La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]
- Автор: Касслер Клайв
- Серия: Dirk Pitt (es) #17
- Язык: испанский
- Переводчик: Alberto Coscarelli
- Жанр: Боевики
Электронная книга - «La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]». Краткое содержание книги:
En su camino se encuentra un barco de cruceros, de dimensiones nunca vistas. La muerte amenaza a un número incalculable de personas. Dirk Pitt, su hijo y Al Giordano acuden a rescatarles, pero cuando lo han hecho descubren algo aterrador, que supone una amenaza para toda la humanidad. Dispondrán de pocos días para detener una catástrofe que puede cambiar el mundo para siempre.
La odisea de Troya es una aventura grandiosa, una muestra más del talento excepcional de un maestro del género.
Confiados en las indicaciones de la brújula y del receptor GPS, se dirigieron hacia el muelle central, allí donde tocaba la costa. Nadaron lenta y rítmicamente, mientras el agua de la superficie se hacía más clara por las luces del muelle. También vieron los haces de luz amarilla de los reflectores que alumbraban la zona por encima de sus cabezas.
El agua se volvió más transparente, y vieron cómo el resplandor amarillo se hacía más brillante en la superficie. Tras avanzar otros cien metros, distinguieron el perfil de los pilotes del muelle. Rodearon el casco del barco portacontenedores de Cosco, con la precaución de mantenerse apartados para evitar que los viera algún tripulante apoyado en la borda.
Había cesado la actividad en el muelle. Las grandes grúas habían apagado los motores y los camiones se habían marchado después de cerrarse las puertas de los depósitos.
Pitt notó repentinamente un cosquilleo en la nuca y percibió un movimiento en el agua cuando una figura enorme apareció en la penumbra y descargó un coletazo contra su hombro antes de desaparecer. Se quedó rígido, y Giordino notó en el acto que la cuerda se aflojaba.
– ¿Qué pasa? -preguntó.
– Creo que nos ronda un jaquetón toro.
– ¿Un tiburón?
– Un tiburón del lago de Nicaragua, con el hocico romo, grande y de color gris, que mide entre dos metros y medio y tres metros.
– ¿Los tiburones de agua dulce muerden?
– Muéstrame alguno que no sea carnívoro.
Pitt trazó un círculo completo con el rayo de la linterna, pero no se veía más allá de tres metros en el agua fangosa.
– Lo mejor será formar un círculo con las carretas.
Giordino comprendió inmediatamente cuál era la intención de su compañero. Nadó hasta situarse a su lado y luego se apoyaron espalda contra espalda para mirar en direcciones opuestas y así tener una visión de trescientos sesenta grados. Como si se hubieran leído el pensamiento, ambos desenfundaron el cuchillo que llevaban en la vaina atada a la pantorrilla y lo sostuvieron a modo de espada.
El tiburón no tardó en reaparecer y comenzó a dar vueltas a su alrededor en círculos cada vez más pequeños. La piel gris hacía juego con el aspecto repulsivo de la enorme bestia, que los miraba con un ojo negro grande como una taza de café; la boca entreabierta permitía ver las hileras de dientes triangulares. Se volvió bruscamente y se acercó todavía más para ver mejor a los buceadores. Nunca había visto unos peces con apéndices, que no se parecían en nada a sus víctimas habituales.
Tenía el aspecto de un monstruo glotón que intentaba decidir si los dos extraños peces colados en sus dominios serían un bocado apetitoso. Le llamaba la atención que sus presas no hicieran el menor intento de escapar.
Pitt sabía que la siniestra máquina asesina aún no estaba del todo preparada para el ataque. Por el momento mantenía la boca entreabierta y los labios no se habían apartado de los dientes como sierras. Decidió que la mejor defensa era el ataque y se lanzó sobre el tiburón. Con un rápido movimiento en diagonal abrió un profundo corte en el hocico del escualo, que era el único punto blando en la piel, recia como el cuero.
El tiburón se apartó en el acto, con un reguero de sangre en su estela, desconcertado y furioso por la inesperada muestra de resistencia de lo que debía haber sido una presa fácil. Después dio la vuelta, permaneció inmóvil durante un par de segundos, para luego mover la cola y lanzarse contra Pitt con la velocidad de un proyectil, dispuesto a destrozarlo.
A Pitt solo le quedaba un truco en la chistera. Enfocó el rayo de luz de la linterna directamente al ojo derecho del tiburón. El destello inesperado cegó temporalmente al asesino lo justo para inducirlo a desviarse hacia la derecha, con la boca abierta preparada para morder la carne y los huesos. Pitt movió las piernas con todas sus fuerzas y se giró de lado cuando el tiburón pasó como un rayo, al tiempo que se valía de su aleta pectoral para apartarlo. Las mandíbulas se cerraron en el agua vacía. A continuación Pitt asestó una puñalada en el ojo negro del monstruo.
Podrían haber pasado dos cosas. El tiburón enfurecido podría haber continuado el ataque sin más vacilaciones, provocado por el dolor y la rabia, u optar por alejarse, medio ciego, para ir en busca de una presa más fácil.
Afortunadamente, se decidió por lo segundo y se alejó para no volver.
– Eso ha sido lo más cerca que hemos estado de convertirnos en el plato del día -comentó Giordino, con un tono que aún denotaba la tensión.
– Probablemente a mí me habría engullido y a ti te habría escupido por incomible -replicó Pitt.
– Nos hemos quedado sin saber si le gustaba la comida italiana.
– Mejor vámonos antes de que aparezca alguno de sus colegas.
Continuaron nadando pero con mayor precaución que antes, y se sintieron mucho más tranquilos cuando las luces del muelle les permitieron ver a una distancia de diez metros. Por fin llegaron a los pilotes debajo del muelle y nadaron entre ellos antes de salir a la superficie y mirar las traviesas de madera mientras aprovechaban para descansar y ver si su presencia había sido detectada por los sensores. Flotaron durante unos minutos, sin escuchar pasos ni voces que delataran la llegada de los guardias.
– Seguiremos el recorrido del muelle hasta la orilla, antes de salir a la superficie.
Esta vez Giordino ocupó la vanguardia y Pitt lo siguió. El fondo ascendió bruscamente y dieron las gracias cuando encontraron una playa de arena libre de rocas. Agachados bajo el muelle, que los protegía de las luces, se quitaron el equipo y los trajes de buceo. Luego sacaron de las mochilas los monos y los cascos de Odyssey. Se pusieron los calcetines y los zapatos, y comprobaron que las tarjetas de identificación estuviesen en la posición correcta antes de salir a campo abierto.
Un único guardia ocupaba la garita junto a la carretera pavimentada, en la entrada del muelle. Estaba viendo una vieja película norteamericana doblada al español que daban por televisión. Pitt miró a un lado y al otro, pero no había más guardias a la vista.
– ¿Ponemos a prueba nuestra presencia? -le preguntó Pitt a Giordino, cara a cara por primera vez desde que se habían zambullido en el agua.
– ¿Quieres observar su reacción cuando pasemos por delante de la garita?
– Esta es nuestra única oportunidad para descubrir si podremos movernos sin tropiezos por las instalaciones.
Pasaron por delante de la garita con toda naturalidad. El guardia, que vestía el mono negro de los hombres, captó el movimiento por el rabillo del ojo y se apresuró a salir a la carretera.
– ¡Alto! -gritó, en español.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó Giordino.
– Quiere que nos detengamos.
– ¿Qué hacen aquí? Deberían estar en sus cuartos.
– Aquí tienes la oportunidad para utilizar tu español -dijo Giordino, al tiempo que apoyaba la mano en la culata de la pistola debajo del mono.
– ¿Qué español? -preguntó Pitt risueñamente-. No recuerdo casi nada de lo que me enseñaron en el instituto.
– Inténtalo. ¿Qué ha dicho?
– Quiere saber qué estamos haciendo aquí, y luego dijo que deberíamos estar en nuestros alojamientos.
– No está mal. -Giordino sonrió. Se acercó al guardia con la mayor tranquilidad-. Yo no hablo español -dijo con una voz aguda que pretendía imitar la de una mujer.
– Muy bien -lo felicitó Pitt.