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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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Después subió por un camino circular hasta una casa de una sola planta, estilo años cincuenta, con fachada de ladrillo. Se habían añadido elementos a la construcción en varias fases, con una parte de madera blanca que conectaba con un laberinto de jaulas de alambrada. En cuanto se detuvo y bajó del coche, lo recibió una cacofonía de ladridos. El olor a excrementos lo impregnaba todo, favorecido por el calor y el sol de última hora de la mañana. A medida que avanzaba, el barullo fue aumentando. En la parte añadida, un cartel indicaba: OFICINAS. Un segundo cartel, similar al de la entrada, adornaba la pared. En una jaula cercana, un gran rottweiler negro, fornido, de más de cuarenta kilos, se levantó sobre las patas traseras enseñando los dientes. De todos los perros que había en aquella perrera, y Ricky podía ver decenas moviéndose, corriendo, midiendo las dimensiones de su encierro, éste parecía el único tranquilo. El animal lo observó con atención, como si lo estuviera midiendo, lo que, según cabía suponer, estaba haciendo.

En las oficinas había un hombre de mediana edad sentado tras una vieja mesa metálica. El aire estaba cargado de hedor a orina.

El hombre era delgado, calvo, larguirucho, con unos antebrazos gruesos que Ricky imaginó que el manejo de los animales había musculado.

– Enseguida lo atiendo -dijo.

Estaba tecleando números en una calculadora.

– No se preocupe, me espero -contestó Ricky.

Observó cómo marcaba unas cifras más y cómo sonreía al ver el total.

El hombre se levantó y se acercó a él.

– ¿En qué puedo servirle? -preguntó-. Caramba, parece que ha tenido problemas.

Ricky asintió y bromeo:

– Ahora es cuando me tocaría decir: «Tendría que ver cómo quedó el otro».

– Y a mí creerlo -rió el criador de perros-. Bueno, usted dirá.

Aunque me permito comentarle que, si hubiera tenido a Brutus a su lado, no habría habido pelea. No señor.

– ¿Es Brutus el perro de la jaula junto a la puerta?

– Lo ha adivinado. Desanima al más pintado. Y ha engendrado unos cuantos cachorros que podrán ser adiestrados en un par de semanas.

– Gracias, pero no.

El criador de perros pareció confundido.

Ricky sacó la falsa identificación de detective privado. El hombre la observó un instante y comentó:

– Supongo que no está buscando un cachorro, ¿verdad, señor Lazarus?

– No.

– Bueno, ¿en que puedo ayudarle?

– Hace algunos años vivía aquí una pareja. Howard y Martha Jackson.

El hombre se puso rígido y su aspecto cordial desapareció, sustituido por un recelo repentino, que se vio acentuado por el paso atrás que dio, casi como si aquellos nombres le hubieran dado un empujón en el pecho. Su voz adoptó un tono cauteloso.

– ¿Por qué está interesado en ellos?

– ¿Eran parientes suyos?

– Compré la finca a sus sucesores. De eso hace mucho tiempo.

– ¿Sus sucesores?

– Murieron.

– ¿Murieron?

– Exacto. ¿Por qué está interesado en ellos?

– Estoy interesado en sus tres hijos.

El hombre vaciló de nuevo, como si sopesara las palabras de Ricky.

– No tenían hijos. Murieron sin descendencia. Sólo un hermano que vivía cerca de aquí. Él fue quién me vendió la finca. Yo la arreglé muy bien y convertí su negocio en algo rentable. Pero no había hijos. Nunca los hubo.

– Se equivoca -aseguró Ricky-. Los había. Adoptaron a tres huérfanos a través de la Diócesis Episcopal de Nueva York.

– No sé de dónde ha sacado esa información, pero no es así -replicó el criador con una repentina cólera apenas disimulada-.

Los Jackson no tenían familia directa salvo ese hermano que me vendió la finca. Era sólo el matrimonio y murieron juntos. No sé de qué está hablando y creo que puede que ni siquiera usted mismo lo sepa.

– ¿Juntos? ¿Cómo?

– Eso no es asunto mío. Y creo que tampoco suyo.

– Pero sabe la respuesta, ¿verdad?

– Todos los que vivían aquí saben la respuesta. Puede verlo en los periódicos. O quizás ir al cementerio. Están enterrados carretera arriba.

– Pero ¿usted no va a ayudarme?

– Pues no. ¿Qué clase de detective privado es usted?

– Ya se lo he dicho -contestó Ricky-. Uno que está interesado en los tres hijos que los Jackson adoptaron en mayo de 1980.

– Y yo ya le he dicho que no había ningún hijo. Adoptado ni de otra clase. Así pues, ¿qué le interesa en realidad?

– Mi cliente necesita algunas respuestas. El resto es confidencial -repuso Ricky.

El hombre entrecerró los ojos e irguió los hombros, como si la impresión inicial hubiese dado paso a la agresividad.

– ¿Un cliente? ¿Alguien le paga para que venga aquí a hacer preguntas? ¿Tiene tarjeta? ¿Un número al que pueda llamarlo si por casualidad recordara algo?

– Soy forastero.

– Las líneas telefónicas van de un estado a otro, hombre. -El criador de perros siguió observando a Ricky-. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con usted? ¿Dónde le localizo si necesito hacerlo?

Era el turno de Ricky de ser precavido.

– ¿Qué cree que va a recordar que no recuerde ahora? -preguntó.

La voz del hombre adquirió por fin una frialdad absoluta.

Ahora lo estaba midiendo, evaluando, como si tratara de grabarse todos los detalles de su cara y su físico.

– Déjeme ver otra vez esa identificación -pidió-. ¿Tiene alguna placa?

El cambio repentino del hombre lanzaba advertencias a Ricky.

En ese segundo comprendió que, de golpe, estaba cerca de algo peligroso, como si hubiera caminado a oscuras hasta el borde de algún terraplén escarpado.

Retrocedió un paso hacia la puerta.

– ¿Sabe qué? Le daré un par de horas para pensárselo y le llamare. Si quiere hablar, si ha recordado algo, entonces podemos vernos.

Ricky salió deprisa de la oficina y se dirigió hacia su coche. El criador salió detrás de él, pero se dirigió hacia la jaula de Brutus.

El hombre abrió la puerta y el perro, con las fauces abiertas, pero todavía silencioso, se puso de inmediato a su lado. El criador le hizo una pequeña señal con la mano y el perro se quedó inmóvil con los ojos fijos en Ricky, a la espera de la siguiente orden.

Ricky se volvió hacia el perro y su propietario y dio los últimos pasos hasta la puerta del coche retrocediendo despacio. Se metió la mano en el bolsillo y sacó las llaves del automóvil. El perro emitió un gruñido grave, tan amenazador como los músculos tensos de las paletillas y las orejas levantadas, a la espera de la orden de su amo.

– Me parece que no volveré a verlo -dijo el criador-. Y no creo que regresar aquí a hacer más preguntas sea muy buena idea.

Ricky se pasó las llaves a la mano izquierda y abrió la puerta.

A la vez, metió la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta para empuñar la pistola. No apartó los ojos del perro y se concentró en lo que tal vez tendría que hacer. Quitar el seguro. Sacar la pisto la. Amartillarla. Adoptar una posición de disparo y apuntar.

Cuando lo hacía en el local de tiro no estaba acuciado, y aun así tardaba unos segundos. No sabía si podría disparar a tiempo, ni si haría blanco. Se le ocurrió, además, que podría necesitar varias balas para detener a aquella bestia.

El rottweiler seguramente cruzaría el espacio que los separaba en dos o tres segundos como mucho. El perro, ansioso, avanzó unos centímetros.

– No -pensó Ricky-. Menos aún. Un solo segundo.”

El criador vio que Ricky deslizaba la mano hacia el bolsillo.

– Señor detective privado, aunque lo que tenga en el bolsillo sea una pistola, no le servirá de nada, se lo aseguro -señaló-. No con este perro. Ni hablar.

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