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Электронная книга - «Los años con Laura Díaz». Краткое содержание книги:

Un recorrido por la vida íntima de una mujer y sus pasiones, los obstáculos, prejuicios, dolores, amores y alegrías que la conducen a conquistar su libertad propia y su personalidad creativa. Una saga familiar, originada en Veracruz. Laura Díaz y otras figuras de la talla de Frida Kahlo y Diego Rivera comparten aspectos centrales de la historia cultural y política del país, y nos llevan a reflexionar sobre la historia, el arte, la sociedad y la idiosincrasia de los mexicanos. En esta novela, como nunca antes, Fuentes es fiel a su propósito de describirnos el cruce de caminos donde se dan cita la vida individual y la colectiva.
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– Estoy esperando. En cualquier momento. Any moment now.

Ella se entregó a Harry por muchas razones, por su edad, porque no hacía el amor desde la noche en que Basilio se despidió antes de regresar a Vassar y ella no tuvo que pedirlo ni Baltazar tampoco, era un acto de humildad y memoria, un homenaje a Jorge Maura y a Pilar Méndez, sólo ella y él, Laura y Basilio presentes, podían representar con ternura y respeto a los amantes ausentes, pero ese acto de amor entre ellos por amor a otros, despertó en Laura Díaz un apetito que comenzó a crecer, un deseo erótico que ella creía, si no perdido, seguramente dominado por la edad, la decencia íntima, la memoria de los muertos, la superstición de ser vigilada desde alguna tierra oscura por los dos Santiagos, por Jorge Maura y por Juan Francisco -los muertos o desaparecidos que vivían en un territorio donde la única ocupación era vigilar a la que se quedó en el mundo, Laura Díaz.

– No quiero hacer nada que atente contra el respeto a mí misma.

– Self respect, Laura?

– Self respect, Harry.

Ahora la cercanía de Harry en Cuernavaca le despertó una ternura nueva, que al principio no supo identificar. Quizás nacía del juego de miradas en las reuniones de fin de semana, nadie lo miraba a él, él no miraba a nadie, hasta que llegó Laura y los dos se miraron. ¿No se inició así su amor con Jorge Maura, cruzando miradas en una fiesta en casa de Diego Rivera y Frida Kahlo? Qué distinto, el poder de aquella mirada del amante español, de la debilidad no sólo en la mirada sino en el cuerpo entero de este norteamericano triste, desorientado, herido, humillado y requerido de cariño.

Laura primero lo abrazó, sentados los dos en la cama de la casita en la barranca, lo abrazó como a un niño, rodeándole la espalda con el brazo, tomándole una mano, arrullándolo casi, pidiéndole que levantara la cabeza, que la mirara, quería ver la mirada verdadera de Harry Jaffe, no la máscara del exilio y la derrota y la compasión de sí mismo.

– Déjame acomodarte tus cosas en los cajones.

– Don't mother me, fuck you.

Tenía razón. Lo estaba tratando como a un niño débil y pusilánime. Tenía que hacerle sentir que eres un hombre, que quiero sacarte el fuego que te queda, Harry, cuando ya no sientes pasión por el éxito, el trabajo o la política o los demás seres humanos, quizás queda agazapado, burlón, como un duende, el sexo incapaz siempre de decir no, la única parte de tu vida, Harry, que acaso sigue diciendo que sí, por animalidad pura, quizás, o quizás porque tu alma, mi alma, ya no tienen más reducto que el sexo, pero lo ignoraban.

– A veces me imagino a los sexos como dos enanitos que asoman las narices entre nuestras piernas, burlándose de nosotros, desafiándonos a que los arranquemos de su nicho tragicómico y los tiremos a la basura, sabiendo que por más que nos torturen, siempre viviremos con ellos, los enanitos.

No quiso compararlo a nada. Se resistió a cualquier comparación. Allí estaba. Lo que ella imaginaba. Lo que él había olvidado. Una entrega apasionada, diferida, ruidosa, inesperadamente dicha y gritada por los dos, como si ambos salieran de una cárcel que los retuvo demasiado tiempo y allí mismo, a la salida del penal, del otro lado de la reja, estuviesen Laura esperando a Harry y Harry esperando a Laura.

– My baby, my baby.

– We'll see tomorrow.

– Soy un viejo productor judío y rico que no tiene por qué estar aquí, sino porque quiero compartir la suerte de los jóvenes judíos citadinos contra los que va dirigida la persecución macartista.

– ¿Sabes lo que es iniciar cada mañana diciéndote a ti mismo, «Éste es el último día en que voy a vivir en paz»?

– Cuando oyes que tocan a tu puerta, no sabes si son ladrones, mendigos, policías, lobos, o simple comején…

– ¿Cómo vas a enterarte si la persona que te visita y que se dice tu amigo desde siempre, no se ha convertido ya en tu delator, cómo lo sabes?

– Estoy en Cuernavaca exiliado porque no podría soportar la idea de una segunda interrogación.

– Hay algo más duro que aguantar la persecución en carne propia y es mirar la traición en carne ajena.

– Laura, ¿cómo vamos a reconciliar nuestros dolores y nuestras vergüenzas?

– My baby, my baby.

XX. Tepoztlán: 1954

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– Debo guardar silencio para siempre.

Ella quiso llevarlo a México, a un hospital. El quería permanecer en Cuernavaca. Transaron por pasar un tiempo en Tepoztlán. Laura imaginó que la belleza y soledad del lugar, un valle subtropical extenso pero ceñido por imponentes montañas piramidales, moles verticales, cortadas a pico, sin laderas o colinas circundantes, rectas y desafiantes como grandes muros de piedra levantados para proteger los campos de azúcar y brezo, de arroz y naranjos, les serviría de refugio a ambos, quizás Harry se decidiría a escribir de nuevo, ella lo cuidaba, era su papel, lo asumió sin pensarlo dos veces, la liga creada entre los dos durante los pasados dos años era inquebrantable, se necesitaban..

Tepoztlán le devolvería la salud a su tierno, amado Harry, lejos de la repetición incesante de los actos trágicos de Cuernavaca. La casita que alquilaron existía protegida pero ensombrecida por dos grandes moles, la de la montaña y la de la inmensa iglesia, monasterio y fortaleza construido por los dominicos en competencia con la naturaleza, como tantas veces sucede en México. Harry le hacía notar esto, la tendencia mexicana a hacer una arquitectura que rivalizara con la naturaleza, imitaciones de montañas, de precipicios, de desiertos… La casita de Tepoztlán no competía con nada, por eso la escogió Laura Díaz, por su sencillez de adobes desnudos dando a una calle sin pavimentar por la que pasaban más perros sueltos que seres humanos, y adentro esa otra capacidad mexicana para pasar de un poblado pobre y descuidado a un oasis de verdor, plantas color sandía, fuentes limpias, patios serenos y corredores frescos que parecían venir desde muy lejos y no terminar nunca.

Sólo tenían una recámara con un camastro antiguo, un baño mínimo decorado por azulejos quebradizos y una cocina como las de la niñez de Laura, sin aparatos eléctricos, con sólo estufas de carbón que pedían un abanico para animarse y una hielera que requería

la diaria visita del repartidor para mantener frías las botellas de Dos Equis que eran el placer de Harry. La vida de la casa ocurría alrededor del patio, allí estaban los equípales y la mesa de cuero, difícil para escribir sobre ella, blanda y manchada por demasiados círculos mojados de fondo de cerveza. Los cuadernos, las plumas, permanecían en un cajón del dormitorio. Cuando Harry empezó a escribir de nuevo, Laura leyó en secreto las páginas de los cuadernos escolares de mala calidad por los que se escurría la tinta de la Esterbrook de Harry. Él sabía que ella leía, ella sabía que él sabía, de eso no se hablaba.

«Jacob Julius Garfinkle, ése era su nombre original. Crecimos juntos en Nueva York. Si eres un chico judío del Lower East Side de Manhattan, naces con ojos, narices, boca, orejas, pies y manos, todo un cuerpo más algo sólo nuestro: un pedruzco en el hombro, a chip on the shoulder, desafiando al extraño (y quién no es un extraño si naces en un barrio como el nuestro) a que te quite de un manotazo brutal o de un delicado y desdeñoso dedazo, la piedreci-ta que todos traemos en el hombro, a sabiendas de que esa piedre-cita no está puesta allí, nacimos con ella, es una excrecencia de nuestra carne humillada, pobre, inmigrante, italiana, irlandesa o judía (polaca, rusa, húngara, pero judía siempre), se nota más cuando nos desnudamos para darnos una ducha o hacer el amor o dormir desvelados pero hasta cuando nos vestimos la astilla del hombro rompe la tela de la camisa, o de la chamarra, sale, se muestra, le dice al mundo atrévete a molestarme, atrévete a insultarme, a pegarme, a humillarme, atrévete nada más. Jacob Julius Garfinkle, lo conocí desde niño, tenía la piedrecita en el hombro más grande que nadie, era pequeño, moreno, un judío oscuro de nariz roma y labios sonrientes pero crueles, burlones y peligrosos como sus ojos, como su postura de gallito de pelea, con su hablar de ametralladora, como su constante alerta porque el desafío estaba a la vuelta de cada esquina, en el quicio de cada puerta, la mala suerte podía caerle desde una azotea, a la salida de un bar, en el filo carcomido de un muelle junto al río… Julie Garfinkle llevó las calles malditas y los drenajes oscuros de Nueva York a la escena, se mostró desnudo y vulnerable pero armado de coraje para resistir la injusticia y salir en defensa de todos los que nacieron como él, en los inmensos ghettos, las juderías eternas de la "civilización occidental". Lo conocí en el teatro. Fue el "niño dorado", de la obra de Clifford Odets, Golden Boy, el joven violinista que cambia su talento por el éxito en el ring y se queda sin manos, sin dedos, sin puños ni para atacar a Joe Lewis (que tam-

bien era judío) ni a Félix Mendelssohn (que también era negro). Lo firmaba todo. Si le decían mira Julie, la injusticia que se está cometiendo contra los judíos, contra los negros, contra los mexicanos, contra los comunistas, contra Rusia la patria del proletariado, contra los niños pobres, contra los enfermos de oncocercosis en Nueva Guinea, Julie firmaba, lo firmaba todo y la letra de su firma era fuerte, quebrada, rotunda, era una caricia como un puñetazo, era un sudor como una lágrima, así era mi amigo Julie Garfmkle. Cuando lo llevaron a Hollywood después de su éxito en el Group Theater, no dejó de ser el quijote callejero de siempre, se interpretó a sí mismo y fascinó al público. No era ni guapo ni elegante ni cortés ni irónico, no era Cary Grant o Gary Cooper, era John Garfield, el chico peleonero de las calles malignas de Nueva York vuelto a nacer en Beverly Hills para entrar con los zapatos llenos de lodo a las mansiones rodeadas de rosales y meter las patas sucias en las piscinas cristalinas. Por eso su mejor papel fue al lado de Joan Crawford en Humoresque. Él volvía a ser, como el principio de su carrera, el muchacho pobre con talento para el violín. Pero ella que era igual que él, parecía una aristócrata rica, la mecenas del joven genio surgido de la ciudad invisible pero en realidad era otra humillada como él, una evadida de los márgenes como él, fingiendo ser una mujer rica y culta y elegante para disfrazar que era como él, una chica de la calle, una arribista de uñas duras y nalgas suaves. Por eso fueron una pareja explosiva, por ser iguales pero distintos. Joan Crawford y John Garfield, ella fingía, él no. Cuando salió de las atarjeas de América la inundación macartista, Julie Garfmkle parecía un personaje perfecto para la investigación en el Congreso. Tenía el tipo antiamericano, sospechoso, moreno, ajeno, semita. Y no era culpable de nada. Eso era lo esencial para McCarthy: aterrar al inocente. No era culpable de nada. Pero lo acusaron de todo, de firmar apoyos a Sta-lin durante las purgas de Moscú, de pedir el Segundo Frente durante la guerra, de ser un cripto-comunista, de financiar al partido con el dinero patriota y americano con que Hollywood le pagó, de manifestarse a favor de los pobres y los desposeídos (esto último bastaba para ser sospechoso, mejor hubiera pedido justicia para los ricos y los poderosos…). La última vez que lo vi, su apartamento en Manhattan era un batidillo, cajones abiertos, papeles regados, su mujer desesperada, mirándolo como a un loco y Julie Garfield buscando en chequeras, portafolios, clasificadores, entre libros viejos o en carteras deshechas las pruebas de los cheques que le imputaban, gri-

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