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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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La Sombra sonrió pensando en Adamsberg, que a esas horas organizaba su trampa de pacotilla en la posada de Haroncourt. Trampa imbécil que lo aprisionaría entre sus dientes, hundiéndolo en el ridículo y la tristeza. En medio de la desesperación que reinaría tras la muerte de la gorda, podría por fin aproximarse sin dificultad a esa puta doncella que se le había escapado por tan poco de las manos. Una auténtica retrasada mental a la que protegían como una valiosa porcelana. Ése había sido su único error. Era inimaginable que alguien adivinara que había una cruz en el corazón del ciervo. Impensable que la mente ignorante y aberrante de Adamsberg encontrara la relación entre los ciervos y las vírgenes, entre el gato de Pascaline y el De reliquis. Pero, por alguna maldición, lo había logrado y había localizado a la tercera doncella antes de lo previsto. Mala suerte también la erudición del comandante Danglard, que lo impulsó a consultar el libro en casa del cura, y que incluso le hizo reconocer la edición de 1663. El destino había tenido que jugarle la pasada de ponerle ese tipo de polizontes en el camino.

Obstáculos sin importancia, sin embargo. La muerte de Francine era cuestión de semanas, tenía tiempo de sobra. En otoño, la mezcla estaría preparada, y ni el tiempo ni los enemigos podrían hacer nada para evitarlo.

Las mujeres del servicio abandonaban la cocina del piso, las enfermeras daban las buenas noches de puerta en puerta, vamos a ser razonables, vamos a dormir. Se encendía el piloto de noche. Había que contar todavía una hora larga para que se mitigaran las angustias de los insomnes. A las once, la gorda habría dejado de vivir.

Adamsberg había tendido la trampa, pensaba, con una sencillez infantil, y estaba bastante satisfecho. Ratonera clásica, evidentemente, pero segura, dotada de un ligero efecto de carambola con el cual contaba.

Sentado detrás de la puerta de la habitación, esperaba, por segunda noche consecutiva. A tres metros a su izquierda estaba apostado Adrien Danglard, excelente en el asalto, por improbable que pudiera parecer. Su cuerpo blando se distendía en la acción como el caucho. Danglard se había puesto un traje particularmente elegante esa noche. El chaleco antibalas le resultaba incómodo, pero Adamsberg había exigido que se lo pusiera. A su derecha estaba Estalère, que solía ver bien en la oscuridad, como la Bola.

– No funcionará -dijo Danglard, cuyo pesimismo siempre crecía en las tinieblas.

– Que sí -respondió Adamsberg por cuarta vez.

– Es ridículo. Haroncourt, la posada. Es demasiado zafio, desconfiará.

– No. Y ahora cállese, Danglard. Usted, Estalère, tenga cuidado, hace ruido al respirar.

– Perdón -dijo Estalère-. Soy alérgico al polen primaveral.

– Suénese bien ahora y no se mueva más.

Adamsberg se levantó por última vez y abrió la cortina diez centímetros. El ajuste de la oscuridad tenía que ser perfecto. El asesino sería absolutamente silencioso, como lo habían descrito el guarda de Montrouge, Gratien y Francine. No podrían oír sus pasos y prepararse para su llegada. Era preciso verlo antes de que él pudiera ver. Que las sombras de las esquinas en que se ocultaban fuera más densas que la luz que enmarcaba la puerta. Volvió a sentarse y empuñó el interruptor de la luz. Una sola presión, en cuanto el asesino hubiera avanzado dos metros desde la puerta. Entonces Estalère bloquearía la salida mientras Danglard apuntaba hacia él. Perfecto. Su mirada se demoró en la cama en que dormía, totalmente tranquila, la mujer a la que protegían.

Mientras Francine descansaba a buen recaudo en la posada de Haroncourt, la Sombra consultó su reloj en Saint-Vincent-de-Paul, a ciento seis kilómetros de allí. A las diez cuarenta y cinco, abrió la puerta del almacén sin un chirrido. Avanzó lentamente, con una jeringuilla en la mano derecha, comprobando a su paso los números de habitación: 227, la de Retancourt, puerta abierta toda la noche, custodiada por el durmiente. La Sombra lo rodeó sin que Mercadet moviera una pestaña. En medio de la habitación, la masa de la teniente bajo las sábanas era bien visible, su brazo pendía a un lado de la cama, ofreciéndose.

LXII

Adamsberg fue el primero en tener a la Sombra en su campo de visión, sin que su corazón se acelerara un solo latido. Con el pulgar, accionó el interruptor, Estalère cerró el paso, Danglard le apuntó a la espalda. La Sombra no emitió ni un grito, ni una palabra, mientras Estalère le ponía rápidamente las esposas. Adamsberg fue hasta la cama y pasó los dedos por el pelo de Retancourt.

– Vamos allá -dijo.

Danglard y Estalère sacaron a su presa de la habitación, y Adamsberg tuvo el cuidado de apagar al salir. Dos coches de la Brigada aparcaban en ese momento delante del hospital.

– Espérenme en la oficina -dijo Adamsberg-. No tardaré.

A las doce, Adamsberg llamaba a la puerta del doctor Romain. A las doce y cinco, el médico le abría por fin, pálido e hirsuto.

– Estás como una chota -dijo Romain-. ¿Qué quieres?

El doctor aguantaba mal en pie, y Adamsberg lo arrastró, con sus esquís, hasta la cocina, donde lo hizo sentarse en el mismo sitio que la noche del vivo de la virgen.

– ¿Recuerdas lo que me pediste?

– No te he pedido nada -dijo Romain atontado.

– Me pediste que encontrara una vieja receta contra los vapores. Y te prometí que lo haría.

Romain parpadeó y apoyó la pesada cabeza en su mano.

– ¿Qué has encontrado? ¿Excrementos de grulla? ¿Hiel de cerdo? ¿Abrir el vientre a una gallina y ponérmela aún caliente encima de la cabeza? Conozco las viejas recetas.

– ¿Qué te parecen?

– ¿Para estas gilipolleces me despiertas? -dijo Romain alargando una mano entumecida hacia la caja de excitantes.

– Escúchame -dijo Adamsberg agarrándole el brazo.

– Entonces mójame la cabeza.

Adamsberg reiteró la operación friccionando la cabeza del médico con el trapo sucio. Luego rebuscó por los cajones en busca de una bolsa de basura, que abrió y dispuso entre ellos dos.

– Aquí están tus vapores -dijo poniendo la mano sobre la mesa.

– ¿En la bolsa de basura?

– Estás tocado, Romain.

– Sí.

– Aquí dentro -dijo Adamsberg señalándole la caja de excitantes amarilla y roja y dejándola caer en la bolsa.

– Déjame mis potingues.

– No.

Adamsberg se levantó y abrió todas las cajas que había desperdigadas en busca de cápsulas.

– ¿Qué es esto? -preguntó.

– Gavelon.

– Ya lo veo, Romain. Pero ¿qué es?

– Un protector del estómago. Siempre lo he tomado.

Adamsberg hizo un montón con las cajas de Gavelon y otro con las de excitantes -Energyl-, y los metió rápidamente en la bolsa de basura.

– ¿Has tomado muchos de éstos?

– Tantos como he podido. Que me dejes mis potingues.

– Tus potingues, Romain, son tus vapores. Están en tus cápsulas.

– Sé mejor que tú qué es el Gavelon.

– Pero no sabes lo que lleva.

– Pues Gavelon, ¿qué va a ser?

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