Un Milagro En Equilibrio
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Milagro En Equilibrio». Краткое содержание книги:
Que te utilicé para llenar mi vida vacía, que deseaba concebirte porque necesitaba alguien que habitara mi soledad, porque cada cual busca e incluso planea sus amores (amantes, amigos, hijos) en función de sus carestías. Y en ese sentido, todo monógamo sucesivo debería anotar en el carácter de cada nuevo enamoramiento un índice de variación que se acusa a medida que se va avanzando a nuevas regiones de la vida. Detalles que años antes pasaban por insignificantes llegan a convertirse en la razón exacta por la que, tiempo después, nos sentimos atraídos por una persona. Sin ir más lejos, a mí me gustaban los músicos por lo que representaban: energía, movimiento, exaltación, y pensaba que todas mis posibilidades futuras de felicidad estaban contenidas en aquellas cualidades -virtudes a mis ojos- que implicaban una promesa de cambio. Y en aquel tiempo no me hubiera fijado en alguien como Anton, que personificaba todo lo contrario: tranquilidad, sosiego, paz… inmovilidad. Pero después de haber tenido mi dosis de movimiento resultó que la agitación había sido excesiva, que me había dejado mareada, atontada y por lo tanto en situación de interpretar como virtudes lo que tiempo atrás hubiera considerado defectos, y viceversa, de forma que llegó a parecerme encantadora, por ejemplo, una predecibilidad que antaño no hubiera dudado en calificar de aburrida. Sí, el rumano era predecible por puntual. Exacto como un reloj suizo, aparecía por casa siempre entre las seis y las seis y media con su bolsa de la compra bajo el brazo. El único día que se retrasó, cuando apareció por casa a las ocho y tantas, advertí de repente cómo los extraños pensamientos que llevaban dos semanas dándome vueltas dispersos en la cabeza se reunían en conciliábulo, descendían por el pecho y acababan por concentrarse en un punto concreto de mi anatomía, traducidos en una punzada en el corazón: una necesidad nueva, ávida y absurda de él.
También me podía haber aburrido, en otro tiempo, su carácter tranquilo y reservado que, sin embargo, acabó siendo, de entre sus rasgos, uno de los que más me gustaban. Todo lo que decía lo expresaba claramente y con naturalidad, sin prisas ni dudas, sin aderezar la historia con chistes ni bromas ni circunloquios. Parecía de una absoluta inocencia y simplicidad, pero una se daba cuenta en seguida que había algo misterioso en él que se notaba, precisamente, en sus silencios. Y tiempo atrás habría encontrado ridículas, seguramente, algunas de sus manías, como la obstinación en no usar jamás el microondas o la enconada resistencia a comprarse un móvil (debió de ser, probablemente, la única persona que yo conociera en Nueva York que no tenía uno), aparatos que, según él, no eran necesarios y podían causar cáncer (afirmación que hasta entonces yo había considerado una superchería pero que, salida de los labios de un científico, cobraba un siniestro valor admonitorio). Y si bien años antes lo habría calificado de soso, es más que probable que en aquel verano me atrajera el hecho de que, a diferencia de la mayoría de los hombres que yo había conocido hasta entonces, en ningún momento intentara rebasar una distancia de seguridad invisible que tácitamente establecimos entre nuestros cuerpos. Normalmente, cuando acabábamos de cenar, me proponía dar un paseo, o más bien me obligaba, porque él opinaba, y con razón, que la debilidad que sentía no sólo no mejoraría con el reposo estricto sino que probablemente se incrementaría. Yo, aprovechando que para andar no me quedaba otro remedio que colgarme de su brazo, pues todavía me mareaba demasiado como para atreverme a avanzar sola, intentaba acortar aquella invisible distancia y apretarme contra él, pero parecía no advertir mis evidentes señales, porque se comportaba tan respetablemente como si yo fuera una anciana de ochenta años y él mi enfermera de enlace.
Hubiéramos podido mantenernos mucho tiempo en aquella situación imprecisa, como de quien sueña despierto, lo cual, en cierto modo, tenía mucho que ver con mi realidad pues no en vano me pasaba la mayor parte del día moviéndome de forma confusa entre el sueño y la vigilia: de pronto me quedaba dormida y se me caía de las manos el libro que leía, y cuando despertaba no tenía muy claro si lo que recordaba del sueño lo había soñado, lo había leído o quizá incluso lo había vivido.
El libro que leía, por cierto, resultó ser Madame Bovary, un nombre que al FMN le sonaba a título de ópera y del que yo había encontrado nada menos que cuatro, cuatro ejemplares, en la estantería del salón: uno en inglés, otro en francés, otro en caracteres cirílicos (deduje el nombre del título a partir de la ilustración de portada, de las similitudes del alfabeto cirílico con el griego que había estudiado en la universidad y de mi propia imaginación, que sirvió de argamasa a la hora de construir una deducción), y un cuarto en lo que supuse que debía de ser rumano. Mi presunción la confirmó aquella noche el propietario de los libros, quien de paso me aclaró que, efectivamente, podía leer en los cuatro idiomas, y que si tenía las cuatro traducciones era porque el francés era el idioma original en que la obra había sido escrita, el rumano su lengua natal, el inglés la lengua que había tenido que aprender y que por tanto quería perfeccionar leyendo una obra que ya conocía y el ruso la lengua que había aprendido en el colegio.
– Como me sé la novela prácticamente de memoria no hace falta que entienda todas las palabras del idioma en que esté escrita, el significado lo imagino a través del sentido de la frase y lo que recuerde de la primera lectura del libro. Así que primero la leí en rumano, la segunda vez en francés, la versión inglesa la compré aquí para practicar y la rusa me la encontré en una librería de viejo y pensé que me vendría bien leer trozos del libro de cuando en cuando para no olvidarme del poco ruso que sé, porque aquí no lo practico nunca.