти на страницу:

Su voz sugería un cansancio infinito. Eran las tres y media.

– Me hice con el puñal previamente, cuando bajé a la biblioteca para tomar un whisky. Resultó muy fácil sacarlo de la pared del comedor, atravesar la cocina, subir por la escalera de atrás y llegar a mi habitación. Y después, por supuesto, sólo tuve que esperar.

– ¿Sabía que su esposa estaba con Robert Gabriel?

Sydeham desvió los ojos hacia el Rolex, cuya caja dorada brillaba como una media luna bajo el jersey negro. Recorrió con el dedo, como sin darle importancia, su superficie redonda. Tenía las manos muy grandes, pero desprovistas de callosidades, sin huellas de trabajos pesados. No parecían las manos de un asesino.

– No fue muy difícil arreglarlo, inspector -respondió por fin-. Como la propia Joanna hubiera puntualizado, yo quería que estuviesen juntos, y ella me dio justo lo que yo quería. Teatro auténtico del más alto nivel. Una sofisticada venganza, ¿verdad? Al principio no supe a ciencia cierta si estaba con él. Pensé, o tal vez esperé, que se había ido a otra parte de la casa, malhumorada, pero yo sabía que ése no era su estilo. En cualquier caso, Gabriel se mostró muy explícito el otro día en el Agincourt acerca de la conquista de mi mujer. No suele guardar silencio sobre esas cosas, ¿verdad?

– ¿Le atacó la otra noche en su camerino?

– Es la única parte de este condenado lío que me divirtió de veras -sonrió fríamente Sydeham-. No me gusta que otros hombres se tiren a mi esposa, inspector, tanto si ella lo hace de buen grado como si no.

– Sin embargo, usted no tiene el menor escrúpulo en robarle la mujer a otro hombre.

– Ah, Hannah Darrow. Tuve el presentimiento de que esa puta me la jugaría al final. -Sydeham tomó el vaso de café que tenía delante-. Cuando Joy habló durante la cena de su nuevo libro y mencionó los diarios que intentaba obtener de John Darrow, comprendí enseguida que todo se venía abajo. No daba la impresión de que fuera a rendirse a la primera negativa de Darrow. No había llegado tan alto en su carrera a base de arredrarse ante los desafíos, ¿verdad? Cuando habló de los diarios, comprendí que sólo era cuestión de tiempo que los consiguiera. Yo no sabía lo que Hannah había escrito, así que no podía arriesgarme.

– ¿Qué sucedió aquella noche con Hannah Darrow?

Sydeham enfocó sus ojos en Lynley.

– Nos encontramos en el molino. Llegó con cuarenta minutos de retraso, y yo empezaba a pensar, esperanzado, para ser sincero, que no vendría. Apareció en el último momento de la manera habitual, dispuesta a hacer el amor en el suelo. Yo… le di largas. Saqué una bufanda que ella había visto en una tienda de Norwich, e insistí en que me dejara ponérsela -Contempló el movimiento de sus manos sobre el vaso blanco, y los dedos se cerraron sobre el borde-. Fue muy sencillo. La estaba besando cuando apreté el nudo.

Lynley pensó en las inocentes referencias que había pasado por alto al principio en el diario de Hannah y efectuó un disparo a ciegas.

– Me sorprende que no la poseyera por última vez en el molino, ya que ella lo deseaba.

Recibió la recompensa que ansiaba al instante.

– Ya no me apetecía hacerlo con ella. Me resultaba más difícil a cada nuevo encuentro. -Sydeham emitió una breve carcajada, una expresión de desprecio dirigida contra sí mismo-. Se iba a repetir la historia de Joanna.

– La hermosa mujer que salta a la fama, objeto de las desbocadas fantasías de todos los hombres, cuyo propio marido es incapaz de satisfacerla como ella deseaba.

– Muy bien dicho, inspector. Una descripción impecable.

– Sin embargo, ha seguido al lado de Joanna durante todos estos años.

– Es lo único que he hecho bien en la vida. Mi triunfo absoluto. Nadie deja escapar algo así tan fácilmente; ni se me pasó por la cabeza. No podía dejarla escapar. Lo de Hannah ocurrió en un momento de crisis entre Jo y yo. Llevábamos unas tres semanas… distanciados. Ella estaba pensando en contratar los servicios de un agente de Londres y yo me sentía abandonado a mi suerte. Inútil. Debió de ser entonces cuando empezó mí… problema. Cuando Hannah apareció, me sentí un hombre nuevo durante un mes o dos. Cada vez que la veía, la poseía. Hasta dos o tres veces alguna noche. Vaya. Era como haber nacido por segunda vez.

– ¿Hasta que quiso convertirse en actriz como su mujer?

– Y entonces se repitió la historia. Sí.

– ¿Por qué la asesinó? Le hubiera bastado romper con ella.

– Había averiguado mi dirección de Londres. Ya tuve bastante con que se presentara en el teatro una noche, cuando Jo y yo salíamos con el agente de Londres. Después de eso comprendí que si la dejaba en los Fens se presentaría un día u otro en nuestro piso. Habría perdido a Joanna. No me quedaba otra elección.

– ¿Y Gowan Kilbride? ¿Dónde encaja?

Sydeham, después de arrugar el borde del vaso hasta inutilizarlo, lo posó sobre la mesa.

– Sabía lo de los guantes, inspector.

Completaron el interrogatorio preliminar de David Sydeham a las cinco y cuarto de la mañana. Salieron tambaleándose y con los ojos enrojecidos al pasillo, donde Sydeham telefoneó a su esposa. Lynley le vio marchar, sintiendo cierta piedad por el hombre. Eso le sorprendió, porque la detención servía a los intereses de la justicia. No obstante, sabía que las consecuencias de los asesinatos, como una piedra arrojada a la superficie quieta de un estanque, empezaban a influir en todos. Se dio la vuelta.

Había otras cosas a las que atender, entre ellas la prensa, ansiosa por fin de una declaración oficial, materializándose de la nada, aullando preguntas, exigiendo entrevistas.

Se abrió paso entre los periodistas a empujones y arrugó hasta la saciedad un mensaje del superintendente Webberly que apretaba en la mano. Se dirigió hacia el ascensor, casi exhausto, obsesionado con un solo pensamiento: encontrar a Helen. Con una sola necesidad: dormir.

Llegó a su casa como un autómata y se desplomó sobre la cama completamente vestido. No se despertó cuando Denton entró, le quitó los zapatos y le cubrió con una manta. No se despertó hasta la tarde.

– Fue por culpa de su vista -dijo Lynley-. Reparé en casi todas las pistas que me proporcionaba el diario de Hannah Darrow, excepto la referencia al hecho de que no llevaba gafas cuando fue a ver la segunda obra, por lo que no pudo ver el escenario con claridad. Pensó que Sydeham era un actor porque salió por la entrada de artistas al final de la representación. Y, desde luego, estaba demasiado cegado por el papel de Davies-Jones en Las tres hermanas para fijarme en que Joanna Ellacourt participaba en la misma escena de la que se había extraído la nota del suicidio. Sydeham se sabría de memoria las escenas en que Joanna salía, tal vez mejor que los actores. Le ayudaba a memorizarlas. Yo mismo le oí hacerlo en el Agincourt.

– ¿Sabía Joanna Ellacourt que su marido era el asesino? -preguntó St. James.

Lynley negó con la cabeza, aceptando la taza de té que Deborah le ofrecía con una débil sonrisa. Los tres estaban sentados en el estudio de St. James, dividiendo su atención entre pasteles y emparedados, tartas y té. Un pálido rayo de sol hirió la ventana y se reflejó sobre un montón de nieve acumulado sobre el reborde exterior. A lo lejos, en el Embankment, el tráfico de la hora punta comenzaba su ruidoso arrastrarse hacia los suburbios.

1 ... 80 81 82 83 84 85 86 87 88 ... 90
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)