El Juego Del Ángel
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
El párroco de la iglesia de Santa Ana, un veterano de la edad del difunto, esperaba al pie del sepulcro, una lámina de mármol sobria y sin adornos que casi pasaba desapercibida. Los seis libreros que habían portado el féretro lo dejaron descansar frente a la tumba. Barceló, que me había visto, me saludó con la cabeza. Preferí quedarme atrás, no sé si por cobardía o por respeto. Desde allí podía ver la tumba de mi padre, a una treintena de metros. Una vez la congregación se hubo dispuesto alrededor del féretro, el párroco alzó la vista y sonrió.
– El señor Sempere y yo fuimos amigos durante casi cuarenta años, y en todo ese tiempo sólo hablamos de Dios y los misterios de la vida en una ocasión. Casi nadie lo sabe, pero el amigo Sempere no había pisado una iglesia desde el funeral de su esposa Diana, a cuyo lado le acompañamos hoy para que yazcan el uno junto al otro para siempre. Quizá por eso todos le tomaban por un ateo, pero él era un hombre de fe. Creía en sus amigos, en la verdad de las cosas y en algo a lo que no se atrevía a poner nombre ni cara porque decía que para eso estábamos los curas. El señor Sempere creía que todos formábamos parte de algo, y que al dejar este mundo nuestros recuerdos y nuestros anhelos no se perdían, sino que pasaban a ser los recuerdos y anhelos de quienes venían a ocupar nuestro lugar. No sabía si habíamos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza o si él nos había creado a nosotros sin saber muy bien lo que hacía. Creía que Dios, o lo que fuese que nos había traído aquí, vivía en cada una de nuestras acciones, en cada una de nuestras palabras, y se manifestaba en todo aquello que nos hacía ser algo más que simples figuras de barro. El señor Sempere creía que Dios vivía un poco, o mucho, en los libros y por eso dedicó su vida a compartirlos, a protegerlos y a asegurarse de que sus páginas, como nuestros recuerdos y nuestros anhelos, no se perdieran jamás, porque creía, y me hizo creer a mí también, que mientras quedase una sola persona en el mundo capaz de leerlos y vivirlos, habría un pedazo de Dios o de vida. Sé que a mi amigo no le hubiese gustado que nos despidiésemos de él con oraciones y cantos. Sé que le hubiese bastado con saber que sus amigos, tantos como hoy han venido aquí a despedirle, nunca le olvidarían. No me cabe duda de que el Señor, aunque el viejo Sempere no se lo esperaba, acogerá a su lado a nuestro querido amigo y sé que vivirá para siempre en los corazones de todos los que estamos hoy aquí, de todos los que algún día descubrieron la magia de los libros gracias a él y de todos los que, incluso sin conocerle, algún día cruzarán las puertas de su pequeña librería, donde, como a él le gustaba decir, la historia acaba de empezar. Descanse en paz, amigo Sempere, y que Dios nos dé a todos la oportunidad de honrar su recuerdo y agradecer el privilegio de haberle conocido.
Un infinito silencio se apoderó del recinto cuando el párroco finalizó sus palabras y se retiró unos pasos, bendiciendo el ataúd y bajando la mirada. A una señal del jefe de los empleados de la funeraria, los enterradores se adelantaron y bajaron el féretro lentamente con unas cuerdas. Recuerdo el sonido del ataúd al tocar el fondo y los sollozos ahogados entre la gente. Recuerdo que me quedé allí, incapaz de dar un paso, viendo cómo los enterradores cubrían la tumba con la gran lámina de mármol en la que sólo se leía la palabra Semperey en la que yacía su esposa Diana desde hacía veintiséis años.
Lentamente, la congregación se fue retirando rumbo a las puertas del cementerio, donde se separaron en grupos sin saber adonde ir, porque nadie quería irse de allí y dejar atrás al pobre señor Sempere. Barceló e Isabella, uno a cada lado, se llevaron al hijo del librero. Me quedé allí hasta que todos se hubieron alejado y sólo entonces me atreví a acercarme hasta la tumba de Sempere. Me arrodillé y posé la mano sobre el mármol.
– Hasta pronto -murmuré.
Le oí acercarse y supe que era él antes de verle. Me levanté y me volví. Pedro Vidal me ofreció su mano y la sonrisa más triste que he visto.
– ¿No vas a estrecharme la mano? -preguntó.
No lo hice y unos segundos después Vidal asintió parit sí y la retiró.
– ¿Qué hace usted aquí? -espeté.
– Sempere también era mi amigo -replicó Vidal.-
– Ya. ¿Y viene solo?
Vidal me miró sin comprender.
– ¿Dónde está? -pregunté.
– ¿Quién?
Dejé escapar una risa amarga. Barceló, que nos había visto, se estaba aproximando con aire de consternación.
– ¿Qué le ha prometido ahora para comprarla?
La mirada de Vidal se endureció.
– No sabes lo que dices, David.
Me adelanté hasta sentir su aliento en el rostro.
– ¿Dónde está? -insistí.
– No lo sé -dijo Vidal.
– Claro -dije apartando la mirada.
Me di la vuelta, dispuesto a encaminarme hacia la salida, pero Vidal me asió del brazo y me retuvo.
– David, espera…
Antes de que me diese cuenta de lo que estaba haciendo, me volví y le golpeé con todas mis fuerzas. Mi puño se estrelló sobre su rostro y le vi caer hacia atrás. Vi que tenía sangre en la mano y oí pasos que se aproximaban a toda prisa. Unos brazos me sujetaron y me apartaron de Vidal.
– Por el amor de Dios, Martín… -dijo Barceló.
El librero se arrodilló junto a Vidal, que tenía la boca llena de sangre y jadeaba. Barceló le sostuvo la cabeza y me lanzó una mirada furiosa. Me fui de allí a toda prisa, cruzándome por el camino con algunos de los asistentes que se habían detenido a contemplar el altercado. No tuve el valor de mirarlos a la cara.
Pasé varios días sin salir de casa, durmiendo a deshora, sin apenas probar bocado. Por las noches me sentaba en la galería frente al fuego y escuchaba el silencio, esperando oír pasos en la puerta, creyendo que Cristina iba a volver, que tan pronto supiese de la muerte del señor Sempere volvería a mi lado, aunque sólo fuese por lástima, que para entonces ya me bastaba. Cuando hacía casi una semana de la muerte del librero y ya sabía que Cristina no iba a regresar, empecé a subir de nuevo al estudio. Rescaté el manuscrito del patrón del arcón y empecé a releerlo, saboreando cada frase y cada párrafo. La lectura me inspiró a la vez náusea y una oscura satisfacción. Cuando pensaba en los cien mil francos que tanto me habían parecido en un principio, sonreía para mí y me decía que aquel hijo de perra me había comprado muy barato. La vanidad empañaba la amargura y el dolor cerraba la puerta a la conciencia. En un acto de soberbia releí aquel Lux Aeterna de mi predecesor, Diego Marlasca, y luego lo entregué a las llamas del hogar. Donde él había fracasado, yo triunfaría. Donde él se había perdido por el camino, yo encontraría la salida al laberinto.
Volví al trabajo al séptimo día. Esperé a la medianoche y me senté al escritorio. Una página limpia en el tambor de la vieja Underwood y la ciudad negra tras las ventanas. Las palabras y las imágenes brotaron de mis manos como si hubieran estado esperando con rabia en la prisión del alma. Las páginas fluían sin conciencia ni mesura, sin más voluntad que la de embrujar y envenenar los sentidos y el pensamiento. Había ya dejado de pensar en el patrón, en su recompensa o sus exigencias. Por primera vez en mi vida escribía para mí y para nadie más. Escribía para prender fuego al mundo y consumirme con él. Trabajaba todas las noches hasta caer exhausto. Golpeaba las teclas de la máquina hasta que los dedos me sangraban y la fiebre me nublaba la vista.