Un Milagro En Equilibrio
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Milagro En Equilibrio». Краткое содержание книги:
Mi familia de origen. Porque la primera familia había dejado de serlo desde que naciste tú.
¿El amor de mi padre? ¿El de mis hermanos? No sé si me quieren, no me atrevería a afirmarlo. Ni siquiera conozco si saben lo que es querer porque no creo que les hayan enseñado, si el amor es algo tan subjetivo como Dios o la literatura, conceptos que cada cual interpreta y aplica a su manera, ni siquiera yo sé lo que es querer si, hasta hace poco, sólo sabía obsesionarme por quien no me quería o por quien representaba lo socialmente aceptable, el sello que imprimir sobre el pasaporte que me permitiera cruzar la frontera que separaba mi mundo del de los otros.
Yo no quería a aquel famoso músico negro, sólo estaba alucinada, transportada y engañada, autoengañada, sólo me atraía el hecho de que el mundo le quisiera, de que miles de personas compraran sus discos, incluso de que los porteros de los clubs de lujo supieran su nombre. En algún rincón de mi cabeza suponía que su encanto se me contagiaría, que mientras estuviera a su lado no tendría que esforzarme como siempre por conseguir la aprobación ajena, que la adquiriría por ósmosis, por contacto.
¿Mi padre siente algo por mí? Ignoro lo que siente por mí, porque apenas lo conozco ni lo entiendo. Sé que dice que me quiere, como sé que yo nunca lo he sentido así, nunca. Sé que me hace daño, que me hunde, que cada vez que le veo vuelvo a mi casa odiándome. Pero también sé, porque te tengo a ti, que un hijo tira de tal manera del corazón de quien lo cría que sería imposible o muy difícil que mi padre hubiera olvidado ese lazo invisible y sólido que pese a todo nos une. Quizá lo que sucede es que, como el mono del documental, no puede impedir desahogar su frustración, y que el amor y el odio se encuentran íntimamente conectados en su cerebro, emociones que se basan en idénticos circuitos primarios, que atraviesan las mismas regiones en su camino hacia el hipotálamo. Qué puedo yo entender o aspirar de un hombre del que en el fondo todo ignoro, que vivió más de cuarenta años en un mundo en el que yo no existía, cuando yo no era ni una ilusión de futuro siquiera. Un hombre con sus propios miedos, angustias y sueños rotos que nada tienen que ver conmigo, un hombre cuya vida no gira a mi alrededor, por más que así yo lo deseara, tan intensamente, cuando era niña.
No, yo no fui muy feliz en la infancia. Ni mucho ni poco. De hecho, conozco poca gente que lo fuera. Los padres de Sonia se divorciaron cuando ella tenía cuatro años. Tania, por su parte, ni siquiera conoció a su padre, un señor casado que dejó a su madre embarazada. El conocimiento me ha hecho entender que las únicas familias felices son aquellas que no conocemos bien y que mi tragedia personal no es ni mejor ni peor que la de otros, sólo distinta. Pero es mía, es mi equipaje, mi recuerdo, mi memoria. Es el fardo con el que tengo que cargar o del que me tengo que deshacer. El caso es que no fui feliz. Desde que tuve uso de razón vi llorar a mi madre al menos una vez por semana por una cosa u otra, bien porque se había peleado con mi padre o porque se trataba de uno de aquellos días en que se encontraba demasiado fatigada y no podía levantarse de la cama. ¿Su corazón? Sí, era su corazón el que le impedía levantarse, pero nunca sabré si se trataba del órgano físico, el músculo que bombea la sangre a los tejidos del cuerpo a través de los vasos, ese que tiene dos atrios y dos ventrículos, o el metafórico, los sentimientos inexpresables que se guardan ahí y que afloraban en forma de síntomas físicos, el puro cansancio de cargar cada día con la culpa, la amargura y la frustración a las espaldas. No importaba lo que hiciéramos por ella, nunca era suficiente. Como los niños, exquisitos barómetros sensitivos, están tan bien sintonizados a la frecuencia emocional de sus padres, y como yo vivía en mi propio mundo y era incapaz de darme cuenta de que ella tenía un mundo ajeno, personal e intransferible, del que yo no formaba parte, vivía convencida de que, si mi madre no estaba bien, de alguna manera yo había sido la causante, y así estar cerca de ella se convertía en una experiencia de culpa constante y, consecuentemente, cuando crecí acabé por evitarla al máximo. Tenía por otra parte un padre guapo e inteligentísimo, pero también distante e imprevisible. Ya te he dicho que un día parecía encantado con nosotros y al siguiente nos prohibía entrar en su despacho bajo ningún pretexto y no salía de allí excepto para irse a la cama. Mi hermano, como bien dijo Jaume, era el repelente niño Vicente, un crío acusica y resentido, herido en el alma con el dolor agudo y puro que sólo los niños pueden sentir, un niño con el que no se podía jugar a nada porque no le gustaba perder y porque a la mínima se aprovechaba de su superioridad física para emprenderla a patadas o pellizcos. Y mis hermanas vivían en su propio universo exclusivo, en su habitación compartida de estampados florales y colchas y cortinas a juego, en una existencia paralela que se intuía brillante y armoniosa y a la que yo no tenía acceso porque,
como la más pequeña, me hallaba siempre muy lejos de sus preocupaciones, adolescentes ellas cuando yo era niña y universitarias cuando yo era adolescente. A su lado me sentía incómoda y ridícula, poca cosa, insignificante, tonta. Y fea. Fea porque yo era una niña regordeta y torpe, mientras que a las dos las recuerdo siempre delgadas y espigadas, siempre con la barbilla apuntando al cielo. Sí, en algún tiempo ellas debieron de haber sido regordetas y torpes como yo, pero entonces yo no había nacido, o era muy pequeña como para darme cuenta.
Puede que hubiera una parte feliz en mi infancia, sin duda la hubo (las tardes sesteando al calor de la playa, la espuma rizada del mar caliente, la luz reverberando en las crestas de una agua limpia y turquesa que parecía jarabe de sol, un bañador de lunares y un flotador con forma de foca, las monas de Pascua, las lagartijas dormidas en el borde de la tapia, la sorpresa que una vez me tocó en el roscón de Reyes o el día en el que hice de arcángel san Gabriel en una función del colegio porque la profesora dijo que con esos ricitos rubios parecía clavadita a un ángel) y te juro que he intentado recordarla muchas veces, porque ésa era mi única forma de sobrevivir, pero el caso es que los malos recuerdos envenenan todos los demás porque, incluso cuando las cosas parecían ir bien y mis padres no se peleaban y mi padre no se encerraba en el despacho y mi madre se levantaba de la cama, yo vivía sabiendo que eso no iba a durar, que antes o después iba a haber otra bronca, y nunca me sentí protegida, ni sentí que yo sirviera para nada, ni que el mundo fuese un lugar agradable o acogedor.
Tampoco fui feliz de mayor y, si has llegado hasta aquí, no hace falta que me embarque en más explicaciones. Y justo cuando empezaba a pensar que mi vida se iba a arreglar y que las cosas se enderezarían, bum, apareció una bomba dispuesta a dinamitar los cimientos del edificio que había empezado a construir y en cuya primera planta me había instalado. Porque yo he buscado la felicidad por muchas vías y me he equivocado en todas. Ni las drogas ni el alcohol ni la escritura ni los amores apasionados proporcionan felicidad. Proporcionan ciertos momentos de exaltación, pero, en el fondo, cuando bebía o me drogaba o me ponía a escribir compulsivamente o me liaba con locos de atar sólo porque decían que me adoraban y que no podían vivir sin mí me sentía igual a como me sentía en la infancia, perdida, porque siempre subsistía la certeza de que se trataba de algo transitorio, de que antes o después bajaría el efecto del alcohol o de las drogas o se ralentizaria el rapto amoroso, o el libro se acabaría y habría que volver a enfrentarse a la cruda realidad. Pero ahora, por primera vez, siento que tengo algo estable y duradero y que incluso puede crecer e ir a más, y no puedo permitir arruinarlo.
Cualquier psiquiatra te dirá que en una familia el único que duda sobre su cordura resulta ser, paradójicamente, el miembro más lúcido. Los demás se instalan en su propia locura y viven en ella más o menos confortablemente mientras que el lúcido es quien paga el pato, pues cuando ve lo que los demás no ven y lo dice, se encuentra con un grupo compacto empeñado en convencerle de que cambie, y es que su visión pone en peligro la visión de los otros al contraponerse a ella enfrentándola a una verdad que no es mejor, ni más pura, ni más útil, ni más fiable, pero que es, eso sí, distinta. Una verdad alternativa.