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Электронная книга - «Los años con Laura Díaz». Краткое содержание книги:

Un recorrido por la vida íntima de una mujer y sus pasiones, los obstáculos, prejuicios, dolores, amores y alegrías que la conducen a conquistar su libertad propia y su personalidad creativa. Una saga familiar, originada en Veracruz. Laura Díaz y otras figuras de la talla de Frida Kahlo y Diego Rivera comparten aspectos centrales de la historia cultural y política del país, y nos llevan a reflexionar sobre la historia, el arte, la sociedad y la idiosincrasia de los mexicanos. En esta novela, como nunca antes, Fuentes es fiel a su propósito de describirnos el cruce de caminos donde se dan cita la vida individual y la colectiva.
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Laura rió mucho pidiéndole a Harry que escuchara el cha-chachá de moda en México que provenía de una sinfonola en la cantina,

Los marcianos llegaron ya Y llegaron bailando el ricachá

– You know?

Llevaron la obra clausurada al lugar de los hechos, la fábrica de acero. Por eso, la gerencia de la siderúrgica decidió ofrecer un picnic ese día. Los obreros prefirieron el día de campo a la jornada de teatro político.

– ¿Sabes? Cuando la obra se repuso, el director distribuyó a los actores entre el público. Las luces nos buscaban. Súbitamente, nos descubrían. Me descubrían a mí, la luz me pegaba en la cara, me cegaba pero me hacía hablar. «La justicia. Queremos la justicia.» Era mi único parlamento, desde la sala. Luego todo se apagaba y regresábamos a casa a oír la verdad invisible de la radio. Hitler usaba la radio, Roosevelt, Churchill. ¿Cómo iba a negarme a hablar por radio cuando el propio gobierno de los Estados Unidos, el ejército americano, me pidió, ésta es la Voz de América, tenemos que derrotar al fascismo, Rusia es nuestro aliado, hay que exaltar a la URSS?, ¿qué iba a hacer yo?, ¿propaganda antisoviética? Imagínate, Laura, yo haciendo propaganda anticomunista en medio de la guerra. Me mandan fusilar por traidor. Pero hoy, haberla hecho, también me condena como subversivo antiamericano. Damned if you do and damned if you don't.

No rió al decir esto. Más tarde, a la hora de la cena, el grupo de una docena de invitados escuchó con atención al viejo productor Theodore que repitió la historia de la migración judía a Hollywood, la creación judía de Hollywood, pero un guionista más joven, que nunca se quitaba la corbata de moño, le dijo rudamente que se callara, cada generación tenía sus problemas y los sufría a su manera, él no iba a sentir nostalgia por la depresión, el desempleo, las colas de hombres ateridos esperando turno para obtener una taza de sopa caliente y aguada, no había seguridad, no había esperanza, sólo había el comunismo, el partido comunista, ¿cómo no iba a unirse al partido?, ¿cómo iba a renegar jamás de su comunis-

mo, si el partido le dio la única seguridad, la única esperanza de su juventud?

– Negar que fui comunista hubiese sido negar que fui joven.

– Lástima que nos negamos a nosotros mismos -dijo otro comensal, un hombre de facciones distinguidas (parecía anuncio de las camisas Arrow, comentó con sorna Harry).

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Theodore.

– Que no estábamos hechos para el éxito.

– Nosotros sí -refunfuñaron al unísono el viejo y su esposa-. Elsa y yo sí. Nosotros sí.

– Nosotros no -retomó el hombre bien parecido, portando bien sus canas, orgulloso de ellas-. Los comunistas no. Tener éxito era un pecado, una suerte de pecado, en todo caso. Y el pecado exige retribución.

– A ti te fue muy bien -se rió el viejo.

– Ése fue el problema. Vino la retribución. Primero el trabajo comercial, desganado. Guiones para putas y perros amaestrados. Luego vino la disipación compensatoria. Las putas en el lecho, el whisky menos amaestrado que Rin Tin Tin. Y finalmente vino el pánico, Theodore. La realización de que no estábamos hechos para el comunismo. Estábamos hechos para el placer y la disipación. Obviamente, llegó el castigo. Denunciados y sin trabajo por haber sido comunistas, Theodore. McCarthy es nuestro ángel extermina-dor, era inevitable. Lo merecemos, fuck the dirty weasel.

– ¿Y los que no fueron comunistas, los que fueron acusados sin razón, los calumniados?

Todos voltearon a ver quién había dicho esto. Pero esas preguntas parecían no tener origen. Parecían dichas por un fantasma. Era la voz de la ausencia. Sólo Laura se dio cuenta, sentada frente a Harry, que el excombatiente de España lo había pensado y quizás lo había dicho y nadie se había dado cuenta, porque la señora de la casa, Ruth, ya había cambiado el tono de la conversación, sirviendo su pasta sin fondo y canturreando,

You're gonna get me into trouble If you keep looking at me like that

Harry había dicho que la radio era el espectáculo invisible, el llamado a la imaginación… y el teatro, ¿qué era?

– Algo que desaparece con el aplauso.

– ¿Y el cine?

– Es el fantasma que nos sobrevive a todos, el retrato con voz y movimiento que dejamos para seguir viviendo…

– ¿Por eso te fuiste a Hollywood a escribir cine?

Contestó afirmando pero sin mirarla, le costaba mirar a nadie y todos evitaban mirarlo a él. Laura, poco a poco, se dio cuenta de este hecho, tan flagrante que era un misterio, invisible como un programa de radio.

Laura sintió que ella podía ser objeto de la mirada de Harry porque era nueva, distinta, inocente, no sabía lo que sabían los demás. Pero la cortesía de todos los exiliados hacia Harry era impecable. Harry estaba todos los fines de semana en casa de los Bell. Se sentaba a cenar con los demás exiliados todos los domingos. Sólo que nadie lo miraba. Y cuando Harry hablaba era en silencio, se dio cuenta Laura con alarma, nadie le escuchaba, por eso daba la impresión de no hablar, porque nadie lo oye, sólo ella, sólo yo, Laura Díaz, le presto atención y por eso sólo ella escuchaba lo que el hombre solitario decía sin necesidad de abrir la boca.

Antes, ¿a quién le hablaría? La naturaleza de Cuernavaca era tan pródiga, aunque tan distinta, como la de los parajes veracruza-nos de la infancia de Laura Díaz.

Era una naturaleza perturbada, olorosa a bugambilia y verbena, a piña recién cortada y a sandía sangrante, olores de azafrán pero también de mierda y basura acumulada en los barrancos hondos que rodeaban cada vergel, cada barrio, cada casa… ¿A esa naturaleza le hablaría el pequeño judío neoyorquino Harry Jaffe, peregrino de Manhattan a España y de España a Hollywood y de Hollywood a México?

Laura era esta vez la extranjera en su propia tierra, la otra a la que, quizás, este hombre extrañamente quieto y solitario le podría hablar, no en voz alta, sino con el susurro que ella aprendió a leer en sus labios a medida que se hicieron amigos y se desplazaron del feudo rojo de los Bell al silencio del jardín Borda al bullicio de la Plaza de Armas a la ebriedad leve e inconsciente del café al aire libre del Hotel Marik a la soledad recoleta de la catedral.

Allí, Harry le hizo notar que los murales del siglo pasado, píos y sansulpicanos, escondían otra pintura al fresco que había sido recubierta por el mal gusto y la hipocresía clericales como algo primitivo, cruel y poco devoto.

– ¿Sabes qué es, tú sabes? -preguntó Laura sin ocultar curiosidad y su sorpresa.

– Sí, un cura enojado -muy enojado- me lo contó. ¿Tú qué ves aquí?

– El Sagrado Corazón, la Virgen María, los Reyes Magos

__dijo Laura pero pensó en el padre Elzevir Almonte y las joyas del

Santo Niño de Zongolica.

– ¿Sabes qué hay debajo? -No.

– La expedición evangelizadora del único santo mexicano, San Felipe de Jesús, de quien su nana decía, el día que florezca la higuera, Felipillo será santo. -Esa historia me la contó de niña un sirviente al que quise mucho, Zampayita.

– Felipe fue a evangelizar el Japón en el siglo XVII. Aquí están pintadas, pero ocultas, escenas de peligro y de terror. Mares agitados. Naves zozobrantes. La prédica heroica y solitaria del santo. Finalmente, su crucifixión por los infieles. Su lenta agonía. Un gran film.

Todo eso estaba cubierto. Por la piedad. Por la mentira. -¿Un pentimento, Harry?

__No, no es una obra arrepentida, sino soberbiamente superpuesta a la verdad, es un triunfo de la simulación. Una película,

te digo.

La invitó por primera vez a la pequeña casa que alquilaba en medio de un manglar no lejos de la plaza. En Cuernavaca, basta internarse unos metros más allá de las avenidas para descubrir casas que casi son guaridas, ocultas detrás de altos muros de azul añil, verdaderos oasis silenciosos donde se alternan las pelusas verdes, las tejas rojas, las fachadas ocre y las selvas despeñándose hacia barrancas negras… Olía a humedad y a selva podrida. La casa de Harry consistía del jardín, la terraza de ladrillos calientes de día y helados de noche, el techo de tejas rotas, una cocina donde se sentaba inmóvil una anciana silenciosa con un abanico de palma entre las manos, y una sala-recámara de espacios divididos por cortinas que convertían en un secreto la cama de sábanas cuidadosamente extendidas, como si alguien fuese a castigar a Harry si dejaba el lecho revuelto.

Había tres maletas abiertas y llenas de ropa, papeles y libros, contrastando con el orden escrupuloso del lecho.

__¿Porr qué no has sacado tus cosas de la maleta?

Él se tardó en contestar.

– ¿Por qué?

– Voy a irme en cualquier momento.

– ¿Adonde te vas a ir?

– Home.

– ¿Tu casa? Pero si ya no tienes casa, Harry, ésta es tu casa, ¿no te has enterado?, ésta es tu casa, lo demás ya lo perdiste -exclamó Laura con irritación sospechosa.

– No, Laura, no, no sabes en qué momento…

– ¿Por qué no te sientas a trabajar?

– No sé qué hacer, Laura. Espero.

– Trabaja-dijo, queriendo decir, «quédate».

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