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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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Y había otra cosa que le resultaba muy clara: si Rumplestiltskin averiguaba que se había escapado, si tan sólo sospechaba que seguía respirando el aire de este planeta, le seguiría la pista con renovada furia. Ricky no creía que fuera a tener la oportunidad de participar en ningún otro juego. También sabía lo fácil que seria cargarse a su nueva identidad: Richard Lively era una persona insignificante. Su mismo anonimato convertía su probable muerte rápida y brutal en algo muy fácil. Richard Lively podía ser ejecutado a plena luz del día, y ningún policía de ninguna parte podría establecer las conexiones necesarias que le condujeran hasta Ricky Starks y hasta alguien apodado Rumplestiltskin. Lo que averiguarían seria que Richard Lively no era Richard Lively y, acto seguido, pasaría a ser un individuo no identificado, enterrado sin demasiadas ceremonias y sin lápida. Quizás algún inspector se preguntaría por un momento quién sería en realidad pero, agobiado de trabajo, olvidaría pronto la muerte de Richard Lively. Para siempre.

Lo que tanta seguridad daba a Ricky lo volvía asimismo del todo vulnerable.

Así que, a su vuelta a New Hampshire, reanudó las simples rutinas de su vida en Durham con un entusiasmo febril. Era como si quisiera abandonarse por entero a la monótona regularidad de levantarse cada mañana e ir a trabajar con el resto de los empleados de mantenimiento de la universidad, de fregar suelos, limpiar lavabos, abrillantar pasillos y cambiar bombillas, intercambiar bromas con los compañeros de trabajo y especular sobre las posibilidades de los Red Sox la temporada siguiente. Se movía en un mundo normal y anodino que parecía pedir a gritos que lo pintaran con los azules pálidos y los verdes claros institucionales. Una vez, mientras aplicaba una limpiadora de vapor a la moqueta de la facultad, descubrió que la sensación de la máquina que zumbaba y vibraba en sus manos y de la franja de alfombra limpia que creaba le resultaba casi hipnóticamente agradable. Era como si, en la nueva simplicidad de este mundo, pudiera dejar atrás quién había sido. Era una situación extrañamente satisfactoria: soledad, un trabajo que rezumaba rutina y regularidad, y las noches que atendía la centralita del Teléfono de la Esperanza, donde recordaba sus técnicas de terapeuta para dar consejo y tender la mano de una forma modesta y sencilla. Descubrió que no echaba demasiado de menos la dosis diaria de angustia, frustración y cólera que caracterizaba su vida de analista. Se preguntó si la gente que había conocido, o incluso su mujer, lo reconocería. De modo extraño, Ricky creía que Richard Lively estaba más cerca de la persona que quería ser, más cerca de la persona que se encontraba a sí misma durante los veranos en Cape Cod, de lo que había estado nunca el doctor Starks al tratar a los ricos, poderosos y neuróticos.

«El anonimato es atractivo», penso.

Pero escurridizo. Cada segundo que se obligaba a sentirse cómodo siendo Richard Lively, el personaje vengativo de Frederick Lazarus gritaba órdenes contradictorias. Reanudó los ejercicios físicos y pasó las horas libres perfeccionando su puntería en el local de tiro. A medida que el tiempo seguía mejorando, con el consiguiente calor y estallido de colores, decidió que necesitaba añadir técnicas de prácticas al aire libre a su repertorio, así que se ¡inscribió con el nombre de Frederick Lazarus a un curso de orientación que daba una compañía de excursionismo y cámping.

En cierto sentido se había triangulado a si mismo, del mismo modo en que uno conoce su situación cuando se pierde en el bosque. Tres columnas: la persona que era antes, la persona en que se había convertido y la persona que necesitaba ser.

Por la noche, sentado solo en la penumbra de su habitación alquilada mientras una única lámpara de mesa apenas recortaba las sombras, se preguntó si podría dejar todo atrás. Abandonar cualquier conexión emocional con el pasado y lo que le había ocurrido, y convertirse en un hombre de sencillez absoluta. Vivir de sueldo en sueldo. Obtener placer de la rutina básica. Redefinirse. Dedicarse a pescar o cazar, incluso sólo a leer. Relacionarse con la menor gente posible. Vivir de modo monacal y en una soledad de ermitaño.

Dejar atrás cincuenta y tres años de vida y convencerse de que todo se había reiniciado de cero el día en que había prendido fuego a su casa de Cape Cod. Era algo parecido al zen, y tentador. Podía evaporarse del mundo como un charco de agua un día soleado y caluroso, y elevarse hacia la atmósfera.

Esta posibilidad era casi tan aterradora como su alternativa.

Le pareció que había llegado el momento en que tenía que tomar una decisión. Como para Ulises, su nombre informático, su camino estaba entre Escila y Caribdis. Cada opción tenía costes y riesgos.

Por la noche, en su modesta habitación alquilada de New Hampshire, extendió sobre la cama todas las notas que tenía sobre el hombre que le había obligado a abandonar su vida. Retazos de información, pistas y direcciones que podía seguir. O no.

O bien iba a perseguir al hombre que le había hecho eso, con lo que se arriesgaba a ponerse al descubierto, o bien iba a olvidarse de todo y a llevar la vida que pudiera con lo que ya había establecido. Se sintió un poco como un explorador español del siglo XV contemplando vacilante en la cubierta de una carabela la enorme extensión del océano y acaso un nuevo e incierto mundo más allá del horizonte.

Entre el material diseminado estaban los documentos que se había llevado del lecho de muerte del viejo Tyson en el hospital.

En ellos figuraban los nombres de los padres adoptivos que habían acogido a los tres niños hacia veinte años. Sabía que ése era el paso siguiente.

La decisión era darlo, o no.

Una parte de él insistía en que podía ser feliz como Richard Lively, encargado de mantenimiento. Durham era una ciudad agradable. Sus caseras eran amables.

Pero otra parte de él veía las cosas de otro modo.

El doctor Frederick Starks no se merecía morir. No por lo que había hecho, aunque estuviera mal, en un momento de indecisión y de dudas. Era innegable que podría haberlo hecho mejor con Claire Tyson. Podría haberle tendido la mano y tal vez ayudarla a encontrar una vida que valiera la pena vivir. Desde luego Ricky había tenido esa oportunidad y no la había aprovechado. Rumplestiltskin no se equivocaba en eso. Pero su castigo excedía con creces su culpabilidad.

Y esa idea enfurecía a Ricky.

– Yo no la maté -susurro.

Creía que aquella habitación era tanto un ataúd como un bote salvavidas.

Se preguntó si podría inspirar aire que no supiera a duda.

¿Qué clase de seguridad le ofrecía esconderse para siempre? ¿Sospechar siempre que cualquier persona al otro lado de una ventana era el hombre que lo había llevado al anonimato? Era una idea terrible. El juego de Rumplestiltskin no terminaría nunca para él.

Ricky nunca sabría, nunca estaría seguro, nunca tendría un momento de paz, sin preguntas.

Tenía que encontrar una respuesta.

Tomó los papeles de la cama. Quitó la goma elástica de los documentos de adopción con tanta rapidez que emitió un chasquido.

– Muy bien -se dijo en voz baja a sí mismo y a todos los fantasmas que pudieran estar escuchándolo-. El juego vuelve a empezar.

Los servicios sociales de Nueva York habían colocado a los tres niños en sucesivos hogares de acogida los primeros seis meses tras la muerte de su madre, hasta que los adoptó una pareja que vivía en Nueva Jersey. Un informe de un asistente social afirmaba que había sido difícil colocar a los niños; que salvo en su último y no identificado hogar de acogida, se mostraban indisciplinados, ariscos y groseros en cada lugar. El asistente recomendaba terapia, en especial para el mayor. El informe estaba redactado en un lenguaje sencillo y burocrático con intención de cubrirse las espaldas, sin la clase de detalles que podría haber indicado a Ricky algo sobre el niño que se había convertido en el hombre que había destruido su vida. Averiguó que la Diócesis Episcopal de Nueva York se había encargado de la adopción a través de su ala benéfica. No había constancia de ningún intercambio de dinero, pero Ricky supuso que lo había habido. Había copias de documentos legales de renuncia a todo derecho sobre los niños firmados por el viejo Tyson, y un documento firmado por Daniel Collins durante su estancia en la cárcel, en Texas. Ricky observó la simetría de ese elemento: Daniel Collins había rechazado a sus tres hijos cuando estaba en prisión. Años después, había vuelto a ella bajo la escabrosa batuta de Rumplestiltskin. Ricky pensó que, fuera como fuese que el hombre que había sido rechazado de niño lo hubiera conseguido, debía de haberle proporcionado una satisfacción increíble.

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