Gente de barro [Kiln People - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-666-1302-1
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Gente de barro [Kiln People - es]». Краткое содержание книги:
David Brin, galardonado ya con diversos premios Nebula y Hugo, utiliza una narración detectivesca, del tipo hard-boiled, para mostrar las complejidades de una sociedad en la que existe una curiosa versión de los “replicantes” del Blade Runner cinematográfico.
Novela finalista del premio Hugo 2003.
Novela finalista del premio Arthur C. Clarke 2003.
Sólo una corta cola de copias macilentas esperaba en el servicio de reparaciones de emergencia, encabezada por un púrpura largirucho con el brazo izquierdo arrancado. Por fortuna, la misma voluntaria de pelo oscuro estaba de servicio, ofreciendo consuelo a los desesperados y olvidados. Fuera cual fuese la razón psicológica que la impulsaba a dedicar precioso tiemporreal a ayudar a aquellos que tenían poca vida que salvar; me alegré por ello.
—¡Vaya! —idPal dejó escapar un tembloroso gritito al ver a la enfermera voluntaria—. Es Alexia.
—¿Qué? ¿La conoces?
El minidem de Pal respondió en susurros:
—Oh… salimos algún tiempo. ¿Crees que me reconocerá?
No pude dejar de comparar dos imágenes mentales. Una del Pal real (guapo, velludo, ancho de hombros, aunque le faltara la mitad inferior y estuviera confinado de por vida a una silla), una imagen que tenía poco en común con la ágil y sonriente criatura que llevaba al hombro, excepto en lo que atañía a las cosas que realmente importaban, como la memoria, la personalidad y el alma.
—Tal vez no —respondí, dejando atrás a todos los ídems que esperaban y colocándome ala cabeza de la fila—. Si mantienes la boca cerrada.
Varios golems heridos gruñeron cuando me acerqué al puesto de tratamiento de Alexie, con su mesita improvisada rodeada de barriles baratos de pasta para golems y otros materiales de auxilio. Me miró, y por primera vez advertí que era bonita, de una manera oscuramente severa, de aspecto dedicado. Empezó a insistir en que esperara mi turno, pero se detuvo cuando me levanté la camisa y me volví para mostrar la larga cicatriz de cemento endurecido que corría por mi espalda.
—¿Recuerda su trabajo, doc? Hizo un trabajo magnífico con ese desagradable comedor que me estaba devorando por dentro. Recuerdo que uno de sus colegas dijo que no duraría el día entero. Debería cobrar esa apuesta.
Ella parpadeó.
—Te recuerdo. Pero… pero eso fue el mar…
Alexie se detuvo, los ojos muy abiertos. Como no era tonta, se calló al advertir las implicaciones.
Lista, sí. Pero, entonces, ¿por qué había salido con Pal?
—¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado? —pregunté, soltando mi cornisa.
Ella asintió y nos indicó que la siguiéramos escaleras arriba.
IdPal se mantuvo extrañamente callado mientras Alexie me escaneaba. Descubrió rápidamente los rastreadores que Kaolin había instalado cuando tan amablemente amplió nuestras pseudovidas.
También encontró las bombas.
‹Tal vez justo a tiempo —pensé—. Nuestro jefe espera que informemos desde el edificio Teller. Puede que se moleste al averiguar que nos hemos escapado de la correa.»
—¿Qué cerdo te ha hecho esto? —maldijo Alexie, dejando caer cuidadosamente las bombas en un contenedor de aspecto ajado.
Hay circunstancias especiales en las que se puede requerir legalmente que los golems lleven sistemas de autodestrucción, con disparadores operados por radiocontrol. Pero es muy raro en la ZEP. Naturalmente, el grupo de Alexie se opone a la práctica por principio. Me abstuve de decirle que nuestras bombas habían sido instaladas por el gran amo de esclavos en persona, Vic Kaolin. Si se hubiera enterado, podría haber conectado online de inmediato para decírselo a todo el mundo de su comunidad de activistas.
No podía permitirme eso. Todavía no.
IdPal necesitó también unas cuantas reparaciones. Mientras Alexie trabajaba en él, yo miré, más allá del balcón, la vidriera de la iglesia principal. Los viejos símbolos cristianos habían sido sustituidos por un rosetón circular, como una flor cuyos pétalos se extendieran hacia afuera antes de doblarse bruscamente al final, en ángulo recto, y volverse puntiagudos. Al principio, pensé que cada figura podía ser un pez con la cola levantada. Luego caí en la cuenta de que eran ballenas de cabeza cuadrada (ballenas esperrnacetti, al parecer), representadas uniendo sus enormes cabezas en una especie de comunión de mentes cetáceas.
¿Qué simbolizaba eso? Las ballenas (de larga vida, aunque perpetuamente en peligro) eran justo lo contrario de los ídems, que se desvanecían rápidamente pero brotaban diariamente en número superior, siempre llenos de ingenuidad y deseo humanos.
Me recordó un poco el mandala que llevaba aquel técnico-sacerdote de Opciones Finales, S.A., el que presidía el intento de trascendencia de la Reina Irene. Aunque divergían mucho en las formas, ambos grupos se enfrentaban al mismo problema: cómo reconciliar la imprintación de almas con la fe religiosa. Pero, ¿quién soy yo para juzgar?
Vale, me gustan estos Efímeros. Tal vez les debo un par de favores.
Pero tenía que mostrarme cauto.
Alexie terminó y aseguró que estábamos limpios. De repente, me sentí libre por primera vez des de bueno, desde que me reuní con Pal y Lum y Gadarene a la sombra de aquel antiguo parque de recreo y me vi envuelto en este sucio asunto.
—¡Ahora puedo llamar a casa! —¡Exclamó idPal, olvidando su voto de silencio—. ¡Espera a que me cuente lo que he visto! ¡Será una pasada de carga!
Alexie ladeó la cabeza, entornando los ojos, quizá reconociendo algo en la forma de hablar de Pat. N o le di tiempo para seguir pensando. —Mi so… mi pequeño amigo y yo necesitamos un acceso seguro a la Red —dije—. ¿Tienes un par ele chadores que podamos usar? Después de una pausa insegura, ella asintió, y señaló un perchero.
Dos atuendos negros e informes colgaban junto a una mesa. —Los han limpiado hace poco. No hay micros.
—Eso valdrá, gracias —me acerqué al perchero.
—Por si acaso —añadió—, estoy suscrita a Servicios de Guardia, así que no intentéis hacer ningún truco ni nada ilegal mientras usáis nuestros accesos. Llevaos esa mierda a otra parte.
—Sí, señora.
Alexie frunció el ceño.
— ¿Puedo confiar en que no tocaréis nada más mientras vuelvo a ayudar a más pacientes?
IdPal asintió vigorosamente.
—La compensaremos por su amabilidad algún día —aseguré. —Huna. Tal vez puedas explicarle en alguna ocasión por qué sigues caminando mucho después de haber tenido que convertirte en líquido. —Algún día lo haré.
Ella se marchó tras mirarnos vacilante una vez más. Mientras sus pisadas desaparecían escaleras abajo, le dirigí a Palid una mirada intrigada.
— ¡Muy bien! —Respondió él, encogiéndose de hombros—. Tal vez es mejor de lo que merezco. ¿Podemos continuar ya? Kaolin no se dejará engañar mucho tiempo.
Mi pequeño amigo saltó a la mesa y lo ayudé a ponerse el chador para que la capucha activa lo cubriera, ajustándose ala extraña forma de su cuerpo. Me pasé el otro atuendo por la cabeza y dejé que su negra tela cayera sobre mis brazos, hasta debajo de mi cintura. Desde fuera, parecía una criatura de aquellos días oscuros, hace medio siglo, en que un tercio de los países de la Tierra obligaban a las mujeres a cubrirse el rostro y la forma bajo tiendas informes de muselina y gasa. Un movimiento represor que se vio desbaratado cuando el viejo y aislante chador se transformó en algo completamente liberador.
Desde dentro…
Me encontré de pronto en otro universo. El maravilloso cosmos de la RV, donde datos e ilusiones se mezclan en una profusión de color y profundidad sintética. Los sensores del atuendo captan la posición de mis brazos, las yemas de mis dedos y cada vaharada de aliento, reaccionando a los gruñidos de mi laringe simulada. Unos cuantos comandos murmurados y, en cuestión de segundos, tuve tres globomundos activos.
El primero se centró en una ruina humeante donde había estado mi casa… la casa de Albert. Colaboradores libres llegaron de la red adyacente pidiendo permiso para buscarme datos del trágico acontecimiento. Un par de los agentes tenían buena reputación, así que fijé unos cuantos parámetros y los solté. En la primera capa de curiosidad, no costaría un céntimo y no habría ninguna posibilidad de que me localizaran. No había nada que me distinguiera de los otros millones de curiosos de la red. Eran unos hechos importantes, así que mis solicitudes no llamarían la atención hasta que pinchara cerca del hueso.